- ¡Oye, estúpido!
El olor de la cantina era una mezcla de orines, cerveza y tabaco. El bullicio se confundía con el horrible sonido del pianista aprendiz de ese día y la voz del borracho que cantaba la canción del pez. Aun así, un insulto como ese no debía ser tratado a broma. Aunque nadie lo hubiera escuchado.
- ¡A ti, imbécil! ¡Te estoy hablando! ¡Cabeza de rodilla!
El calvo se giró. Tenía un gran bigote tupido y tres cicatrices que le cruzaban desde la frente hasta la barbilla. Dejó su jarra de cerveza, se levantó de su asiento y toda la gente se cuestionó el hecho que los gigantes no existan. Se ajustó los tirantes y se acercó al hombre que le estaba insultando.
- ¡A ti te estaba diciendo! - dijo el gritón, al mismo tiempo que se levantaba de su asiento. El tipo le llegaba al ombligo. Tenía la barba muy cuidada, los ojos negros y el cabello negro lacio, peinado hacia atrás.
El calvo hizo un gesto de desdén. Miró hacia el enorme martillo industrial que dejó cerca de su asiento y se encogió de hombros.
- ¡Ey! ¡Mírame cuando te hablo! - siguió gritando el bajito. Señaló al calvo y luego a la calle -. ¡Tienes una cita con el destino! ¡Y ese soy yo! ¡Tú, calvo, y yo! ¡Afuera!
La gente se detuvo a mirar, pero el bullicio continuó. Al fondo un grupo de mujeres reían un chiste de manera escandalosa. El borracho llegaba a la parte donde mencionaba cómo la chica cogía el pez.
Los dos hombres salieron acompañados por un grupo de curiosos. Una vez se pusieron frente a frente, el calvo se puso en guardia y... el otro tipo se puso a temblar.
- ¡Era una broma! - dijo, al mismo tiempo que se arrodillaba y lloraba -. ¡Yo me adelanté y no pensé que irías a venir!
Los curiosos se rieron y comenzaron a irse. El calvo vio al tipo como suplicaba de manera tan patética que, solo para desquitarse, hizo el ademán de darle un golpe pero alguien le detuvo por detrás.
- ¡Eh! ¡Eh! ¡Tranquilo amigo! - le dijo alguien con una voz suave -. ¡No mate a ese pobre diablo!
El calvo se giró. El que le había detenido era un muchacho de cabello castaño, ojos muy negros, rasgos finos, una sonrisa gentil y pequeño también.
- Mire a ese pobre diablo - dijo el joven, soltándolo y sonriendo abrió los brazos -. Está tan borracho que no puede ni pararse bien y hasta se ha orinado de miedo - el chico bajó la voz y se puso la mano cerca a la boca -. Yo lo conozco, y ahí donde lo ves, nadie daría un cobre por él. Pero le cuento un secreto: es un príncipe.
- ¡Ay! - gritó el príncipe borracho. Sus gritos parecían chillidos de cerdo -. ¡No me mates!
- Escúcheme, amigo - continuó el joven con una voz melindrosa y muy rápida -. El tipo anda muy observado: espías por todos lados. Pero es un engreído, no le gusta que le protejan. No se sabe dónde están esos espías, quizá ya te vieron en la cantina. Si le haces algo, puede ser que de noche, mientras estás en tu cama, alguien venga a asesinarte.
El calvo entrecerró los ojos, iba a decir algo, pero el muchacho levantó el dedo y con una sonrisa pícara y, como contando un secreto, dijo:
- Pero el tipo es millonario, ¿ves esa bolsa en su cintura? Lleno de oro. Dirá usted: "¿Cómo lo sé?" ¡Pues porque yo soy del reino de donde viene ese príncipe! ¡Lo conozco y lo he seguido! - el príncipe borracho, se tambaleaba y gritaba. El calvo entrecerraba los ojos para observar la supuesta bolsa de oro. El joven chasqueó los dedos, el calvo se giró hacia él y siguió escuchando:
- Yo estaba ya a punto de robarle su oro, pero, ahora gracias a usted, el príncipe ya no va a seguir bebiendo aquí. Mire, le propongo algo: ya que se ha metido, aunque sea por un azar del destino, en este tema, no veo por qué no debería recibir una parte del botín. Esa bolsa debe tener, por lo menos, unas doscientas monedas que... repartiremos en partes iguales - el muchacho sacó una alhaja brillante de su bolsillo -. Le daré mi broche, que puede preguntar dónde sea, es de la guardia de mi reino y vale mucho más de 100 monedas, pero usted parece un caballero confiable. Nos veremos debajo del puente a la medianoche. Usted se irá de aquí y yo llevaré al príncipe a seguir tomando, hasta que en un descuido le robe la bolsa. Es mejor así, sin tanto escándalo. A él no le hará daño perder esa bolsa y a nosotros no nos vendrá mal ese dinerito. Pero necesito una garantía, también de su parte. ¿Qué me puede dar?
El calvo dijo atontado:
- Eh... Tengo... Tengo aquí el sueldo que cobré hoy. No pagan mucho en la fábrica, pero...
