Es el año 2288. El edificio Dominique queda en el centro empresarial de Villa Colton, en el distrito de Riasondis. A pesar de no ser uno de los más grandes, ni de los más lujosos, de él salen de a pocos empleados muy bien vestidos. Las mujeres llevan tacos altos y los hombres peinados estilizados.
"Buenas tardes", "Adiós", "Hasta luego", "Que le vaya bien" son frases preparadas que repiten los tres guardias de seguridad de la entrada del edificio.
El que está parado al lado de la puerta (unos grandes portones de vidrio adornados por un marco con diseño victoriano) supera el metro noventa, es escuálido y su peinado es un esfuerzo imposible para tapar la calvicie.
El otro está en el mostrador, que está a varios metros del guardia flaco, y es exageradamente panzón, tiene el rostro rechoncho como el de un niño gordo y los brazos flacos como los de su compañero.
El tercero está fuera de la puerta, mide metro ochenta, tiene la piel cobriza, el bigote crecido pero ralo y el cabello muy ordenado. Tiene el rostro de un viejo, pero el cuerpo de un atleta muy bien entrenado. El carné que lleva lo identifica como Zolte Saiaca.
Zolte mira a través del vidrio la pared con el holograma del Guernica y la hora incrustada a un lado. Hace un gesto al guardia flaco y entra apurado a las duchas de los guardias. El otro hombre ocupa su lugar.
—Por fin Carlitos. Ya son las 6:30. ¡Me voy, me voy!—dice Zolte mientras se va. Tiene la voz fuerte y aguardentosa.
—¡¿Apurado por salir?!—dice el guardia panzón que está en el mostrador—¡Seguro te vas con la otra! Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Ese Zolte...
—¡Oye Carlitos, yo soy fiel! ¡Tú no sabes lo que vale esa mujer para mí!—dice Zolte pasándose el dedo por su nariz ganchuda y chueca.
—¡’Ta bien! ¡’Ta bien! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
Zolte se mete al baño de los vigilantes. Se da un duchazo. Se cambia y sale con un maletín de viaje. Se despide de los vigilantes de la puerta. Camina un trecho para llegar al paradero.
Al paradero llega un MMB[1], muy pequeño; apenas si la gente podía ir sentada. De la puerta del MMB cuelga un tipo que grita la ruta por donde va:
—¡Tierra Santa! ¡Avenida Oasdos!...
Zolte sube al MMB, se sienta de manera aburrida, apretado debido a su tremendo tamaño, entre un viejo calvo con una nariz terminada en una bola de granos rojos a punto de estallar y una señora de unos sesenta años dormida con la boca abierta.
Anochece.
El MMB pasa por una solitaria carretera flanqueada por ruinas de grandes edificios derrumbados. Habría una oscuridad total de no ser por la iluminación que la carretera emana. El hombre que se cuelga de la puerta cobra pasajes a todos.
—¡Baja en el desierto!—le dice Zolte al cobrador.
—¡Desieeerto!—grita el cobrador con una voz mucho más aguardentosa que la de Zolte y con medio cuerpo por fuera del MMB.
Zolte se baja, a lo lejos hay algunas luces que alumbran, mientras que las luces del MMB, que se va, se ven pequeñas en el fondo de la carretera. Las luces de los bloques de energía del piso de la carretera le dan un aspecto tétrico al lugar.
Camina una media hora entre las arenas del desierto y luego baja su maletín. Se asegura que no haya nadie cerca. Allí saca: un pantalón negro lleno de bolsillos, unas botas militares, un chaleco protector contra ráfagas de partículas, pintado con una silueta de un ojo, unos mitones de cuero negro, un cinturón para armas, dos féizers oxidados, un cuchillo militar, unos cuantos cubos de metal oxidado del tamaño de la palma de una mano, un par de brazaletes con botones digitales, una bolsa negra grande y una máscara de cuero blanco con una silueta negra de un ojo dibujada en la frente.
Se pone todo, deja su ropa de cambio en su maletín y todo lo mete en la bolsa, la cierra y luego la entierra. "En fin ", piensa. "Hoy es... un día normal".
