—¡Estoy menstruando!
—¡Cállate, Jakes!—dijo el hombre que lo examinaba—. Además es un chiste muy malo porque eres hombre.
—Soy un cerebro y sistema nervioso dentro de un cuerpo de plástico y metal—dijo Jakes—. ¿Cómo sabes que soy hombre?
—Pfff— el hombre ladeó la cabeza con un giro brusco—casi me cae eso. No tengo idea.
Ambos estaban en una sala abarrotada de pantallas y cables. Jakes yacia en una camilla, con todas sus extremidades hechas jirones calcinados que goteaban un líquido rojizo y que finalizaban en charcos regados por doquier. El que lo estaba revisando era flaco y estaba uniformado con una bata blanca y una careta transparente de seguridad.
—¿Tú no eres mi papá, Daniel?
Daniel hizo un gesto de esfuerzo y de un tirón arrancó un trozo de metal negro, seguido de un chorro que le cayó en la careta. Limpiándose con un trapo, dijo:
—Sí, pero no sé nada —. Luego, mientras jalaba otro pedazo de metal negro, continuó — Esta va a ser una noche larga, ¿por qué no me cuentas con detalle qué te pasó?
—¡Claro, Daniel! — su voz sonó algo robotizada y luego ahogada. Gritó escupiendo un líquido carmesí.
—Lo siento, me confundí de conducto. Debería desconectarte y trabajar con más limpieza, peeeero... No tengo idea qué le pueda pasar a tu cerebro. Si detengo el flujo, aunque no sea sangre, tu cerebro puede entrar en coma o morir. Sigue hablando, que ya solucioné eso. Vamos, cuéntame, ¿qué pasó?
Jakes tosió un poco y dijo:
—¡Tú eres el doc, doc! — tosió y carraspeó —. Había ido a la discoteca Flannigan's tal como había indicado la misión, pero tuve un inconveniente de medidas espectaculares que no me dejaron completar lo programado para esa noche.
«Recién pude recuperar el rastro luego de una semana de intenso trabajo, visitando discotecas y fallando al querer llevarme mujeres a hoteles. Me había vuelto a topar con el hombre que se hacía llamar Jabroni. Lo encontré en la misma discoteca dónde había iniciado; si el tipo tenía casa la había reemplazado hace tiempo por el antro.
—¡Mi hermano! —me dijo cuando me saludó con un abrazo— ¡He visto tu problema y me preocupa!
—¿Cuál problema? —respondí asustado. Pensé que lo peor que me podía pasar era que un tipo común y corriente no solo sepa de mi misión, sino que también cómo la estaba arruinando.
—"¿Cuál problema?" —dijo con una sonrisa donde se le vieron esos dientes de metal que, la verdad, me hicieron recordar a mí. Luego vi su cara agrietada y sus párpados hinchados y se me pasó—. Te veo bounceando por todos lados, metes milonga por aquí y por allá y no te liga nada.
—Si me hablas en español, estoy seguro que podemos llegar a un acuerdo, Jabroni.
—¡Viejo! Escúchame bien lo que te voy a decir: ¡tú sólo sígueme! Vamos a safar a un lugar fino, fino.
Salimos del antro y nos subimos a un móvil que no había visto un taller de mantenimiento, al menos, desde el inicio de los tiempos. Me enteré que era un taxi cuando el conductor quitó el pedazo de plástico, que decía "taxi", del techo del móvil. Me dio más bien curiosidad por saber quién era el loco que tomaba un taxi así y a qué tipo de lugar rarito te podía llevar.
—¡Hey, hey, Jabroni! —gritó el taxista con nosotros dentro. Su voz era dulce y acariciaba como arrastrarse de rodillas sobre un camino de grava, je, je—. ¿Chamba, chamba?
—¡Habla, sangre! ¿Cómo estás Kasvit? Este de aquí es mi sangre, mi amigo Jakes —le dijo, con su sonrisa metalizada, y yo sonreí con la última versión de mi sonrisa, la más especializada, mientras que el hombre me miraba con desconfianza—, así que cuidado con él que es fino, fino. ¡Llévanos donde Rosita!, je, je je.
El móvil arrancó de puro milagro, aunque sí hubo momentos en dónde pensé que no era normal que se bamboleara tanto y se detuviera de porrazo cada dos cuadras. Pero a Jabroni, ni a Kasvit parecían importarles, así que tampoco a mí. Supongo que a Kasvit no le importaban todos esos zumbidos y crujidos, aunque para entretenernos comenzó a hablarnos, aunque más sonaba como un 'ladrarnos':
—Jabroni, el otro día casi me mandan a la casita. Ajusté bastante, bastante.
—¡Ladra! ¿Qué pasó?
—Hace como dos semanas, un trincado me llama, como todos (tú sabes que a mí me llama mucha gente, así como tú). Y resulta que el tipo se trae uno casi muñeco. Tibio, tibio. O sea, no le falta nada para enfriarse, ja, ja, ja.
—¡Ya! ¿y?
—Lo llevamos al Estrada. Allí, no sé quién llamó a los mocos, y nos detuvieron a los dos. Nos llevaron, nos identificaron... ¿!NO VES QUE ESTOY PASANDOOO!? Estos dikemares piensan que porque es de noche pueden hacer lo que se les da la gana —. Ja, ja, ja. Me dio risa ese comentario, porque casi atropellamos a una indigente que cruzaba la calle—. Bueno, el moquito estaba haciendo el informe. "No se muevan de aquí" dijo; y ya nos tenían enmarrocados a los dos. Cuando lo llaman... y al toque regresa y nos dice con su caracha de sheta: "Se pueden ir".
—¡Uyuyuy! Sabes lo que eso significa, ¿no?
"¡Claro! ¡Que estamos de suerte!" dijeron los dos y se rieron tanto que no se dieron cuenta que el acelerador estaba hasta el fondo. Yo sí, aunque no me molestó tener que sujetar el asiento que casi se despega de su sitio.
Cuando llegamos al lugar, en la entrada, las alarmas saltaron como una fiesta de carnaval. Uno de los gorilas de la puerta me puso una mano, del tamaño suficiente para cargar a dos niños, en el pecho. Felizmente Jabroni tranquilizó a todos y me dejaron entrar.
Unos pocos segundos me tomaron para darme cuenta que no habíamos cambiado mucho de antro. Las mismas luces, gente tomando, música alta y bailable. Luego me di cuenta que sí había diferencias: habían pasadizos largos con puertas a cada lado y una mujer en cada puerta. Cada paso que dábamos era una caricia en el hombro o la cara, con todas las chicas diciendo que íbamos a estar muy bien.
—No le hagas caso a esas naichas viejas y gastadas —me dijo Jabroni. Me sorprendió, porque me gustaron varias, pero aún tenía la duda de qué decirles para sacarlas a bailar. Ya estaba cansado de que me rechacen en muchas de las discotecas a las que había ido. Subimos hasta el tercer piso. Allí la música era más suave, todo más lujoso, pero menos gente. La verdad que, en ese momento me había olvidado de la misión. Atrapar a un tipo y llevarlo, ¿Para qué? ¿Qué ganaba yo con eso?»
Daniel lo miró, serio, y le dijo:
—Es tu trabajo, Jakes. Para eso fuiste creado. Te dan misiones y tú las cumples. No deberías cuestionarlo.
—¿Y por qué no tengo ganas de hacer mi trabajo?
—Eso deberías conversarlo con la psicóloga—dijo Daniel—. Tu cerebro es humano y eso no lo podemos modificar. Además todos los Rinomax como tú tienen una muy buena paga.
— ¿Por que tiene que ser mi trabajo así? ¿Por qué no puedo trabajar en una discoteca y vivir de fiesta siempre? El dinero que ya tengo en mi cuenta es suficiente para irme a muchas discotecas y conocer más chicas. Aunque hasta ahora no he conocido a alguien que quiera quedarse conmigo.
—Mejor continúa— dijo Daniel
—¡Ok doc! Bueno, estábamos ahí, en ese lugar, donde me sentía tan deseado que la misión podía irse al diablo.
«Quizá Jabroni tenía razón y era lo que necesitaba.
—Ya hablé. Esta va por mi cuenta, mi hermano —Jabroni me mostró su sonrisa, llena de dientes que no resistían un detector de metales, y me dio un palmazo en la espalda. Estábamos frente a una puerta adornada como la casa de bruja de Hansel y Gretel. Me empujó dentro y cerró la puerta.
Allí estaba la criatura más hermosa que podía haber visto. El sonido del piano y el saxofón le adornaban más de lo que podía entender. Lo bueno: un cuerpo voluptuoso, cara bonita; lo malo: tenía 16 años. Aunque este último detalle no lo supe hasta mucho después.