- Sí - dijo el joven sonriendo - esos son unos estafadores, pero para mí me basta y sobra.
- Je, je. - dijo el calvo gigante mientras le entregaba el dinero al muchacho -. Nunca he venido por aquí, estaba un poco triste por...
- Lo comprendo - le interrumpió el joven -. Pero no tenemos mucho tiempo y el príncipe se nos puede ir. Váyase, esta medianoche seremos muy ricos.
El calvo sonrió y se fue.
El muchacho se guardó el dinero, se acercó al príncipe borracho y lo apoyó en su hombro.
- ¿Todo bien? - dijo el joven.
- ¡Suéltame, imbécil! - le dijo el príncipe borracho.
- ¿Qué pasa Luc?... ¿Qué es ese olor?... ¡Luc! ¡Hermanito! ¿Te measte? - arrugó la nariz - ¡Te emborrachaste de verdad!
- ¡Te dije que me dejes! ¿Por qué yo siempre tengo que esperarte?
El joven iba a decir algo pero un rumor lejano y unos gritos le interrumpieron:
- ¡Allí están!
Se subió el cuello de la chaqueta, cogió a Luc del brazo y comenzó a caminar rápido arrastrando al borracho.
- Luc, camina rápido o, mejor, corre - dijo el chico.
- ¡Te dije que me sueltes! - dijo Luc, con la lengua enredada.
- ¡Vamos, corremos a la cuenta de tres! ¡1, 2 y... 3!
El muchacho corrió con todas sus fuerzas, volteó a ver a Luc y se detuvo, desanimado.
- ¡Eren! ¿Por qué nunca me esperas? - gritó Luc.
- ¿Te das cuenta que vienen por nosotros? - dijo Eren.
- Sí. Pero ya sabes que me cansa correr.
Unos minutos más tarde, unos golpeados Luc y Eren fueron conducidos a una celda.
- Esto es tu culpa - dijo Luc.
- ¿Qué? - dijo Eren - ¿Por qué siempre me tienes que echar la culpa?
- ¡Cállense! - gritó el guardia que los estaba llevando.
- Este lugar apesta - dijo Luc, haciendo gestos.
- Es ella - dijo el guardia, mientras les abría la puerta de la celda. Estaba muy oscuro y casi no se notaba la pared del fondo.
- ¿Una mujer? - dijo Luc sonriendo y alisándose el pelo. Eren movía los ojos a todos lados, escrutando el lugar.
- Sí - respondió el guardia -. Espero que les guste. Ja, ja, ja, ja, ja.
- ¡Ja! Ya sabes como dice la canción del pez: "¡una lavadita y listo!" - dijo Luc, con una sonrisa veloz.
El hombre cerró la puerta de hierro y se fue riendo.
- ¿Cuál es la mujer? - dijo Eren, nervioso.
- Creo que ese bulto de allí - dijo Luc ufano, mientras se acomodaba en el camastro -. ¡Hasta mañana!
Luc siempre tenía sueños tranquilos, donde le pasaban cosas interesantes como: ser el rey de un país, el general de un ejército victorioso o el dueño de gigantescos tesoros. En sueños le acosaban mujeres hermosas, reían ante sus ocurrencias y se desvivían por desvestirlo.
- ¡Luc! ¡Despierta Luc! - susurró Eren mientras lo remecía.
Luc se levantó y le dio un bofetón a Eren. El muchacho se quejó, quiso decir algo pero Luc le interrumpió:
- ¡Ya te he dicho miles de veces que nunca me despiertes!
- ¡Escúchame, hermano! - dijo Eren frotándose el golpe y enseñando la palma a Luc -. ¿Por qué crees que no nos han matado?
- No sé, quizá les dio pereza...
- ¡No! - interrumpió Eren -. ¡Nos van a colgar! De seguro el alcalde quiere colgarnos en la mañana, para que todo el mundo lo vea.
- ¿Y por qué lo haría? - dijo Luc rascándose el oído.
- ¡Es obvio! ¡Yo te dije que nos teníamos que ir de aquí! ¡Hemos estafado a la mitad de la ciudad! ¡Y la mitad de la ciudad trabaja en esa fábrica, con esa torre enorme, haciendo no sé qué inventos, con vapor y chispas que salen por todos los lados!
Luc puso una cara idiota. Eren continuó:
- Ese alcalde es el dueño de la fábrica y también de la ciudad. No pienso quedarme a ver qué pasa mañana. Ya encontré la manera de esca...
Algo al fondo de la celda sonó como raspando la pared y de inmediato una sombra apareció al lado del muchacho.
-... parnos - terminó Eren, mirando con horror la criatura apestosa y horrible que estaba frente a él.
- ¿Cómo vas a escapar? - dijo la sombra con una voz fuerte y rasposa. Al menos le superaba 30 centímetros de estatura.
- ¿Tú no eras una mujer? - dijo Eren temblando -. El guardia lo dijo, ¿no Luc?
- Sí - dijo Luc debajo del camastro -. Pero todos nos podemos equivocar.