Zolte regresa a la carretera y espera un buen rato a que pase otro MMB.
Pasa otro MMB que se detiene ante la señal que la negra silueta de Zolte hace. Una vez la luz interna del móvil alumbra al enmascarado, ni el chofer, ni el cobrador se inmutan. "A estos tipos no les interesa quien suba. Con tal de que pague puede subir el mismísimo demonio" piensa Zolte mientras sube al minibús.
Zolte sube, el móvil está medio lleno de gente, pero nadie se asusta. Incluso un niño se emociona.
—¡Mira mamá! ¡Es él! ¡Es ojitos!
"Tantos años luchando por respeto y sólo tengo un apodo ridículo" piensa Zolte.
—¡Cállate y siéntate bien!—dice la madre que lo tiene cargado.
—Kima hasta la curva del diablo.—dice Zolte dándole una moneda al cobrador.
El cobrador es un flaco cachetón con un peinado afro y unos ojos soñolientos. Recibe la moneda y no dice nada.
Zolte se baja en una zona muy pobre. Detrás de él hay edificios derruidos con varias grietas y huellas de bombas en ellos. Hay varias casitas de cemento muy humildes al lado de los edificios viejos. Se oyen los ladridos de un perro lejano. Como a una cuadra de Zolte ve un grupo de pandilleros, cuenta treinta, todos muy inquietos.
"Los 'De la Cuarta', llevan semanas intentando pelearse con los 'Rojos' porque un Rojo besó a la hermana de uno de los De la Cuarta. Y siempre son solo intentos", piensa Zolte a medida que avanza hacia los pandilleros.
—¡Monireen! ¡Ahí está ese dikemare de Ojitos! ¡Vamos a sacarle la entreputa!—grita el cabecilla chato pero muy robusto, tiene el pelo rojo largo con una cola de caballo amarrada sobre la cabeza. Lleva un machete en la mano.
Zolte camina sin inmutarse. Los pandilleros alistan palos, cuchillos y machetes. Se dirigen hacia él.
Zolte llega a estar en frente de todos. "Sí, son treinta" piensa. Los muchachos se agrupan cerrando filas enfrente a él. El cabecilla se adelanta y señala a Zolte mientras dice:
—Oye...
El pandillero no puede terminar lo que va a decir por un puñetazo en la nariz, seguido de un gigantesco chorro de sangre de su nariz destruida. Otros cinco se lanzan sobre Zolte. Este los esquiva y, jalándole el brazo con un movimiento de aikido, hace que uno se estrelle de cara contra el piso. Con los brazos extendidos les da en la garganta a otros dos. Luego; mientras que los tres se revuelcan en el suelo, de dolor; derriba a otro de una patada en la cara. Noquea al último saltando sobre él y lanzándole una patada en la nuca.
—¡Carajo!—dice Zolte asustado al ver una lluvia de piedras cayendo sobre él.
Zolte a duras penas esquiva las piedras y corre, de manera risible, por la avenida hacia un pasaje. Mientras dice:
—¡Cunchesumare! ¡Cunchesumare!
—¡Bakaka! ¡Tú y Tintín vayan por ese otro lado y le hacemos la camita a ese dikemare!—grita un chico que no aparenta más de diecisiete años.
Zolte llega, corriendo, al pasaje y se trepa sin ningún problema por el muro de la casita que estaba en la esquina entre el pasaje y la avenida. Se encoge en el filo del muro.
Llegan quince pandilleros a la esquina y se amontonan al ver que no encuentran a Ojitos.
Zolte se lanza desde el techo de la casa y aplasta a dos pandilleros. "Botas de punta de acero versus costillas, ganan las botas" piensa Zolte. Todo el tumulto se lanza sobre él, pero cada uno de los pandilleros recibe un puñetazo o una patada.
A pesar de ser un hombre muy grande Zolte se mueve muy rápido. Dos de los muchachos están detrás de Zolte a punto de apalearlo con garrotes envueltos en alambres. Sin siquiera verlos Zolte se agacha en el momento exacto, agarrando la cabeza deforme de un chico mutante y estrellándola contra el piso.