Me dijo que se llamaba Bella. Hicimos todo lo que podíamos hacer y ella quedó encantada. "Parece que te la hubieran diseñado, es perfecta. ¡Jamás había probado una así y he probado ufff! ", me dijo. Le pregunté (enamorado como ese osito del vídeo que persigue al conejo blanco) cómo podía volver a verla. Ella sacó su omniarete y quedamos para dentro de una semana.
Ya en la fecha acordada y en el hostal, me enteré que era menor de edad cuando no le dejaron entrar. Salí y nos fuimos a tomar un helado.
La cita fue horrible, no encajamos en nada y no sabía qué decirle. Hablaba siempre de ella, de cómo ganaba bien en ese trabajo, de que quería operarse, que había leído noticias de implantes cibernéticos para volverla más "eficiente" (así lo dijo) en su labor. De entre tanto aburrimiento, por fin dijo algo interesante mientras paseábamos por el centro comercial.
—Pero el próximo año me voy. Ya me cansé que el Turro me suba la cuota. Antes me pedía 100 leks y ahora quiere 150. —y luego salió con algo que me tomó por sorpresa—¿Me compras esa cartera?
Cuando le pregunté por qué tenía que comprarle la cartera, me armó un escándalo tan grande como una manifestación de obreros. Busqué en mi base de datos algo que me diera una solución. No era tan fácil, así que lo busqué en la unired. Al parecer ella ejercía algo llamado "prostitución" y con su edad era algo que no estaba bien, lo peor era que yo también estaba en problemas. Aunque, ¿era cierto que estaba en problemas? ¿Cuántos años tenía yo? ¿No he nacido hace unos cuantos meses? Nada de eso me importó en ese momento. La subí al móvil y cómo estábamos cerca de la estación liciap de Holurigans la llevé allí.
De entre todos los liciaps que estaban por ahí, el único que parecía interesado en hacer su trabajo era un tipo llamado Quinn.
—Soy el AEL[1] Cricket. Tengo a esta chica que ha sido secuestrada y rescatada de una red de trata.
—Mira compañero —me susurró Quinn, luego de dejar caer los hombros y hacer un gesto con la cabeza—la voy a registrar, pero si me dices que viene de la casa de Rosita, te voy diciendo que no te gastes.
—¿Qué? ¿Qué tiene de especial ese lugar? ¿Es el País de Nunca Jamás y no me enteré?
—Déjame adivinar, ¿Menor de edad?—me dijo.
Le dije que sí. Quinn hizo un gesto que no entendí. Se sentó y comenzó a teclear en la computadora más vieja que tengo registros. Según mi base de datos se asemejaba a un modelo de hace 100 años. Luego de un rato me dijo:
—Ya está registrada. Volverá a su casa, si quiere. Anda, tómale una foto a lo que he escrito.
—Me estoy perdiendo de algo—le dije—pero, ¿no deberías subirla al sistema y así yo poder ver el registro? Además veo que la estás registrando como que ha llegado con sus propios medios, no entiendo.
—¿Y que me caiga otra llamada de atención? La voy a registrar así y ya. El negocio del Turro está blindado.
Le volví a preguntar, de una manera un poco más convincente. O al menos a mí me pareció que era convincente cogerle el cuello de la camisa en ese momento.
—Mira, Cricket. A mí nadie me rompe la mano e intento hacer mi trabajo lo mejor que puedo, pero no puedo registrar en la base de datos nada relacionado con el Turro. Y si le tomo la declaración a la chica, voy a tener que registrarlo. Te lo digo por tu rango, aunque a mí no me sirve de nada.
Me parecía un buen tipo ese tal Quinn. Le tomé fotos a los registros que había encaletado en su computadora y todo lo que tenía guardado sobre el Turro. No era gran cosa, sólo una foto de arresto por robo a mano armada.
Aunque no tenía nada que ver con mi misión, algo en la casa de "Rosita" no olía bien, y no era la marca de desinfectante barato que usaban. Además, no estaba bien que chicas menores trabajaran de eso, aunque no lo he buscado en la red, siento que esas cosas son para gente mayor como yo. Ja, ja, ja. O sea, ¡Con una mente más madura como la mía! Ja, ja, ja. Así que la siguiente semana (visité muchas discotecas, intentando retomar el rastro de mi misión original, pero no encontré rastro alguno) me fui a la casa de "Rosita".
Ya en la puerta del antro, pensé que los gorilas me iban a volver a hacer problemas. Y como esta vez no estaba con Jabroni les lancé mi sonrisa más perfeccionada. Me pareció que les asustó en algo, lo que anoté en mis registros para tener en cuenta. Cuando entré me dio curiosidad y fui a la puerta con adornos de dulcería. Allí estaba, pechos grandes, caderas generosas y rostro de niña, era Bella.
—¿Qué haces acá?—me gritó—¿Me quieres volver a llevar?
Cerré la puerta de inmediato, le tapé la boca con la mano y le dije que la iba a dejar si dejaba de gritar. Para que se tranquilizara le lancé mi mejor sonrisa. Creo que tuvo un buen efecto, porque asintió muy rápido.
—Tú sabes que no debes estar aquí—le dije—. Aunque lo que más me preocupa es saber qué tipo de poder mágico tiene ese tal Turro. En la estación liciap no quisieron saber nada de él. ¿Qué sabes de él? Y con cuidado, nada de gritos.
—Yo no sé nada. Te lo juro. Déjame en paz, por favor. No le diré nada a nadie. Mira, si lo buscas, él siempre está en el primer piso viendo el show. Es todo lo que sé.
—No sabía que este sitio era un lugar malo—. No sé por qué lo dije en ese momento, pero luego de leer sobre la trata de personas me salió de lo profundo del corazón.
Bella rió como si hubiera hecho el mejor chiste de toda la vida. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:
—Pareces un niño. Mira, si quieres ayudar, aquí si hay chicas que no quieren estar. Las traen no sé de donde, son la mayoría del segundo piso. Si quieres rescatarlas comienza por allí. ¿Pero a dónde las llevarías?
No tenía idea. Tampoco respondí. Yo no era un niñero y tampoco me sentía con ganas de guiar a un grupo de niñas a llegar a su casa. Pero sentía que eso no estaba bien. Tenía que detenerlo de alguna manera. ¿Tendría que arrestar al Turro? ¿Y si lo traía aquí, a la base principal? El comandante Laicor sabría qué hacer.
Sin mucho sentido de la consecuencia, busqué al Turro. En el primer piso había un show que no había visto nunca antes. En el escenario había un tubo de metal que estaba iluminado con luces más suaves que el rojo y azul que inundaban el lugar. Reflectores seguían los pasos de una muchacha que lo único que tenía por ropa era un hilo de de apenas medio centímetro de anchura que le cubría sus partes íntimas. Era muy ágil y fuerte: se balanceaba y subía. En cada movimiento se veía mucho más de lo que yo estaba pensando ver. Era muy bonita, de cabello negro ensortijado que se movía al mismo tiempo que ella giraba y bailaba.
En ese momento, me pregunté: ¿cómo se llamaría esa chica?
Me quedé mirando...
Ufff, qué bien bailaba. Tenía pechos grandes, aunque no tanto para estorbarle.
Daniel, ¿te dije que bailaba...?»
Jakes comenzó a toser y a sonar como una transimisión de radio antigua.
—¡Lo siento!—dijo Daniel—No fue mi intención. A ver... Ya, ¡ya está! Te acabas de distraer.
—¡Gracias papá! ¡Doc! ¡Bueno papá-doc! ¿En qué estaba?
—En que estabas buscando a ese tal Turro.
—¡Oh! ¡Sí, claro! Por la foto que me había mostrado Quinn, el Turro era un tipo pequeño, con rostro surcado por muchas arrugas, aunque no era viejo. Al tipo le gustaban las joyas, aunque todavía no se había metido a esa moda de ponerse implantes cibernéticos sólo porque sí. Allí estaba, mirando el show, sentado en un sofá donde cabrían tres Turros sin problemas. Pero no habían tres Turros, sólo había uno rodeado por dos chicas que le acariciaban el rostro y el pecho con la camisa abierta.
«Caminé hacia él y, a medio camino, uno de los gorillas de la puerta me puso una manaza en el hombro. Esta vez no sonreí. Lo miré desafiante y se asustó. Mediante su omniarete, llamó a más guardias sin soltarme. En seguida me rodearon tres tipos más.
—¿Qué vas a hacer?— me dijo el más grande.
—Voy a hablar con el Turro. O me dejas ir o le dices que venga.
Pensé que los tipos se reirían y me darían una escena en donde demostraría con sarcasmo que no debían reírse de mí. Pero, en realidad, llevaba el nivel de fuerza establecido en mis parámetros de configuración en NORMAL. Con esa minucia me redujeron en 889 milisegundos y ya me estaban sacando del lugar. Tuve que elevar el multiplicador a 1.5... sin resultado. Me comencé a asustar. Casi en la puerta de salida, elevé el multiplicador a 2, luego a 2.5, luego a 3 y finalmente a 5. Sólo así pude liberarme de los tipos y avanzar hasta el Turro.