- Sácanos de aquí - ordenó la criatura haciendo una seña con la cabeza.
El muchacho asintió nervioso y se abrió la camisa. Por debajo de la boca del estómago tenía una horrible cicatriz que le rodeaba el torso por encima de la panza. Eren desabrochó la 'cicatriz' y sacó sus herramientas. Mientras trabajaba en la pesada puerta de hierro de la celda, la criatura le miraba con atención y de cuando en cuando se asomaba por debajo del camastro para ver a Luc.
- Ya está - dijo Eren -. Pero mi plan era esperar a que los guardias duerman y...
- Nos vamos ahora - dijo la criatura negra.
- No es por faltarle el respeto - dijo Eren - , pero...
La sombra le levantó del cogote.
- Sabes abrir puertas. Yo no. Hay muchas más puertas hasta el barco. Esta puerta todavía está cerrada, ¡Ábrela!
La criatura soltó a Eren e hizo un gesto con la cabeza. El chico se acercó a la puerta y se fijó por debajo.
- Hay tres guardias afuera. Si abro nos van a moler a golpes. ¡No voy a hacer tanto esfuerzo por nada!
- Somos tres - dijo la sombra.
- ¡Por eso! - dijo Luc, debajo del camastro.
Eren se encogió de hombros.
- ¿Tienen armas? - dijo la criatura.
- ¡Sí! ¡Espadas, porras y cuchillos! - dijo Eren.
- Mejor. ¡Abre la puerta!
Eren negó con la cabeza, trabajó las bisagras, sonó un clic y la puerta cayó con un sonoro ¡Pum!
Los guardias se levantaron mirando la puerta de acero derrumbada.
- Con eso igual se hubieran despertado - dijo la sombra con su voz rasposa.
- ¡Yo no hice nada! - dijo Eren sentado en su celda.
- ¡Yo tampoco! - dijo Luc sacando la cabeza por debajo del camastro.
La criatura negra volteó a verlos y ordenó:
- Ustedes vienen conmigo.
- ¡¿Qué pasó?! - dijeron otros tres guardias que llegaron.
- ¡Nosotros no hicimos nada! - dijo Luc sacando su cabeza.
- Bueno - dijo uno de los guardias, bajando la espada - hay que llamar a alguien para reparar esa puer...
No pudo terminar la frase porque la sombra apareció casi de inmediato frente a él y le cogió la mano armada. De un cabezazo lo tumbó y le quitó la espada.
- ¡La mujer se escapó! ¡Llamen refuerzos! - gritaron tres guardias que se lanzaron contra la sombra.
Eren levantó las cejas y abrió grande los ojos.
La criatura saltó contra la pared y se impulsó para llegar a uno de los guardias que estaba más alejado. Le partió el casco con la espada y de una patada lo lanzó contra el muro contrario.
- Ustedes no van a salir de aquí - les dijo la criatura a los cuatro guardias restantes. Acto seguido, de un salto llegó hasta los hombres y derribó a uno de un golpe en la nariz con el mango de la espada. Luego cogió una silla y se la lanzó en la cabeza al tipo que estaba más lejos. Al mismo tiempo le clavó la espada en la barriga a otro y le quitó su arma. Un último hombre llegó a la salida pero no pudo hacer gran cosa, ya que la criatura le clavó, lanzándole, uno, luego otro y hasta un tercer puñal que iba sacando de cada guardia en el suelo.
Al terminar la masacre, ella se acercó a Luc y Eren que estaban boquiabiertos mirando con horror la escena.
- ¡Vámonos! - dijo ultimando a los sobrevivientes.
Eren asintió nervioso y sacó a rastras a su hermano que lloraba para quedarse.
La criatura cogió una espada en cada mano y avanzó haciendo un gesto con la cabeza, obligando a los dos hermanos a que se adelanten.
Caminaron un buen rato, huyendo de la luz de alguna farola o de la presencia de algún borrachín. Había pasado al menos una hora hasta que vieron el romper de las olas contra el muelle y los barcos a su derredor.
- ¿¡Hasta cuándo vamos a caminar!? - dijo Luc, llorando.
La sombra no respondió hasta que Luc no hubo repetido diez veces esa frase.
- Vamos a buscar el barco, en el puerto.
- ¿Puedo preguntar algo? - dijo Eren, con su voz melindrosa.
La criatura solo gruñó.
- Ya estamos afuera, - continuó Eren - ya estamos a dos pasos del puerto, ¿Para qué nos necesitas?
-Todavía tenemos que rescatar a mi capi... ¿Saben nadar? - dijo asustada la figura negra.
- Creo que... - dijo Luc antes que lo lanzaran al agua.
Eren saltó solo, al mismo tiempo que la criatura, cuando vio las antorchas a lo lejos.
Luc chapoteó desesperado hasta que Eren lo jaló a la orilla y le puso una mano en un trozo de madera negra que estaba debajo del puerto.
- Shhh... - dijo Eren poniéndole la mano en la boca a Luc, antes que se ponga a gritar.
Los hombres con antorchas pasaron el muelle y no los vieron.