En cuclillas se impulsa con sus manos y con ambas piernas lanza una patada doble, como si fuera un caballo, a los dos que tenían garrotes.
Les quita ambas armas y las lanza contra dos muchachos que están con machetes y el torso descubierto. Ambos quedan tendidos en el piso, con el pecho rojo y con varios puntos sanguinolentos.
Cinco muchachos armados con palos y machetes cargan, gritando, contra él. Su grito de batalla se apaga cuando Zolte salta sobre ellos y de una patada, con la pantorrilla, golpea la cabeza de uno que se estrella contra la cabeza de otro. Zolte cae y ni bien toca el piso con las manos, de una patada, le parte la pierna a uno que está de pie; en el transcurso derriba a otros dos. Salta sobre ellos y cae con los puños directo a los delgados, en comparación con él, brazos de los muchachos, rompiéndoselos.
"Siempre es lo mismo, están ahí detrás cagándose de miedo", piensa Zolte mientras se levanta con cautela.
Se gira y los ve. No tendrían más de quince años. Tiemblan en sus ropas excesivamente holgadas y no tienen más armas que un par de piedras del tamaño de un puño. Corren hacia él con la cabeza hacia atrás y las piedras en alto, pero Zolte llega a ellos tan rápido que no pueden reaccionar cuando les estrella las cabezas el uno contra el otro.
Sólo cuando esos últimos tipos caen, Zolte ve al único pandillero de pie: un niño, de no más de diez años. Está en frente de él mirándolo con la boca abierta y los ojos saltones. "El chico tiene frente a él a un gigantesco tipo enmascarado con un montón de pandilleros quejándose en el suelo detrás de él."
El niño intenta huir, pero Zolte lo atrapa del cuello de la camiseta.
—¡¿Qué carajos andas haciendo lanzando piedras?! ¡¿Ah?!
Zolte coge a un pandillero, desmayado, del cabello. Le sacude la cabeza rápido y de mala manera, escuchándose varios crujidos. "Adoro el sonido del crujir del cuero cabelludo" piensa Zolte sonriendo debajo de la máscara.
—¡Escúchame bien mocoso de mierda! ¡Si te vuelvo a ver por aquí o con estas basuras, esto te espera!
Suelta al niño que huye de inmediato.
"14 y un niño de 10 años. Aquí podría usar los féizers, las bombas, matarlos a todos..." piensa Zolte mientras cogía un palo de los pandilleros.
Los pandilleros restantes llegan y se cargan contra Zolte. Él reparte palazos y patadas por doquier. No le toma mucho tiempo dejar fuera de combate a todos. "Diez narices rotas, siete quijadas partidas diez brazos rotos, cuatro costillas rotas. Me estoy haciendo viejo".
Zolte saca uno de sus cubos oxidados y lo toca por un lado. El cubo se queja varias veces antes de lanzar un pitido final, casi un estertor. Zolte habla a través del cubo:
—Un buen ciudadano denuncia que en el pasaje Pacífico hay 29 pandilleros que han tenido una trifulca.
Zolte se aleja caminando.
Tres tipos están descuartizando un móvil frente a una casita. Zolte se acerca, con los brazos a un lado y la cabeza hacia adelante. Uno de los tipos se da cuenta y lo enfrenta.
—¡Qué chucha quieres aquí! ¡Anda no...!
El ladrón no puede terminar la frase debido un palazo en el estómago. Zolte salta hacia los otros dos, mientras deja al primero vomitando. Lanza otro palazo al hombro de uno mientras que el último escapa despavorido. Zolte rompe el vidrio lateral del móvil con la cabeza del que tenía aprisionado.
Dentro de la casita el dueño sale asustado. Ya había escuchado los ruidos de los delincuentes, pero sólo se había decidido a abrir la puerta, extrañado, porque alguien había tocado con suavidad a su puerta. Encuentra al pie de su puerta a los dos ladrones amarrados con su ropa, hecha harapos, y una nota en un pedazo de plástico que dice:
"ESTO NO ES UNA BROMA. Denuncia a estos dos por robo, olvídalo si quieres, pero no te gustará cómo dejaron tu móvil. Firma: Un buen ciudadano"
El hombre levanta la mirada para ver cómo llegan los liciaps.