Cuando los tipos me alcanzaban, les daba un golpe pequeño a cada uno. Lo suficiente para romperles un hueso o hacerles pensar dos veces antes de siquiera tocarme. Me paré frente al Turro y le señalé con el dedo. El tipo me hizo un gesto como diciendo "¿qué quieres?". Nunca había estado en esa situación y no sabía qué más tenía que hacer. No me había puesto a pensar en eso. Quise buscar en mis bases de datos cuando el tipo me disparó.
La música se detuvo y las chicas salieron corriendo. Pero yo seguía en pie. El sistema de protección anti disparos que tengo integrado me había salvado y había sido muy convincente para hacer que el Turro converse conmigo.
—¿Qué quieres?— me dijo dentro de su oficina. Me llamó mucho la atención la estatua de mujer desnuda de oro, la mesa gigante con enchapes de oro y el bar lleno de tragos caros.
No sabía qué decir. "¡Suelta a todas las niñas!" sonaba bien en mi cabeza, pero no me parecía tan bien soltarlo frente al tipo. Tenía muy en claro que ese lugar malvado debía desaparecer o debía salvar a las amigas de Bella de alguna manera, pero no sabía cómo. Además, el Turro no parecía tener tanto poder para hacer que las fuerzas liciaps no lo tocaran. O a lo mejor solo en esa estación habían liciaps malos. ¿Todos eran malos excepto ese tal Quinn? Quizá había alguien más arriba y si lo tumbaba, también caía él. No sabía qué decir. Tampoco quería parecer un idiota, o al menos que no se diera cuenta, así que solté lo primero que se me ocurrió:
—¡¿Para quién trabajas?!—cogerle del cuello de la camisa creo que fue un punto extra que me dio algún beneficio, ya que frente a mí había una gelatina de 80 kilos y cara de pocos amigos.
—Mira, yo tengo mis pagos al día. No me meto con nadie. No sé quién te ha enviado, pero se deben haber equivocado. ¿Será que algún cheque no te llegó?
—¡Soy liciap!
—¡Sí! ¡Claro, no se preocupe! ¡Yo aquí, aquí, en este, en este cajón! Aquí, debajo. Mire, no hay cámaras ni nada. Debajo en el cajón, yo me voy y... usted sabrá.
Sin soltarle la camisa, me rasqué la cabeza con la otra mano. Algo no funcionaba. ¿Habría algún omniarete o videófono en ese cajón con el número de su jefe? ¿O es que habría allí un número o dirección de unired? No sabía qué hacer. Así que seguí lo que venía en los libros y cómics que nos diste a leer:
—¡Quiero un nombre! ¡Dame nombres!
—Amigo... digo... Oficial. No creo que me entienda. Aquí este negocio es serio. Yo les pago... les pago... a sus colegas... A tiempo.
—¡Te vuelvo a repetir que soy un liciap! ¡Los liciaps no somos parte de este tipo de negocios!—al menos eso era lo que mis registros me decían.
—¡Oh! Está bien. Bien. ¿A qué estación me va a llevar?—dijo muy tranquilo. Parece que algo hizo clic en su cerebro y dejó de temblar. Eso me preocupó más que lo que decía. Algo no funcionaba y tampoco olía bien. Y no era el olor a sudor y orines de la oficina.
—Escúchame, Turro. Soy un Rinomax. No te pienso llevar a ninguna estación liciap. Te voy a llevar a mi base de operaciones—. Y ni bien dije eso, el tipo comenzó a cantar como un pajarillo: todos los días a las 4 a.m. cerraba caja, sacaba las cuentas de manera muy minuciosa y llevaba un libro contable muy detallado. Con la contabilidad en una memoria externa y un sobre con efectivo físico mandaba a un recadero a una misma dirección. Y el paquete tenía que llegar a las 6:30 a.m. en punto. No antes, tampoco después. ¿Qué pasaba con el dinero y con la memoria? Eso no lo sabía. Sólo sabía que el tipo que recogía el paquete era un flaco de barba canosa, siempre vestía de negro y tenía un ojo cibernético. Le decían "El Yerreko". ¿Tenía manera de contactarlo? ¿Tenía manera de saber quién más estaba detrás de él? Si lo sabía, no me quiso decir.
Me fui con la dirección, la foto de Yerreko y con muchas dudas en la cabeza. ¿El Turro sabía "qué" era un Rinomax? No parecía saberlo. Mas bien parecía que era la primera vez que escuchaba de mi unidad. Pero, ¿por qué le asustaba tanto que un liciap de un rango desconocido lo interrogara?, ¿acaso conocía todas las unidades liciap y el desconocerme le daba miedo? Y lo más importante: ¿por qué decía que nos pagaba? ¿No éramos los buenos?
Quizá lo único que me dejó tranquilo esa noche, fue que le había ordenado que no volviera a meter chicas menores de edad en su negocio. Pareció estar de acuerdo, cuando le advertí que si me enteraba volvería por él. ¿Le tendría que creer? Quizá si debía de hacerle una visita de nuevo, pero debía ser otro día.
El Yerreko no vivía muy lejos de allí. La zona se veía un poco menos llena de vagabundos y el olor de orina se mezclaba con el aroma de las carnes asadas de tiendas ambulantes. El edificio era el único que tenía plantas que se veían reales en la fachada. Me detuve un momento. Para entrar había que llamar a un intercomunicador que estaba en medio de una reja de metal y de muy mal gusto.
Caminé hacia la reja sin saber mucho qué hacer. ¿Le llamaría por el intercomunicador y preguntaría por el Yerreko? No me convencía.
—¿Me ayuda, por favor?—de repente una voz me sorprendió. Era un tipo con un perro robot —. Viene alguien y no va a poder abrir.
Asentí y sonreí. El tipo me miró extraño, pero encogió los hombros y llamó a una mujer que bajaba cargando unas cajas.
—¡Te dije que no sacaras al salchicha mientras tenía que llevarle esto a Tita!—dijo la mujer tambaleándose.
Les detuve la reja hasta que llegaron a salir y entré a buscar al Yerreko. Eran las 6 horas, con 23 minutos, 10 segundos y 231 milisegundos. Esperé en la escalera hasta que llegó alguien a tocar el timbre del departamento. Subí de inmediato, pero sólo estaba un paquete en la puerta. La puerta se abrió y salió una mano huesuda llena de vellos canosos que atrapó el paquete como si fuera un muerto de hambre y el paquete fuera la primera comida en años.
Salté para detener a Yerreko. Pero la puerta se cerró de inmediato. ¿Debía haber derribado la puerta? El tipo estaba allí, pero quizá se hubiera armado un escándalo. Lo bueno es que al poco rato salió del departamento. He visto percheros con más musculatura que este tipo. Y los percheros son erguidos, no como este que parecía un signo de interrogación andante. Cuando le llamé por su nombre, volteó y vi su cara de pavor. Se limpió la baba de la boca y no necesité mucho para hacerle entrar al departamento de nuevo.
Lo único que sabía Yerreko, era cómo temblar y comerse las uñas. Era mudo. Su ojo cibernético hacía bastante tiempo que no funcionaba. Lo único bueno fue que cuando le pregunté por el paquete, de inmediato me mostró su brazo, tatuado con unos números y el logotipo del Banco Domo Seguro. El tipo señalaba el tatuaje y se desesperaba más y más.
Lo dejé ir. Los bancos no abrían tan temprano, pero quizá lo depositara en una máquina. No me servía de nada saber en qué máquina lo depositaba. Si Yerreko era jefe del Turro, entonces yo cantaba en Ellysium.
El lunes temprano fui a una sede del banco Domo Seguro en Riasondis. Sacar dinero en efectivo allí era complicado. Pero ir a un distrito como Holurigans o Theregish donde abundaban los cajeros y luego regresar a una oficina del banco era complicarse demasiado. Además, en Riasondis, atendían seres humanos (era necesario para lo que tenía en mente), la oficina era bonita, con plantas que parecían reales y lo mejor: que dentro de la oficina había un cajero automático. Ya frente a la ventanilla, luego de saludarle, le dije a la muchacha que atendía en el amplio escritorio reluciente.
—Quiero depositar este dinero en mi cuenta, pero hace tanto tiempo que no uso un cajero automático que me da un poco de desconfianza. ¿Me puede ayudar?
—¡Claro que sí!—me dijo. Era muy bonita. Sus labios brillaban con un color miel—. ¿Puede pasar su omniarete por aquí?
Me señaló un plato negro mate. No me convenía. Así que tocó mentir:
—Lo que pasa es que me olvidé el omniarete— le mostré ambas orejas—. Pero si tengo todos los papeles del contrato de mi cuenta. Aquí está mi número. ¿Lo puede depositar allí?
—Lo que pasa es con su omniarete puedo comprobar su identidad, señor Cricket... —la chica apretó los labios—.A ver, permítame el número.