- ¡Ya suéltame! - dijo Luc mientras movía las manos - espero que esa criatura horrorosa se haya ahogado. Un minuto más y la mataba yo mismo con mis propias manos.
- ¡Vamos! - sonó la voz rasposa cuando los sacaron del agua.
Pero la sombra que los había acompañado había desaparecido. En su lugar había una mujer de piel canela y caderas muy anchas. Estaba toda empapada con el agua chorreando de lo que antes había sido un vestido muy sencillo. Luc se le quedó mirando con cara de idiota. Quiso esbozar una sonrisa, pero Eren le dio un empujón.
- Muy hermosa, pero también hemos visto cómo ha matado con esas dos espadas y su cara está dibujada en todos lados. ¡Mírale las piernas! - Eren levantó una ceja -. Mejor no. Sólo ten en mente que casi somos la mitad de su tamaño y nos puede alcanzar muy rápido. Así que deja de ser tú por un momento, ¿de acuerdo?
- ¡Ja! - dijo Luc, arreglándose el cuello de la camisa - ¿Con quién crees que estás hablando?
La mujer les hizo una seña con la cabeza y ambos caminaron. Luc se le acercó con una sonrisa y arreglándose el pelo negro engrasado.
- Hemos comenzado mal, madame. Mi nombre es Luc y este jovencito es mi hermano Eren. Claro que te ayudaremos a encontrar tu barco y de paso el coraje de mi hermano. También, déjame decirte que gustosos seremos los mejores guardaespaldas que puedas encontrar jamás. No te preocupes, a nuestro lado estarás libre de todo mal. ¿Cuál es tu nombre?
La mujer lo miró y Luc le guiñó un ojo. Siguieron caminando con ella en silencio y el pequeño de cabello negro demostrando sus (supuestos) amplios conocimientos en barcos mientras, cada dos pasos, señalaba alguno y preguntaba si mejor no robaban ese que era mejor.
Llegaron al final del muelle; la mujer gruñó y pateó el piso.
- Tranquila - dijo Eren -. En algo tiene razón Luc. Podemos robar cualquiera de estos barcos y no pasa nada. Si sabes manejarlos, nosotros te ayudamos.
- Mi barco es diferente - sonó la voz rasposa -. Solo ella puede manejarlo. Aquella que está también presa: Mi capitana.
- Mira - dijo Eren, un poco agotado -, si tenían un barco aquí, en este puerto, se lo deben haber llevado a otro lado. No sé cuánto tiempo estuviste encerrada, pero aquí los barcos vienen y van.
- Mi barco vuela - dijo la mujer.
- Es bella, pero ha perdido la cabeza - dijo Luc codeando a su hermano. Y luego se dirigió a la mujer a gritos - ¡No existen los barcos que vuelan! ¿Me entiende?
- Está loca, no es sorda - dijo Eren.
La mujer comenzó a darle patadas a un muro de madera, tan fuerte que parecía que podía despertar a toda la ciudad.
- ¡Señora, deténgase! - dijo Eren extendiendo los brazos -. Tengo ganas de que mucha gente me mire con interés, pero que ese interés no sea cuánto tiempo me demoro en morir en la horca. Dígame, ¿Su barco siempre volaba o alguna vez tenían que flotar como aquellos?
La mujer se detuvo. Entrecerró los ojos y dijo:
- A veces teníamos que bajar. Para comerciar o llenar provisiones que no habíamos robado.
- Y cuando no estaban robando, estaban volando, ¿Cierto?
- Sí - dijo la mujer, sentándose al borde del muelle.
- Supongo que volaban alto, para tomar por sorpresa a sus víctimas. Pero, ¿qué tan alto?
- Muy alto, sí. Pero cuando encontrábamos el barco a saquear, bajábamos. Cuando el barco chocaba con la cofa, nos descolgábamos con sogas.
- Si eran tan difíciles de encontrar, no entiendo cómo se llevaron tu barco.
- Era un día de primavera - dijo la mujer con su voz rasposa -. Esa semana habíamos tenido buena pesca. Muchos barcos pequeños, dispersos pero bien cargados. Ya íbamos a descansar cuando vimos uno grande y lleno de jugosos botines...
- ¿Cómo sabías que tenía jugosos botines? - interrumpió Eren, mientras veía como Luc jugaba con unas piedritas.
- Porque era un barco grande - la mujer abrió los brazos -, muy grande.
La mujer miró al mar y continuó:
- Atacamos como siempre, pero cuando bajamos las sogas, nos esperaron a todas con espadas y trabucos. Amarraron nuestras sogas al barco y nos abordaron. Yo me escapé y llegué a subir a mi barco. Peleé pero nos ganaron. Muchas de nosotras murieron y a otras nos tomaron prisioneras. El tipo que mandaba era un antiguo enemigo nuestro que pensábamos muerto. Quería saber dónde estaba su extraña máquina. Mi capitana había escondido su máquina y por eso no la mataron.
- Si bajaron tu barco, debería estar aquí.
- Nunca bajaron nuestro barco. Nadie puede, solo mi capitana.