Un estudiante aterrorizado camina por una de las avenidas de ese mísero lugar. El chico está siendo seguido por dos hombres que están a cincuenta metros detrás de él. Los tres caminan en sincronía. La víctima acelera el paso y sus perseguidores también. El muchacho jadea y aprieta su maletín contra su pecho, gira la cabeza hacia atrás y ve las dos sombras que se acercan, veloces, hacia él.
El chico comienza a correr, lanzando un quejido de desesperación. Cruza un pequeño y oscuro pasaje, tan asustado que no ve al enmascarado escondido entre las sombras.
Cuando pasan los dos asaltantes, uno cae por un golpe en la garganta. El otro hombre huye por otro pasaje cruzando la calle. El estudiante aún corre sin saber que ha pasado.
Luego de un buen rato Zolte está agachado agarrándose las rodillas con las manos, jadeando de cansancio. A su lado está el asaltante que huyó, lleno de moretones y despatarrado en el piso.
—Eso fue por hacerme correr tanto, desgraciado.
Zolte saca el cubo oxidado y luego del ritual de los quejidos del aparato y el pitido, dice:
—El buen ciudadano reporta un asaltante en la cuadra tres del pasaje Los Santos Reyes.
Zolte regresa al paradero donde se bajó al inicio. Camina en la soledad de la noche hasta el lugar donde dejó su maletín, lo desentierra y se cambia. Saca un destartalado reloj digital de pulsera sin correa y con la pantalla quebrada, pero aún funciona. Son las tres de la mañana.
—¡Ah! Si tengo suerte pasará un MMB.
Zolte camina al lado de la carretera, pero no pasa ni un alma. Llega al paradero donde apaleó a los treinta pandilleros. "Todo están tan tranquilo. Da la impresión que nunca ha pasado nada por aquí". Camina hasta un pasaje entre edificios abandonados y llega a una casita. Abre la puerta con su tarjeta.
Zolte camina a través de su sala al lado de varios cuadros con fotos grandes de él con uniforme verde oliva ("Al mejor liciap del año 2256"); otras fotos de él con un uniforme táctico militar, pantalones negros y una chaqueta verde cazador ("Cadete Saiaca, Rinomax de rango verde"); de su esposa, de su hija y de los tres juntos. Su esposa tiene grandes ojos negros, las facciones muy delicadas, la piel canela clara y el cabello negro muy crespo. Su hija es regordeta, con el cabello muy lacio, los ojos pequeños como botones y una sonrisa gigantesca.
Zolte ve en la mesita (tan pequeña que bien podría ser sólo para dos) del medio de la sala su plato de comida, tapado con un trapo. Come solo. Luego se acuesta junto a su esposa.
—¿Qué tal te fue amor?—dice soñolienta su esposa.
—Cansado Lili, como siempre.
Amanece. La hija de cuatro años de Zolte le despierta jalándole el bigote.
—¡Papá despierta! ¡Ya es tarde!
—¿Qué hora es?—dice Zolte soñoliento.
La hija de Zolte miró a un pequeño reloj analógico colgado en la pared de la sala (la casa sólo tenía dos pequeños cuartos, desde donde fácilmente se veía la sala).
—Ahhh... Son... Mamá, ¿qué hora es?
—Las siete y media hija. Zoltito, amor, voy a tender la ropa, tu desayuno está en la mesa. Me ayudas cuando termines. ¿Ya?
Zolte despega un ojo, levanta la cabeza despeinada y se apoya en el brazo izquierdo. Sólo dice "Mju" antes de caer dormido otra vez. Su hija le está jalando los bigotes.
Zolte toma su desayuno, solo, sentado en la misma mesita. Su hija grita, canta y corretea de un lado a otro. Zolte termina de desayunar y le dice a su hija:
—¡Listo! ¡Ahora, Palomita! ¡Los ejercicios!
—¡Siiii!