Digitó en la computadora. Le dio varias veces y negaba con la cabeza.
—Disculpe señor Cricket, pero creo que se ha equivocado de número.
—¡No puede ser! ¡Pero si hoy mismo lo copié! ¡¿Está segura?!
—Sí. Aquí dice que esta cuenta le pertenece a Nori Barragán Josefina Ester.
—Pues... ¡Qué raro! ¡No recuerdo llamarme Ester! Je, je, je.
Reí, me disculpé de nuevo y me fui. Tenía conexión con la base de datos del comando liciap. Pero no encontré nada con ese nombre. Tampoco tenía una página en unired. Tenía un nombre, pero no me decía nada.
Le di vueltas al tema. Estuve 5 días, 10 horas, 3 minutos y 40 milisegundos pensando, hasta que comencé a preguntar en unired. Había páginas de la unired donde podías dejar preguntas y luego alguien te respondía. Por ahí me recomendaron a alguien, luego a alguien más y luego a alguien más, hasta que me dijeron que busque en un lugar que se llamaba la "homered". Pregunté y pregunté por días, dejando en todos lados mi correo electrónico. Pero nunca encontré resultados. Hasta que me llegó un mensaje que decía: "¿Por qué preguntas tanto por la homered? llámame a las 11:34pm a este número 8954321".
Raro, pero llamé. Me contestó una voz distorsionada:
—Soy KiMin. Puedo ayudarte a encontrar lo que quieres en la homered, pero necesito algo a cambio.
—¿Qué puede ser?
—Compra un Igelle. Déjalo volar donde quieras y mándame su número de PU[2], el usuario administrador y la contraseña. Llámame el jueves a las 11:23pm al número 4521311.
Luego colgó. Intenté llamarle de nuevo, pero el número ya no funcionaba. Si no tuviera un grabador de mensajes incorporado, creo que no me acordaría del número y la hora a la que tenía que llamar.
¿Qué mierda era un igelle? Luego de buscar un rato en la unired, encontré que era un pequeño robot volador con cámara. El tipo necesitaba una mascota y yo no tenía problema en dárselo si me conseguía la información. Así que compré el aparato por unired. Había que registrarse antes de comprar y firmar una declaración de uso. Me dio igual.
Llamé a la hora acordada:
—¿Ya está volando?
—Sí—contesté. El tipo era tan amable como los gorilas del antro del Turro.
—¿Cuál es el PU, el usuario y contraseña?
—¿Cómo sé que no vas a colgar ni bien te de los datos?
—Ok, sólo dame el PU.
—2609 | f0d0 | 4545 | 1 |200 | f8ff | fe21 | 67cf | 2607 | f0d0 | 4545 | 3 | 2410 | e8ab | fe21 | 67cf
—Ok, ¿Qué quieres?
—Quiero los datos de Nori Barragán Josefina Ester.
—Josefina Nori. Dame un momento.
Fue el momento más aburrido de mi vida. Primero fueron 10 minutos, 5 segundos y 321 milisegundos. "¿Ya?". Luego pasó una hora, 3 minutos, 34 segundos y 560 milisegundos. "¿Todavía estás allí?". El tipo solo respondía "Dame un momento" y cada 5 minutos, con 10 segundos y 1 milisegundo tenía que recordarle que yo estaba del otro lado del teléfono. Quizá si hubiera sido mujer le hubiera preguntado una o dos cosas. Pero no me animaba para nada esa voz tan distorsionada.
A las dos horas me respondió:
—Es una señora de 80 años. Vive en estas coordenadas: -12.042049, -77.017042. Es un ghetto, le dicen el Barrio Perdido. Te acabo de mandar la foto a tu correo electrónico. Ahora dame el usuario y contraseña.
Le di los datos y colgó. No sabía qué era un ghetto, aunque luego me iba a enterar muy bien.
El lugar quedaba al sur de Holurigans. La avenida me llevaba hasta un puente destruído que alguna vez había cruzado el río. Lo bueno era que no tenía que cruzarlo, así que giré a la izquierda como indicaban las coordenadas y me sorprendió algo que jamás había visto: la carretera seguía de frente y regresaba a Holurigans, pero a la derecha había un muro de basura gigantesco que recorría hasta donde podía ver.
Seguí manejando hasta que encontré una entrada que era otro puente que cruzaba el río. Alguien había acomodado, de manera rudimentaria, las montañas de basura con madera y cemento para que pudieran entrar algunos móviles, aunque no vi entrar a casi ninguno. Algún móvil-minibus viejo y sí muchos deslizadores.
Si en Holurigans había lugares pobres y abandonados por el gobierno, el lugar, donde vivía la mujer, convertía a Holurigans en un distrito donde el dinero crecía en los árboles. Era una zona llena de casitas hechas de madera, plástico o planchas de zinc a orillas del río. Algunas casas habían utilizado los escombros de los edificios destruidos. A lo lejos el lugar parecía un campo de refugiados en medio de una ciudad bombardeada.
Si bien, cuando recorrí todo Holurigans para llegar hasta allí me fui dando cuenta que llamaba mucho la atención mi móvil de lujo; allí, donde vivía la supuesta jefa del Turro y de Yerreko, mi nave era mucho más llamativa y muchos niños se acercaron. No había carretera y no quería usar la batería (ya que tú me contaste que sólo dura dos horas sin una pista de alimentación continua). Así que bajé del móvil, cerré con seguro y saludé a los niños que lo rodeaban.
Los niños eran muy delgados, había algunos sin zapatos y apenas uno o dos tenía la cara lavada. De entre todos me llamó la atención una niñita que llevaba una enorme trenza de un lado y la cabeza rapada por el otro lado. Me miraba extraño mientras masticaba chicle.
Caminé hacia las casitas y una pequeña jauría de perros salió a mi encuentro. No les hice mucho caso y seguí caminando. Vi a lo lejos a una mujer que recogía agua del río. Que yo sepa, no soy feo y bañarme, bañarme no lo necesitaba tanto, así que no apestaba. Quizá estaba despeinado. No tengo idea qué paso. Pero, ni bien la chica me vio, cogió el balde a medio llenar y se fue corriendo sin mirar hacia atrás.
—¿Eres moco?—escuché una vocecita que me sorprendió por detrás.
—¿Qué?—le dije a la niñita cuando la vi. Era una trenza muy grande y gorda.
—Moco, beleje... ¡liciap, pe!
De mi mano extendí el proyector holográfico y le mostré la foto de la mujer que buscaba:
—¿Conoces a esta señora, niñita?
—¡La señora Fina! ¿Hizo algo?
—¡Eh!—tuve que pensar rápido. Algo me decía que decir la verdad no me iba a llevar a ningún lado—. Yo... yo... yo... ¡Soy del banco Domo Seguro, vengo a buscarla por un dinero que tiene!
—¡¿Así?!—la niña abrió los ojos muy grandes—. Ella vive allí, en la casa rojita. Allí. Allí.
Le agradecí y me fui. Los perros me seguían, aunque ya no ladraban. Sentí que ya no era una pequeña jauría, sino una muy grande, y cada vez que volteaba no reaccionaban como perros asustados. Creo que en uno de tus documentales que nos hiciste ver vi la cara de unos lobos con la misma mirada. No le di mucha importancia y, luego de un buen rato, llegué a la casa de la señora Nori.
Antes de tocar el pedazo de madera que hacía de puerta me aseguré que en mis parámetros de configuración la fuerza estuviera en NORMAL. Toda la casa entera tenía la apariencia de caerse con el soplido del lobo feroz.
Me abrió una viejecita encorvada, con un ojo completamente blanco y el otro apenas entreabierto. Apenas sacó la cabeza, su cara cambió y le salió una seriedad que me asustó un poco. La mujer era vieja, pero no era tonta.
—¿Sí joven? ¿Qué desea?
—Señora Josefina, soy... Rene... Descartes, del banco Domo Seguro. Vengo a hablarle de su cuenta de ahorros —. Proyecté desde mi mano un holograma del logo del banco. Sé que fue desesperado, pero creo que tuve suerte.
—¡Oh!—a la mujer le cambió el rostro, vi que estaba tan desorientada como si le hubiera dicho que le regalaba mi móvil en medio de ese descampado—¿Ahora va a venir usted?
—¿Cómo?... ¡Ah! El otro... Digo, la otra persona que venía... Estamos revisando los tiempos... el proceso, usted sabe, ¿no? Bueno—comencé a desesperarme y lancé lo primero que se me ocurrió—, pero ¿está conforme con el trato que está recibiendo?
—Pues no. La última vez me trajeron menos hamburguesas. Y las pastas de vegetales, uno de los paquetes estaba roto y se había malogrado todo.
—¿Así? Cuénteme más. Eso podría ser una reprimenda para esta persona que viene a verla.
—Ay, bueno. Tampoco me trata tan mal. Mire, yo sé que sólo pongo mi huella y ya es bastante que me traen, pero creo que deberían tener más cuidado. Eso es todo.