- Si hubieran remolcado tu barco, las tormentas se lo hubieran llevado. No le veo sentido conservar un barco que nadie más sabe usarlo -. La voz de Eren era rápida y suave.
- ¡Esos malditos lo tenían todo arreglado! - la mujer escupió a un lado -. Nunca atacamos cuando hay una tormenta cerca. Y a esos los cogimos cerca de la costa. Además tampoco nos podían matar, mi capitana convenció a esos malditos que sin el barco no podíamos conseguir la máquina de esa porquería de hombre - volvió a escupir.
Eren dibujó una sonrisa pícara y le tocó el hombro a su hermano. Luc se detuvo en lo que hacía. Era estúpido, pero reconocía a su hermano cuando algo le nacía en su mente. El muchacho se quitó la camisa y luego el saco, los estrujó para sacar el agua y los sacudió. Con el cabello castaño alisado con sus manos y con una sonrisa de su cabeza altanera caminó sin preocupación hacia el centro de la ciudad. Hizo un gesto suave para que la mujer y su hermano lo siguieran. Su hermano, corrió detrás de él y le dio un bofetón en la nuca.
- ¡¿Cuántas veces te he dicho que no me dejes?! - dijo Luc.
Eren se acomodó el pelo y, con dolor, gritó a la mujer que se había quedado lejos en el muelle:
- ¿Quieres tu barco o no? - Eren rezumaba confianza. La mujer gruñó, iba a decir algo, pero la interrumpió -. Antes que digas algo, sería agradable saber cómo te llamas tú y también tu capitana. Y si supieras cómo se llama ese enemigo tuyo también sería muy amable de tu parte.
- Yoina es mi capitana. Yo soy Benedicta Susana López De... - la mujer escupió -. Sólo dime Shoshana. Y la rata se llama Yails o algo así -. Shoshana volvió a escupir.
- Yails, ya - Eren sonrió -. Seguro se escribe Giles. Sigamos.
Varios hombres con antorchas no tardaron en aparecer. Los vieron y corrieron hacia ellos gritando e insultando.
- ¡Allí están! - gritó Luc, detenido frente a sus dos acompañantes - ¡Pedazos de estiércol! ¡Vengan aquí! ¡Vengan si lo que quieren es morir!
Luc avanzó y luego volteó a hacia atrás. Asintió y señaló a la turba que se había quedado impactada ante la seguridad del muchacho bajito. Luc avanzaba con las manos a los lados, gruñendo como una bestia y gritando fuerte. Dio unos pasos y volvió a voltear. Estaba solo frente a los hombres. Shoshana y Eren estaban muy lejos varios pasos de distancia.
- ¡Era broma! - dijo Luc arrodillándose e intentando que su sonrisa sea de las sonrisas que se lanzan cuando uno tiene una banderita blanca.
Eren lanzó una mirada lastimera a Shoshana, pero ella se encogió de hombros y dijo:
- Yo puedo contra seis. No contra diez.
Luc ya estaba retrocediendo con las rodillas y hacía esfuerzos patéticos de arrastrarse hacia atrás, hasta que llegó Luc muy tranquilo.
- ¡Señores! ¡No nos toquen o el alcalde Giles los matará a todos ustedes! - la voz de Eren hasta en gritos era rápida y dulce.
Los hombres bajaron los hombros, se miraron los unos a los otros y Eren aprovechó esos pequeños instantes de aturdimiento para seguir:
- ¡Tranquilos! - dijo con las palmas abiertas hasta llegar cerca de su hermano -. Nosotros estamos muy asustados, pero aquí todos podemos pasar una noche muy apacible. Sé que ustedes deben de estar cansados y con sueño. Y muchos de ustedes seguro no querían venir; saben de esa horrible mujer que mata gente como quien apuñala peces en un cubo. Y, de seguro, muchos de ustedes saben que el alcalde quiere de esta mujer una máquina prodigiosa que es un tesoro de ciencia y maravilla. Pero les tengo una grata noticia: hoy es su noche de suerte. Esta noche beberán más que en cualquier otra noche y tendrán el amor de más mujeres que en toda su vida pasada con todo el dinerito que van a tener.
Los hombres ya no estaban furiosos. Eren había ido bajando la voz paulatinamente y ellos se amontonaban para acercarse al muchacho. Habían dejado a Luc de lado, que estaba de pie limpiándose la ropa.
- Ustedes dirán - continuó Eren -, ¿Cómo sé de la máquina? Pues, les comento que este asustado caballero y yo, somos parte de una empresa. Una aseguradora que protege bienes para cualquiera que pueda pagar nuestra alta suma. La mujer es una bandolera, una pirata sanguinaria, pero su capitana es una mujer muy inteligente, que nos contactó para que guardemos esa máquina a cambio de una suma muy jugosa que nos asegura el costo de administración - bajó un poco más la voz y los hombres lo rodearon -. Nuestra empresa no es partidaria de involucrarse con delincuentes, así que creo que la oficina central estará de acuerdo en devolver a su dueño ese aparato. Pero estoy seguro que querrán un pequeño porte por los costos de mantenimiento. Calculo que deben ser como mil monedas. Ahora ustedes deciden, pueden pagarme aquí o llevarme con el alcalde. Pero antes tengan en consideración esto: Si ustedes llevan la máquina el alcalde los premiará y serán ricos. Si ustedes me llevan al alcalde se quedan igual. En todos los casos yo no quedo con nada, ya que debo ir a la oficina central a dejar el pago. Los dejo pensar.