—Está bien. Solo para confirmar si está viniendo en la fecha exacta. ¿Cuándo fue la última vez que vino?
—Sí, está viniendo bien. Ya, hace un mes vino.
—Entonces, ¿viene hoy?
—No, no. A ver hoy es viernes... Mañana tiene que venir.
Me despedí. Así que todos los días 23 tenía que llegar alguien. ¿Por qué aquí tenía que venir alguien a registrarla? ¿Qué había pasado aquí? ¿Por qué le llevaban comida? ¿Por qué me seguían tantos perros?
Cuando llegué a mi móvil, dejé las preguntas a un lado para observar mejor al tipo que estaba sentado sobre el techo de mi nave, o mejor dicho, los restos de ella.
—Los mocos no vienen con estos móviles—dijo el muchacho. Aunque iba encapuchado, vi que era flaco y no llegaría ni a los veinte años—. Será difícil vender todo esto, pero igual se agradece, ¿Quién eres?
¿Qué tenía que hacer? Eran más de veinte los que estaban desmantelando mi móvil. Los niños ayudaban o algunos jugaban alrededor como si fuera de lo más normal. Varios deslizadores iban y venían llevándose piezas. ¿Debía dispararles?
Me remangué el brazo derecho, desplegué el cañón de plasma que llevo dentro del brazo, le apunté y con mucho cariño le dije:
—Tienes veinte minutos para volver a armar mi móvil.
El tipo se quitó la capucha y mejor que se hubiera quedado con ella. Era más horrible que vómito de borracho. De seguro alguien le había apretado demasiado la cabeza y tenía un ojo que estaba a punto de estallar. Tenía la mitad de la cara llena de venas, escamas o no sé qué cosa más. El tipo escupió, se bajó del móvil y me dijo:
—Tienes diez minutos para salir de aquí.
"El tipo se lo había ganado", pensé y disparé.
No se movió ni un alma, fue lo raro. El tipo cayó de espaldas como un buen saco de basura, fue lo bueno. Y luego se levantó de un salto, fue lo malo.
El muchacho saltó hacia mí, levantando una gigantesca y deforme garra que llevaba por mano derecha. Me cubrí con el brazo y me partió el cañón de plasma. El desgraciado era flaco como un cigarro, pero tenía una fuerza muy superior a la que tenía establecida en mis parámetros de configuración como NORMAL. Elevé el multiplicador a 1.5 y cuando dio otro zarpazo supe que estábamos a la par.
El chico era rápido pero desordenado o al menos eso yo pensaba. Porque me intentaba arañar, me lanzaba patadas a las pantorrillas o me caían izquierdazos en el estómago. Ahí te tengo una crítica a mi diseño. Está bien que la fuerza dependa de algunos músculos, pero las partes blandas, por más fuerza que tenga o por más materiales resistentes !Igual mandan señales muy fuertes de alerta!
Me aparté de un salto y me di cuenta que los perros no eran unos simples animales abandonados de la calle. Me habían cercado en un círculo bien amplio. Conté 34, de todos los tamaños y colores. El tipo que traía la comida a la señora Nori vendría mañana y no podía hacer más escándalo. Levanté la mano y le dije:
—¡Espera! ¡Tranquilo! ¡Me voy! ¡Me voy!
El chico se quedó en guardia. Hizo un gesto con la cabeza y un par de silbidos y sonidos raros sonaron muy detrás de mí. Era una vocecita que daba órdenes en el idioma antiguo: el inglés. En seguida me rodearon todos los perros y algunos comenzaron a empujarme o a jalarme los pantalones.
Me llevaron hasta las puertas de las murallas de basura. Me quise ordenar el pelo y vi que mis brazos estaban todos cortados y mi traje Stephano Valenti estaba hecho añicos. Estaba dejando todo un reguero de sangre (aunque tú me dices que no es sangre, ¿no?) y ningún taxi quería venir a la zona donde estaba. Ciertamente no estaba llegando a ningún lado, ¿o sí? Tampoco tenía efectivo así que tuve que caminar hasta el cajero automático más cercano. Fue una hora muy larga, donde tuve tiempo para pensar un poco. ¿Quién sería el tipo que llevaba la comida? ¿El feo encapuchado sería cómplice? ¿la señora sabría para qué le hacían poner la huella? ¿Todos estos estaban juntos al Turro, al Yerreko y a los liciaps malos?
Sentía que estaba alejándome de mi misión sólo para llenarme de más y más preguntas.
Llegué a casa y me vendé las heridas. Por una tontería como esa no había necesidad de venir hasta aquí. Me puse una ropa más táctica y llamé a un taxi. Eran las 4 horas, 13 minutos, 4 segundos y 800 milisegundos y lo más cercano que me aceptó ir el taxista fue hasta las coordenadas -12.031920, -77.027711. Holurigans amanecía casi igual que como anochecía. A pesar de no vivir allí, sentía la pesadez que envolvía a todo el mundo que vivía allí. La gente caminaba con miedo, tanto de madrugada como cuando se acercaba la medianoche.
Tracé la ruta según mi sistema de orientación digital y caminé varias cuadras. Fui por las calles que bordeaban el cerro, que estaba antes de llegar al río, eran vías oscuras y transmitían el miedo que la gente demostraba al caminar apresurados por allí.
Eran las 5 horas, 23 minutos, 45 segundos y 751 milisegundos y casi nadie pasaba cerca a los cerros de basura. Incrementé mi nivel de fuerza en las piernas y, cuando no hubo nadie cerca, salté hacia la montaña llena de plástico, pasta de comida podrida, metal y líquidos que olían peor que mil vómitos de borracho. Escalé con cuidado y me puse en la cima. Allí entre los escombros, escogí un buen lugar para ver la casita roja de la señora Nori.
Y esperé.
Aunque siempre llevo la cuenta muy exacta de cuánto tiempo pasa; así, sin hacer nada, se siente como si pasara, mucho, pero mucho tiempo. La señora Nori no salía mucho. Y cuando lo hacía barría fuera de su casa. Regaba una única plantita casi muerta que estaba en su jardín. Los perros corrían de un lado a otro, los niños jugaban y... ¿Qué más te voy a contar? Si sigo recordando lo que pasó me voy a dormir. Así que mejor paso a la parte más importante: el tipo llegó a las 16 horas, 46 minutos, 43 segundos y 592 milisegundos.
A principio no le tomé mucha importancia: otro deslizador llegando con gente. Aunque esta vez venía el típico ejemplo de trabajador de banco: era un tipo alto y bien uniformado con los colores del banco Domo Seguro y con un carné de identificación colgado en el cuello. Llegó lleno de paquetes, dio un poco de comida a los perros, regaló unos cuantos juguetes entre los niños y luego se metió en la casita de la señora Nori. El desgraciado ya me estaba cayendo peor que la interesada de Bella. Sí, Bella era interesada, lo busqué en la unired.
Salió luego de 23 minutos, 40 segundos y 555 milisegundos. Lo único que conservaba era su maletín de oficinista. Me sentí como un gato que observaba con paciencia a su ratón. Registré el deslizador que estaba tomando para salir del ghetto y esperé a ver para dónde se iba. Si el deslizador pasaba frente a mí, podía saltar sobre él.
El vehículo fue directo hasta la puerta del ghetto y giró a la izquierda, alejándose de mí. ¡Maldita sea! En 200 milisegundos incrementé el multiplicador de fuerza por 4 y salté de la basura a la carretera. Cuando caí esquivé a un móvil que casi me da (aún no lo he visto, pero me dijiste que si impactaba conmigo el S.P.V.A. de cualquier vehículo me detendría).
El desgraciado me llevaba 2 cuadras de ventaja, así que incrementé mis parámetros de configuración y corrí para alcanzarlo. Estimé dónde estaba y aceleré a 60 kilómetros por hora para alcanzarlo. El que manejaba el deslizador no tenía mucho aprecio por su vida (ni por su pasajero), porque se metía entre los móviles inclinándose y haciendo adelantamientos muy temerarios. Yo no tenía tiempo para eso, así que salté sobre el móvil que estaba frente a mí y con el impulso salté sobre otro más. Pero al saltar me dio la impresión que perdí velocidad, por lo que tuve que acelerar a 70 por hora. Cuando me faltaban 112 metros para alcanzar al deslizador, se me fue por una curva.
Y yo me fui de largo contra un basural.
¿Tendría que esperar a que vuelva de nuevo a ver a la señora Nori? ¿Y si le habían puesto en sobreaviso? ¿Y si alguien en esta cadena tan larga ya estaba cambiando todo? ¿Y por qué demonios estaba haciendo todo esto si yo tenía que continuar con mi misión?
Creo que estrellarme contra el basural me dio a pensar algo: ¡El desgraciado no se me podía escapar! Así que trepé a un edificio pequeño para ver mejor al deslizador. Apenas estaba a 857 metros de mí y tenía el semáforo en rojo.
Escalé hasta el techo y comencé a correr sobre los edificios, saltando sobre las casas y escalando cuando estaba muy alto. Y cuándo llegara a él, ¿Qué tendría que hacer? ¿Saltar desde 10 metros sobre un deslizador de plástico y fibra de vidrio?
No tuve que pensar mucho, porque el tipo llegó a una estación de buses, se bajó y se formó en la cola de espera. Bajé con calma y me acerqué a la cola de gente. Cuando estuve por alcanzarlo, llegó un bus y la gente comenzó a caminar.
La cola era extensa y tuve que ponerme al final para entrar. El tipo subió al bus y detrás de él subió bastante gente. Cuando ya estaba por subir, las 4 personas que estaban delante mío desistieron en subir. No entendí y me les adelanté para ver el porqué no querían entrar al bus: en una lata de sardinas había más espacio para que subieran más personas. Me colgué arrugando la carrocería del vehículo y grité:
—¡Vamos! ¡Arranca!
Estuve 30 minutos exactos buscando las razones para ir colgado de un bus que flota a 20 centímetros del suelo. Los siguientes 44 minutos, 13 segundos y 333 milisegundos los pasé dentro del móvil, esperando que el hombre se bajara del bus. Al fin se levantó y bajamos juntos.
Estábamos bien al norte, casi en el límite de Holurigans y Theregish. El día comenzaba a oscurecer y las luces de neón comenzaban a prenderse. Aún a esa hora había multitud de gente yendo y viniendo por todos lados: podía perderle el rastro en cualquier momento.
El tipo se detuvo 3 segundos revisando algo en su omniarete. No sabía cómo abordarlo, en medio de tanta gente, así que me fui a un puesto de comida ambulante sin perderlo de vista. Él caminaba, hablaba y no se daba cuenta de nada. Vi mi oportunidad cuando se metió por una callecita estrecha. Pero, avancé 189 centímetros siguiéndole y me sorprendió.
Me había disparado en la cara. Si no fuera por mi sistema de protección, el mundo se hubiera perdido de esta carita tan linda.
Cuando abrí los ojos ya estaba trepando la reja que estaba al final de la calle. Corrí a 60 kilómetros por hora y lo alcancé. Lo cogí como a un gatito robot y lo bajé, pero se había creído bastante ese papel y se liberó con la misma agilidad. No me di cuenta cómo abrió su maletín y sacó otra arma, una más antigua, era algo que sólo había visto en los documentales. Me cubrí y me cayeron varios disparos en los hombros y brazos. Las señales de alerta eran insoportables y no me podía levantar porque tenía su bota en mi cara.
—Dame una buena razón para no matarte—dijo.
Era tan alto como el edificio Dominique (en realidad no, mediría 201 centímetros), pero era viejo y gordo. De un giro me escapé y el sonido del disparó me levantó más alertas, me había roto la oreja. Pero la buena noticia era lento como un día aburrido: de una patada lo derribé y de un salto lo desarmé.
—Ahora serás tú el que dará las razones—le dije apuntándolo con su arma. El arma de mi brazo no servía, parece que uno de los proyectiles impedía el mecanismo.
En fin, el tipo era grande y daba un poco de miedo. Sus ojos negros proyectaban una mirada que me hacía dudar acerca de si estaba del lado correcto del arma. Además, de que la boca del tipo era una tumba, apenas se movía y ya me estaba poniendo nervioso. Así que para calmar un poco las cosas yo comencé, mostrando mi placa:
—Soy el AEL Cricket. ¿Eres el jefe del Turro y del Yerreko? ¿La señora Nori también trabaja para ti?
El gordo estalló en carcajadas que parecían al risa de un motor, si es que los motores se rieran. Dio varias vueltas en el suelo mientras aporreaba con las manos.
—¿Se puede saber de qué te estás riendo?—le dije luego de 110 segundos y 30 milisegundos.
—¡Hijo! ¡Mírate, eres un chiste! ¡Tú no puedes ser un Rinomax! ¿Qué clase de idiota usa un traje táctico negro en un montículo de desmonte que es en su mayoría polvo y piedras blancas? ¿Qué clase de imbécil trae un móvil de lujo a un ghetto y dice que es un simple trabajador de banco? Y lo peor, ¿Qué clase de tarado se pelea con Deynos?
Se rio durante 32 segundos y 20 milisegundos más y dijo:
—¿Me puedo parar?
Le hice un gesto y lo hizo. Todavía se reía, hasta se le salían las lágrimas.
—¿Sabes que te puedo llevar detenido?
—Sí—me respondió el desgraciado—pero, ¿De qué te serviría? Hijo, soy un buscador, me pagan, hago el trabajo y listo. Mira, me has dado mucha risa, no me reía así en años. El tipo que me paga se llama Matías Jasdac. Mañana nos tenemos que encontrar, como siempre, en el centro comercial Caminos en el centro empresarial de Riasondis. Dame tu número y te llamaré para que me sigas, ja, ja, ja—le dicté aunque seguía riendo—. Guárdame como Abel. ¿Qué rayos pasa con ustedes? ¿Llegaste a hacer el curso de un año? Ja, ja, ja, ja. Déjalo así, no me respondas. Quédate con el colt de regalo, eso sí, cuídala mucho. Las balas son difíciles de conseguir, casi todas las traen otros buscadores o contrabandistas porque que yo sepa ya no hay fábricas de eso por aquí.
No sé por qué bajé el arma y tampoco sé por qué dejé que se fuera. Quizá por su risa, que sonaba un motor en plena potencia, que aún la oía cuando salió del callejón.
En casa me puse unos vendajes y cubrí lo mejor que pude la falta de mi oreja. Esta vez no quería arruinarlo, así que al día siguiente ya no llevé ningún traje de diseñador. Llegué temprano y aún estaba cerrado. Me sentí más estúpido que el día anterior. No había quedado con el gordo a ninguna hora y el centro comercial era gigantesco.
Esperar hasta que abran el centro comercial fue aburrido, muy aburrido, aunque nada se comparaba con esperar en medio de basura. Cuando abrieron el lugar me sentí mucho más idiota: habían cinco pisos, todos llenos de tiendas; aunque hasta ese momento sólo había gente limpiando o alguna que otra chica llegando a trabajar. ¿Esperar en la puerta? ¿En cuál de todas? Subí y bajé, casi no había nadie. Así es papá, me sentía un gran imbécil.
Y, de repente, mientras miraba a las dos personas que llegaban para comprar unos regalos, llegó una llamada a mi omniarete. Fue raro: contesté y colgaron; luego una voz que retumbaba como un motor en movimiento gritaba:
—¡¿Hijo?! ¡¿Hijo?! ¡¿Me oyes?!
El viejo estaba en el piso de abajo, gritando mientras se cogía la oreja. ¿Debía contestar? Le grité, llamándole, pero se perdió de mi vista. Recién cuando me di vuelta y vi a unas chicas riendo me di cuenta: no me le podía acercar. Me quedé pensando, mientras veía como las personas a mi alrededor me miraban y sonreían. Fue peor cuando Abel pasó a mi lado gritando:
—¡Hijo, escúchame bien! ¡Sí, sí! ¡Mira, tengo que hacer algo aquí! ¡Sí, si, tengo que llevarme las pinturas! ¡¿Qué?! ¡Sí, aquí me voy a comprar algo! ¡Comeré un sánguche! ¡¿Me oyes?! ¡Sí, un sanguche! ¡Sí, de la marca del osito verde! ¡No! ¡Tranquilo! ¡Yo hago aquí y tú ya te llevas las pinturas! ¡Sí! ¡No te olvides de tomar el minibús amarillo! ¡Sí! ¡Sí, el amarillo, amarillo!
Con todo ese escándalo, si lo seguía, todo el mundo me hubiera visto: demasiado evidente. Aunque no había tanta gente, las últimas veces me habían enseñado que tenía que ser más sigiloso. Me le quedé viendo: en efecto, el tipo bajó de nuevo, llegó a la tienda Oso Gomitas, se sentó en una mesita para dos y pidió un sanguche con una bebida. ¿Me había engañado? Hasta ese momento pensaba que sí. Incluso cuando se fue a pedir más cremas.
Pero el viejo gordo no me había engañado. Cuando regresó a su asiento había un tipo sentado también ahí, comiendo. Ni siquiera terminaron de comer, cuando ambos se levantaron. Abel tenía una bolsa de papel en la mano y el otro tipo se fue de lado contrario.
Fue un encuentro raro: parecía su sobrino delincuente, pero no levantaba sospechas. El gordo se fue comiendo y por un momento no supe qué hacer. ¿Debía seguir al gordo? ¿Preguntarle qué más tenía que hacer? Creí que había entendido el circo que había montado y tenía que seguir al otro tipo. Ese sí fue más fácil: un flaco con ropa muy holgada, cara de no haber dormido en tres semanas y si me decían que la barba tenía hombrecitos diminutos viviendo allí, me lo creía.