Eren se giró hacia su hermano y le hizo un gesto. Luc ya sabía de ese gesto: significaba que él tenía la parte más importante, es decir, no hacer nada. Mientras, la mujer estaba lejos con los machetes en cada mano, con la cabeza ladeada y la boca abierta.
Los hombres primero hablaban en voz baja, luego uno gritó y luego otro también. "¡Es un perseguido!", "¡Buscamos a la mujer y no a él!", "¡¿Tú qué sabes de él?!", "¡Eres un tacaño!", "¡Debemos llevarlo!", "¿Muerto?", "¡No seas idiota!", "¡¿Entonces cuál es la diferencia?!", "¡La diferencia está en tu madre!". Hubo un par de peleas y luego el más grande, y que parecía el que estaba al mando, se le acercó.
- Iremos a ver al alcalde - tenía el labio roto, dos dientes menos, un ojo moreteado y una horrible hinchazón en la frente -. Pero, ¿qué hacemos con la mujer?
- Aprésenla. No puede contra diez. Ah, y no olviden de taparle la boca.
Shoshana había guardado los machetes al cinto. Cuando los hombres se acercaron ella sonreía a Eren que también le devolvía la sonrisa. Sacaron sogas y le quitaron los machetes.
- ¡Malditos! ¡Estúpida de mí que los vi como a mis hijos! - gritó Shoshana antes que le taparan la boca.
Todos caminaron hacia la torre de en medio de la ciudad. Conversando con los hombres los hermanos se enteraron de muchas cosas. La torre era nueva y había sido construida al inicio de la administración del alcalde Giles. Nadie sabía muy bien cómo había aparecido. Unos decían que era un comerciante, otros un banquero, otros un maestro de escuela. El más viejo los calló a todos con gritos y dijo que él lo había visto llegar como un hombre muy sucio y supo de un vecino que le prestó un carruaje para que transporte gente de la nobleza. En lo que todos estaban de acuerdo era en que los había vuelto ricos con la torre. Producían más telas que nadie y los barcos se amontonaban por las toneladas de telas que vendían. Pero era un hombre cruel.
Llegaron a una pared larga con unos portones de madera negros y gigantescos. El centinela los reconoció y dejó entrar. Dentro parecía otra ciudad. Tras la muralla habían casas, todas iguales muy ordenadas y distribuidas a lo largo de la pared y rodeando a la gran torre de madera, piedra y cemento. De la torre salían varios cables y tubos de diferente grosor que terminaban en cada una de las casitas. "Entre siete y diez por casa", escuchó Luc susurrar a su hermano. Todas las casitas tenían techos negros y chimeneas humeantes. Por doquier corrían niñas pequeñas. Iban sucias y muchas no tenían zapatos. Llevaban vasijas, ruedas, cables y otras chucherías de metal. La torre estaba envuelta en humo y a veces se oían truenos y explosiones seguidas de rayos que brotaban de lo alto.
- Este lugar me va a hacer explotar el cerebro con tanto ruido y con ese olor a quemado insoportable - dijo Luc.
- Le doy la razón, colega - dijo Eren mirando a todos lados con sus ojos negros y veloces.
Entraron en la torre. A pesar que parecía grande por fuera, la mayor parte del tiempo solo veía una escalera de caracol que contenía sin problemas a las trece personas que estaban subiendo. En cada piso había una puerta simple de madera que daba a una oficina pequeña. Alguna que otra estaba abierta, y se veía a hombres armando cosas.
Luc sintió, con furia, un codazo de parte de su hermano. Sabía que todavía estaba en marcha su plan, así que se aguantó las ganas de gritarle, pero volteó para que vea sus ojos de rabia. Eren le hizo una seña con las cejas hacia la ventana. Era cierto, desde una de las pocas ventanas, a varios pisos arriba, se veía a un barco.
En el último piso de la torre estaba el alcalde. Su salón era espacioso y lleno de libros. Una ventana había sido demolida y se había construido una pasarela de madera que llegaba hasta el barco volador. La puerta de madera, que se había acomodado de manera rudimentaria allí, temblaba por el viento y hacía un sonido perturbador. El alcalde estaba escribiendo en su escritorio y no hizo caso a los hombres hasta que Eren habló:
- ¡Señor alcalde! ¡Qué gusto conocerlo! - los hombres se miraron asustados. El alcalde levantó la vista. Había que reconocer que era atractivo. Tenía el cabello castaño y los ojos color miel. Eren se acercó con la mano extendida.
- Permítame presentarme, mi nombre es Eren De Wasilberg, representante de la empresa Seguros Confiables y Hermanos -. Eren se quedó con la mano extendida sobre la mesa de Giles.
- ¿Qué quieres? - dijo el alcalde, con un marcado acento inglés y una voz fría -. Tengo que firmar muchos ahorcamientos para mañana.
Eren repitió lo que les había dicho a sus captores, pero obviando lo del arreglo que iba a coordinar con ellos.
- ¿Crees que soy idiota? - respondió Giles -. ¡Sargento Marco, tráigame mi espada!
Eren se encogió de hombros, se metió las manos a los bolsillos y casi cantando dijo:
- Si me mata, la empresa igual seguirá con el contrato pactado con la señorita Yoina.
- ¡Ella te lo dijo! - Giles había rechazado la espada, aunque todavía estaba de pie frente a Eren.
- No. Tengo el contrato aquí en el saco. Pero la verdad es que no quiero morir. Esa mujer casi nos asalta, nos tiró al agua y nos amenazó en la calle. Si nos mata, matará a inocentes. Quédese con esa mujer y con su barco. Tendré que notificar a la oficina central.
- Espera - Giles tenía la voz más tranquila -. ¿Dices mil monedas?
- Ahora creo que sería un intercambio más justo es ese barquito que flota allá afuera - dijo Eren, ajustándose la camisa, fastidiado -. En el registro decía que era una máquina muy extraña que al parecer funcionaba con electricidad.
- No la hicieron funcionar, ¿cierto, caballero? - Giles tenía una sonrisa nerviosa.
- Por supuesto que no - dijo Eren con desdén -. Nuestra empresa solo da una revisión somera para hacer el registro. Pero es evidente que es una máquina única en su género, sea el género que sea. Mire, le propongo algo, llevemos el barco a la oficina central y conversemos con mis jefes. ¿Qué dice?
Giles se sentó nervioso. Revisó unos papeles, rebuscó unos cajones.
- Señor, no tengo toda la noche. Máteme, déjeme regresar o vámonos. Igual mis jefes están enterados del barco, por eso estoy aquí en esta ciudad.
- ¡De acuerdo! ¡He esperado cinco años para esto! ¡Sí, vámonos! - Giles se abrochó el abrigo grande -. Sargento Marco, busque un abrigo para estos caballeros y haga algo por esa cara. Los demás... Espera, tú y tú no. ¿Qué les ha pasado? ¿Esta mujer les ha golpeado tanto? ¡No me importa! ¡Deprisa!
Eren se sentó y cruzó las piernas. Cruzó los brazos, se acarició la barbilla y con el ceño fruncido dijo:
- Señor Giles, el viaje en carreta nos demoró mucho. Supongo que ese barco volador nos demorará menos, pero tendremos que preparar provisiones para doce personas contando a sus hombres. Además un número tan grande de hombres con rostro agresivo podría asustar a mis jefes.
Giles asintió mientras rebuscaba cajones y recogía papeles en una cartera.
- Verá - dijo el alcalde -. No tengo una factura que pruebe que el aparato es de mi propiedad, pero tengo todos los planos que en mi cabeza se han quedado del aparato. Todos aquí dibujados. ¿Servirá como...?
- ¡Por supuesto! ¡Por favor, no se preocupe tanto! ¡Yo sé qué es tratar con delincuentes! Una vez mi cuñado fue asaltado por bandoleros que le quitaron el título de propiedad de su casa. No sabe cómo sufrimos.
Giles sonrió de manera poco interesada y continuó con su tarea. Eren le hizo un gesto a Luc. Shoshana ya había dejado de forcejear contra los dos hombres que la sujetaban.
El Sargento Marco llegó con los abrigos. Luc y Eren se los pusieron y Giles abrió la puerta que daba al barco volador.
- Ustedes tres... Tú también - señaló el alcalde -. ¡Vamos! Los demás, ¡ni una palabra a nadie o hablarán con la horca en el cuello!
La pasarela había sido construida de manera apresurada y crujía con cada paso que daban. A Luc le dio miedo, pero sabía que tenía que seguir con el plan. Hasta que Eren no le dijera hermanito, todavía tenía que ser un ejecutivo de Seguros Confiables y Hermanos. ¡Ni siquiera se apellidaba De Wasilberg!
El viento era fuerte y parecía que los iba a tumbar. Shoshana apenas podía caminar, la habían amarrado con varias sogas de manos y pies, parecía un pingüino.
- ¡¿Y dónde está esa delincuente que nos ha estafado a los dos?! - gritó Eren para hacerse escuchar. Afuera los truenos y explosiones eran más sonoras, sin contar el rugir del viento.
- ¡La capitana Yoina está en el barco! - dijo el alcalde.
Entraron al barco. Bajando las escaleras, Eren le hizo una seña a su hermano. Luc no era idiota, lo habían hecho tantas veces que él ya sabía que tenía que hacer. Eren era un poco tonto, porque su plan tenía una falla, pero allí estaba Luc para salvar el día.