No tendría más de dieciocho años, miraba para todos lados y caminaba apresurado con las manos engarrotadas. Lo seguí hasta el estacionamiento y vi cómo se subía a un móvil de lujo de un amarillo demasiado brillante. ¿Por eso Abel había gritado "amarillo" tantas veces? ¿Me consideraba idiota o solo era por si lo perdía? Pero, si lo perdía, ¿Dónde quedaba mi habilidad para seguir a este sospechoso?
Así que buscando esa habilidad, tomé un taxi y le dije al taxista:
—Siga al móvil de mi amigo, es el amarillo que está allí.
El taxista silbó sorprendido al ver ese móvil y me llevó. No sé por qué me sentía nervioso y le dije:
—En esos móviles sólo hay dos asientos y con mi amigo llevando a su novia, yo ya no entraba.
No sé si fue error o no, porque el tipo se sintió en confianza y comenzó a hablar todo del viaje de móviles caros que le gustaban. El tráfico y la música alta del móvil amarillo chillón hicieron que la persecución fuera muy sencilla.
Y, pensándolo bien, el taxista me pareció un buen tipo, pero justo cuando me estaba contando cómo una mujer millonaria lo seducía todas las noches de domingo, el móvil de lujo amarillo se detuvo frente a un gran portón amarillo (ese color ya me estaba cansando).
No podía perder el tiempo, así que en 3 milisegundos se me ocurrió la mejor idea de la historia; me toqué el oído y dije:
—¿Jabroni? ¡Hey! Sí, sí, mira... amigo... Errmmm
El taxista estuvo a punto de arruinar mi excelente plan y bajar la velocidad, pero le hice un gesto con más seguridad que un borracho que sabe que todavía no ha llegado a su casa, así que siguió de largo y continué:
—¡Oh! ¡Claro, no hay problema, yo te espero! ¿Ah? ¿Me bajo? Ya ok, me bajo, ok.
Me encogí de hombros y le hice un gesto al taxista, con una de mis mejores sonrisas (aunque no era la Magnum) y me bajé. Estaba a 375 metros de lejos, pero el seguimiento me había salido excelente. El tipo no se había percatado de mí, aunque creo que tampoco se hubiera percatado si había un grupo de bailarinas exóticas danzando en su cara, por todo el humo y la música a todo volumen que salía de su móvil lujoso.
El móvil había entrado al lugar del portón amarillo ya hacía bastante tiempo, pero aún desde la calle podía escuchar la música estridente que escuchaba (aún no entendía por qué había que lanzar una lisura entre estrofa y estrofa).
Trepé el muro con facilidad y encontré extraño que no había ninguna cerca o sistema de vigilancia. ¿Acaso pensaban que nadie los podría asaltar? ¿O nadie sería tan loco para hacerlo?
Caí fácil dentro. Era un gran estacionamiento al aire libre, con unas cuantas casetas de metal y plástico alrededor. El sonido del coche era aturdidor, pero no era suficiente para no darme cuenta que una pequeña sombra se movió por un lado, luego otras pequeñas sombras más y luego me di con la sorpresa que no había necesidad de un sistema de vigilancia. O quizá sí. Dentro estaban varios móviles de lujo y también una gran jauría de perros, que si alguien me decía que eran naves espaciales pequeñas, con patas, pulgas y peludas, no les hubiera contradicho.
Salté de inmediato sobre uno de los móviles y los perros me persiguieron furiosos. La próxima vez debería guardarme un pedazo de pan o un hueso bien grande. Así como hoy, nunca se sabe.
Luego de tanto escándalo, salieron tres hombres que me apuntaron y tuve que bajar. Según ellos me dieron una paliza y me llevaron a la caseta que estaba más al fondo. Desde antes de llegar se oía una tos que si venía de un ser humano, ya no tenía pulmones, ni traquea, ni sistema respiratorio porque lo había escupido en cada flema.
—Permiso—dijo uno de los tipos que me arrastraba—, este de aquí apareció de la nada, señor Kurr.
Dentro de la caseta estaba un viejo que de seguro tenía más de noventa años y varios implantes en la cara (de esos que ayudan a respirar). Estaba sentado junto al chico que había perseguido toda la mañana, todo estaba abarrotado de computadoras viejas y papeles y parece que estaban contando algo cuando aparecí, todo guapo.
El viejo levantó una mano que temblaba más que un móvil sin estabilizador horizontal, la pasó por su cuello con un gesto de cortarlo y dijo:
—¡Estoy ocupado!—y tosió tanto que pensé que se iba a morir en ese momento. Tuve que cambiar mi papel de víctima indefensa y tumbé a los tres tipos que me arrastraban. Tosía tanto y tanto, que me dio tiempo de amarrar a los tipos con unos cables que había por ahí.
Luego, con una de mis mejores sonrisas, hice un símbolo de pistola con mi mano y le dije al chico:
—Matías, tú te quedas y si el viejo no responde... —le guiñé el ojo—¡Pum!
—¿Quié, quién te ha, te ha mandado?—dijo el viejo con la voz de un videófono a punto de expirar su vida útil.
—A mí, nadie me manda, soy un Rinomax.
Me pareció extraño, porque dije eso y los dos cambiaron de cara y comenzaron a cantar más que si estuvieran en un concierto y fueran las estrellas principales. Y ¿sabes lo mejor de todo? ¿Recuerdas que tenía una misión?».
—Sí, claro, Jakes—. Daniel Colorter estaba ensamblando los brazos y revisando que los dedos se movieran según lo indicado en su computadora. La sangre en el suelo aún estaba regada por doquier, pero ya no habían más fluyendo del cuerpo robótico de su paciente—. ¿Qué pasó?
—Resulta que el viejo trabajaba para Tiret Jandki, el tipo que tenía como principal objetivo en mi misión. ¡Si es que soy impresionante! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Aunque no entiendo bien, yo sólo tenía que atraparlo, hace varias semanas, en una discoteca. No sabía nada de lo de las chicas en el local de Rosita. ¿Habrá más? Daniel, ¿por qué sólo me mandaron a detener a este tipo? ¿Si lo detenía, no iban a haber más niñas en el local de Rosita, ,cierto?
—No tengo idea — dijo Daniel, mientras miraba muy atento a una pantalla al lado de Jakes. Presionó unos botones y los brazos y piernas de Jakes temblaron un poco —. Nunca me dicen nada de tus misiones, yo sólo soy el tipo que te tiene que mantener vivo. Pero, supongo que sí, supongo que ya no habrían más niñas ¿no?... Bueno, no importa, sigue contándome.
—¡Claro! El viejito, que estaba con un paso a ser angelito, me mostró una foto del hombre: rubio, con esos grandes implantes en la cara de esos que son para que los ciegos puedan ver. Me dio la dirección bien clara de cómo llegar al edificio que quedaba en medio de Riasondis.
«Llegar al edificio no era nada complicado, sólo tuve que llegar a la gran avenida principal, donde estaban todos los edificios más grandes y lujosos que se podían haber construido debajo del domo. Justo a la mitad de la tercera cuadra empezando por la plazuela del centro financiero.
No había otra forma de entrar, más que usar mi carisma impresionante. Puse mi placa a través de las puertas de vidrio para que los tipos de dentro la vieran mientras me recostaba. Creo que más rápido y con más formalidad le hubieran abierto a un príncipe del reino encantado.
—Busco al señor Tiret Jandki — dije usando la primera sonrisa que encontré en mi base de datos.
—¿Tiene cita?—me dijo la chica de recepción.
"No", le dije y me presenté. Creo que me veía muy seductor doblando la cabeza y sonriendo. Por que la chica sonrió también y llamó a no sé quién. Ella veía el videofono; a mí, no me interesaba en lo absoluto. Luego de un rato de escribir y llamar me dijo:
—Señor Cricket—me dió una tarjeta para colgar en el cuello—. El señor Jandki lo va a recibir, es en el piso 25. Los señores lo van a guiar.
Me pareció gracioso, porque no era ningún bebé para necesitar niñera, ni mucho menos, cuatro niñeros que eran tan grandes que estábamos bien apretados dentro del ascensor. Lo único interesante era la musiquita del ascensor, porque la cara de los tipos eran como maniquís mirando al frente, unos maniquís con estreñimiento, pero maniquís al fin y al cabo.
Me giré para verlos mejor y sí, parecían detenidos por alguna razón que ni me interesaba. Incluso, cuando en el piso quince entraron dos tipos igual de grandes, como dispensadores de comida, se movieron un poco y siguieron mirando al frente. Luego, en el piso veinte, subieron dos estantes de holobuks más con caras de pocos amigos. Estábamos tan apretados que podía oler muy claro que había por lo menos un par que no usaba desodorante.
Miré bien al que estaba a mi derecha: su calva brillaba por el sudor y las gotas ya estaban cayendo sobre su ropa. Así que supe que tenía que decir:
—Señores, si alguno desea bajar, este es el momento.
Todos se giraron hacia mí. Los que estaban más cerca de la puerta comenzaron a mover los brazos de manera lenta. Los demás, me miraban de arriba a abajo, si no supiera que eran humanos normales, diría que me estarían escaneando.
—Así es, señor. Ya llegamos—dijo uno que estaba cerca de la puerta. Los dos que estaban delante salieron y los demás me dejaron espacio para salir del ascensor. Era un gran salón dorado con unos sillones azules que parecía que los habían comprado ayer. En medio sólo estaba la recepción, con un escritorio en donde podían haber comido unas veinte personas sin ningún problema. Al fondo sólo había una gran puerta, y alguien había tenido la gran idea de pintarla de azul.
Los tipos tenían todos los músculos del cuello y brazos tensos, cuatro de ellos ya tenían el cuello de la camisa húmedas. Avancé, aunque mis sistemas de alarma comenzaron a encenderse. A cada paso sentía cómo me iban rodeando. ¿Había que pelear? No me importaba, pero de alguna manera me sentía incómodo. Llegué a recepción, pero no pude decirle nada a la mujer que estaba en la gran sala.
—Lo están esperando...—dijo la mujer que tenía unas ganas terribles de ir a su casa, porque apenas había cogido su cartera y se estaba yendo sin arreglarse ni y tampoco se había terminado de poner su chaqueta. Saltando, llegó al ascensor y se despidió gritando: "¡Allí en la puerta!".
Cuando terminé de ver cómo se iba la mujer, me topé con la mirada de los tipos. Me pareció un poco grosero que con la cabeza me hicieran un gesto para ir hacia la puerta de Tiret. ¿No era yo que iba a detenerlo? Todo el show parecía más un pasadizo que me llevaba a mi muerte, aunque era obvio que podía despacharme a los ocho tipos sin apenas despeinarme.
Caminé muy lento, quería ver hasta dónde llegaban los tipos con su teatro. Pero me sorprendió que la puerta se abrió y al fondo estaba parado el mismísimo Tiret Jandki, con una gran sonrisa dándome la bienvenida.
—Adelante, señor...
—Cricket, Jakes Cricket—le completé. Miré a los ocho dispensadores de comida con un poco de pena y pasé a la gran oficina.
—¡Señores, muchas gracias! No será necesario que esperen, por favor— dijo Tiret. El tipo andaba muy confiado, me dio un apretón de manos y con la otra mano me guio para que me siente en la silla que estaba frente a su escritorio. Se sentó y se recostó en su gran sillón; y como si yo le hubiera contado el mejor chiste del mundo me dijo:
—¿En qué puedo ayudarlo, señor Cricket?
¿Qué tenía que hacer en esos casos? No me imaginaba algo tan tranquilo. Lo mejor era ir a la segura y sin vacilar:
—Aquí está mi placa. Lo vengo a detener. Si me acompaña...—¡el móvil lo había destruido Deynos! ¡Tenía que pedir a una comisaría que alguien venga con un móvil! Ya no había marcha atrás. Aunque tampoco no hubo mucha necesidad de seguir, porque me interrumpió:
—No siga. Usted no va a detener a nadie.
Eso ya no tenía sentido, el tipo era flacucho, ciego (aunque eso no importaba porque tenía un implante en la cara para dejar de serlo) y no había posibilidad que me pudiera poner resistencia. Pero chasqueó los dedos y luego dijo:
—Shon, ¿necesitas que me vaya?
—Sí, señor. Se va a poner feo.
Eso sí me hizo reír. Estuve riéndome mirando cómo Tiret se levantaba y estaba por irse. Así que como juego había estado divertido pero ya era hora de terminar. Me levanté y con el arma integrada en mi brazo le dije:
—¡Detente Jand...!
Ni siquiera terminé de decir nada, el tipo llamado Shon había llegado no sé cómo hasta estar frente a mí y con sólo sus manos había destruido mi arma integrada y la estaba prensando contra mi brazo.
Era obvio, el tipo era una especie de mutante muy fuerte, por lo que tuve que subir mi nivel de fuerza establecido en mis parámetros de configuración a un multiplicador por 5. Le di un buen puñetazo en el estómago, otro en la cara y de una patada lo tumbé.
No podía perder más el tiempo con el matón, pero parece que a este lo habían sacado de una camada especial: cuando quise ir por Jandki, frente a mí se había levantado como si fuera un villano de una película de terror. Subí el multiplicador de fuerza a 7 y le encajé dos puñetazos en la cara; pero cuando quise darle la patada para volver a tumbarlo, el tipo, como si hubiera recuperado una velocidad que siempre había tenido allí y simplemente la había dejado a un lado para que no le haga bulto, me cogió de la pierna, me jaló y no recuerdo si me dio un cabezazo, otra patada o un puñetazo. Lo que si recuerdo es quedar en medio de los restos del escritorio y ver cómo él venía hacia mí.
No me gustaba la cara de confianza con la que venía. Y encontré qué estaba mal: tenía los parámetros de velocidad en NORMAL, subí el multiplicador a 3 y salté sobre él. Pero no entendí qué pasó, sólo cuatro ráfagas de algo que me dio en el estómago, cuatro en la cara y cuatro en el pecho.
Subí los multiplicadores de fuerza y velocidad a 10 y 5, no podía disparar y aún no tenía mucha seguridad de cómo atacarlo, así que grité y me lancé otra vez. No sé cómo terminé contra un estante lleno de botellas, luego sentí una mano en el cuello y aparecí en el suelo en medio de una mesita de vidrio destruida, con ese pedazo de pata de metal metido desde mi espalda hasta mi estómago. Quise levantarme, pero el tipo me pisó el brazo y con las manos me jaló tanto el brazo que se quedó así colgando como lo encontraste.
Su cara parecía sorprendida y tampoco cambió cuando me dio de patadas por todos lados. Se agachó, me tomó el pulso y el idiota frunció el ceño. Me dio un puñetazo en la cara y creo que me destruyó un montón de cosas importantes porque salieron varias chispas. Me lanzó varias ráfagas de golpes y casi no me podía cubrir con el otro brazo que me quedaba. Me volvió a tomar el pulso y volvió a fruncir el ceño. Y no sé por qué, me puso su palma de la mano frente a mí, luego vi un destello azul brillante. Para eso mi pantalla estaba llena de indicadores de daño grave por todos lados, con luces rojas y amarillas titilando por todos lados, pero se dispararon mis escudos protectores, aunque no sé de qué me protegieron porque no me disparó ni nada.
Cuando el brillo terminó, el tipo estaba parado como imbécil frente a mí y me soltó:
—¿A dónde vas a ir, si te dejo vivir?
—A la casa de la chaina de tu madre—le dije y el idiota ese sonrió y asintió.
—¡Eh! ¡Tiret! ¡Dale permiso que Jakes va a salir!—y Jandki que había estado viendo todo tan alegre cambió de cara, se molestó y se hizo a un lado de la puerta.
—Al frente de esta puerta, hay otra que da a una escalera de emergencia que da a la calle. Ve de frente—. Me dijo el matón y me guiñó el ojo — Estaremos en contacto.
Me habían dado una paliza, pero no tenía tiempo de pedir explicaciones, me fui como pude y bajé veinticinco pisos por una escalera de metal al aire libre.
Y eso fue, en resumen, lo que pasó. ¿Crees que pase algo por fallar la misión? No, creo, ¿no? Me siento cansado, ¿me puedo dormir?».
—Al menos ya sabes que debes de cumplir la misión y no irte por otro camino, aún para ti allá afuera no es fácil — dijo Daniel Colorter.
—¡Oh! ¡Por supuesto! ¿Creo que mi trabajo si sirve para algo? Quizá si es que viviera en una discoteca, nunca me hubiera enterado de que las amigas de Bella están atrapadas allí. ¡Pero no pude salvarlas! ¿Eso significa que no sirvió de nada lo que hice?
—Descansa, Jakes. Ya tus indicadores están estables y ya puedes dormir, aunque todavía me quedan varias horas aquí.
Daniel continuó con su trabajo, pero muchas ideas se le pasaron por la mente, justo del tipo de ideas que sentía que no debía tener. Se suponía que él trabajaba en el estado para este proyecto que creaba un super liciap y eliminaba la delincuencia. Pero esta misión estaba fallida y la anterior también. Allí afuera había verdaderos monstruos y este cyborg también le había salido defectuoso, el otro tampoco tenía vestigios de una consciencia o experiencias humanas antes de encajarlo en ese cuerpo sintético. Y ya había leído que Jakes tenía muchas ideas soñadoras: ¿cuánto de lo que le había contado era verdad?
Y lo peor de todo: con todos esos fallos ¿qué iba a pasar si le mandaban desmantelar los cyborgs?
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[1] Agente Especial Liciap
[2] Protocolo Unired