Cuando llegaron a la sala principal vieron en el centro a una niña amordazada y amarrada a una silla. Debajo había un gran charco y muchas pisadas llenas de barro. El sitio olía muy mal, pero no había tiempo que perder. Luc corrió hacia la niña. Ya de cerca vio que era una mujer muy bajita, así que no le dio remordimiento la bofetada que le dio. Luego le gritó:
- ¿¡Así usted nos paga!? ¡Es una estafadora! ¡De seguro nos va a negar! ¡Pero la llevaremos a las autoridades! ¡Ahí la quiero ver que niegue que ha encargado la máquina del señor Giles en el buen recaudo de la empresa Seguros Confiables y Hermanos!
- ¡Basta! - se acercó Giles y comenzó a desatar a Yoina -. Nos llevarás a donde digan los señores. Y sin trucos o esta vez morirás. No me va a costar nada aprender a cómo manejar esta porquería.
- ¡Tan bello que eras como mi trofeo! - dijo al fin la pequeña cuando le quitó la mordaza de la boca. Su voz sonaba como un pato que graznaba -. ¡Ajá! ¿¡Trajiste sólo a Shoshana!? ¡No importa! ¡Suéltala!
Giles sacudió la cabeza y rio.
- ¿Crees que soy idiota?
- ¡No! ¡Creo que eres muy guapo! ¡Y muy malo! Pero yo solita no puedo manejar este barco.
- Diles a mis hombres
- Jaaaa. No - graznó Yoina -. Me voy a demorar mucho.
Giles miró a Eren. El chico se encogió de hombros.
- Suéltenla - suspiró el alcalde.
Cuando estaban por terminar de desamarrar a Shoshana, sucedió algo que asustó mucho a Luc. Él se le había quedado viendo; y además de hermosa, así sometida y sin poder moverse se veía mucho más hermosa a sus ojos, pero cuando pudo levantar los brazos, la mujer tumbó a uno de los hombres de un puñetazo y luego de quitarse la mordaza lanzó un grito que bien podía haber sido una explosión:
- ¡Traidores! ¡Malditos! ¡Van a morir!
Lanzó una patada a otro de los hombres y Eren gritó:
- ¡Son cinco! ¡Dijiste que podías contra seis! ¿No entiendes?
- ¡Shoshana! ¡No les hagas daño! - gritó Yoina, luego se dirigió a Luc - ¡Golpeas como niña! ¡Quiero decir, como una niña más pequeña que yo! ¡Si yo fuera una niña!
Giles montó en cólera y sacó la espada. Los otros dos hombres también hicieron lo mismo y se lanzaron contra Shoshana. La enorme y bella mujer les quitó la espada a cada uno de los que estaban en el piso y contraatacó. Yoina se escabulló, se acercó a Luc y le dijo:
- Buen plan, idiota. Pero Giles Copswaft vale por seis. Felizmente me tienen a mí. ¡Dejarme amarrada aquí! ¡Ja! Vayan a cada lado y busquen una palanca roja. Cuando grite tiren de ella fuerte. Están por matar a Shoshana.
Luc y Eren corrieron esquivando las espadas hacia las paredes del salón.
- ¡Shoshana, al suelo! - gritó Yoina.
Los tres accionaron las palancas y varios chorros de vapor salieron de todos lados hacia el centro del salón. Los tres hombres gritaron de dolor.
- ¡Sujétense! - volvió a gritar Yoina. El barco se ladeó y los hombres cayeron a un lado. Luc vio como Yoina subía las escaleras hacia la cubierta. Corrió hacia Eren y le dio un bofetón para que haga lo mismo. Ambos subieron de prisa y cuando buscaban algo para tapar la escalera apareció Shoshana con varios cortes en el cuerpo y muy agitada.
Shoshana saltó y corrió hacia ellos. Luc y Eren estaban asustados y el barco se estremecía con más furia. La pasarela que conectaba a la gran torre se había quebrado y estaban dando varios choques contra las murallas de piedra de la estructura. Los cinco hombres subieron. Corrieron gritando hacia Shoshana.
- ¡Amárrense con algo! - la voz de Yoina era reconocible, pero ya no se sabía de donde venía. No importaba. La alta mujer los cargó a ambos y se lanzaron dentro del castillo del barco. Cerró la puerta y el barco giró. Los tres dieron vueltas dándose contra cada pared donde estaban, chocando contra ollas, platos y alguno que otro mueble pequeño.
Cuando Luc se acercó a la ventana, vio que el barco se había descolgado de un lado y estaba volando con el borde izquierdo mirando hacia el suelo y el borde derecho hacia el enorme globo que lo sostenía. Todos los hombres se habían caído, excepto por el alcalde Giles, que se balanceaba de una soga que había encontrado y se lanzaba hacia la pasarela que unía a su torre.
- ¡Shoshana! - gritó Yoina afuera.
La mujer salió despedida del castillo. Luc vio cómo se agarraba de las sogas y las maderas salientes para llegar hasta Yoina que gritaba y gritaba. Cuando la bella Shoshana acercó una soga a una rueda medio extraña el barco se enderezó y arrancó.
Cuando salieron a cubierta, Luc y Eren miraron desde la borda del barco volador, como su antigua vida se alejaba.