Zolte hace flexiones de pecho al lado de su mesita con su hija sentada sobre su espalda durante casi una hora. Luego sube a la niña en sus hombros y camina como pato por toda la sala graznando y moviendo sus brazos como alas. Su hija ríe y grita. Cada cierto tiempo salta en cuclillas con su hija a los hombros o caminaba como un lagarto. En cada cambio su hija vitorea: "¡Papá! ¡Viva Papá!" y salta sobre él.
Cuando Zolte era un perro monstruo que saltaba de un lado a otro y su hija era una vaquera espacial, llega su esposa.
—¿Qué paso? Te estuve esperando...
—Lo siento amorcito, me entretuve haciendo ejercicios.—dice Zolte con una cara estúpida de culpabilidad, como un cachorro reprendido.
—¡Siempre es lo mismo! ¡Si no estás haciendo ejercicio sales a la calle de la nada! ¡Nunca ayudas!
—Pero amor... No entiendes... Me acuesto tarde, y no me queda tiempo...
—¿¡No entiendo qué!? ¡Zolte Saiaca! ¿¡Que de las pocas veces que puedes estar en casa haces ejercicio!? ¿Que yo no sé con quién diablos saldrás cuando sales de la nada en la mañana?
—Ya es tarde, me tengo que ir.—dice Zolte mirando al piso y apretando los labios.—Ayer llegué a las once y cinco y me llamaron la atención.
Zolte salió cargando su gran maletín, vestido con su uniforme de vigilante, y con la cabeza gacha.
Esa misma noche Zolte se baja del MMB en el mismo paradero y camina en dirección diferente a la del día anterior.
Cuando Zolte llega al barrio, ve una casita en la avenida con un borracho que patea de forma descontrolada la puerta. La casa esta hecha en parte de cemento, en parte con planchas gruesas de plástico y en otra parte con planchas de metal.
"El alcohol: la droga que el hombre tacha y que el hombre idolatra, puede destruir personas. Lo sé por experiencia." piensa Zolte.
—¡Ujer! ¡Ágreme la kuerta!—repite el borracho cada vez que patea la puerta—¡Estoysh esperando! ¡U....!
Una mano cogió de los cabellos al borracho y no le deja terminar la frase. El borracho cae de espaldas poniendo una cara de chimpancé besucón. Zolte le pone un cuchillo en el cuello.
—Sabes quién soy ¿No?—Zolte agravó su voz aguardentosa.
—Eshpera, eshpera.—borracho tiene una sonrisa de oreja a oreja y los ojos entrecerrados—¿Eresh oshitosh no?
"Odio ese apodo", Zolte le pega un puñetazo.
—¡Escúchame bien hijo de perra! ¡Mañana voy a pasar por aquí otra vez, y si te veo borracho aquí o escucho que le gritas o le pegas a tu mujer—le pone un cuchillo en la cara—, te saco la lengua de mierda que tienes allí!
El borracho, con la nariz rota, asiente asustado. El miedo parece que le ha borrado cualquier rastro de borrachera.
Unos liciaps están parados al lado de su móvil. Los dos deben tener treinta y tantos, tienen rostros muy duros, pero cansados. El de bigotes está comiendo una hamburguesa y el panzón está tomando agua de una botella de plástico. El móvil está estacionado en el cuartel de las Fuerzas Liciaps de la zona.
Dentro del móvil se oye una comunicación:
—Un buen ciudadano denuncia que en la cuadra dos de Caralimpia hay 3 asaltantes.
—¡Vaya! ¡Esta vez Ojitos rompió su record! ¡Once por noche!—dice el gordo.
—Debe estar molesto.—dice el del bigote, unas cremas se cayeron sobre su uniforme—Llevemos una ambulancia, su antiguo record casi lo mancha con una muerte. Pero me parece que el desgraciado es tan bueno que sabía que no lo iba a matar.
Zolte camina toda la madrugada. La noche esta muy callada. Zolte regresa al paradero "Desierto" donde siempre se baja.
Amanece.
El sonido del videófono despierta a Zolte. Soñoliento, pero de pie, ve a su mujer contestando el videófono. Zolte se cae contra la cama. Eran las seis de la mañana.
—¿Y Palomita?—dice Zolte sin abrir los ojos.
—Durmiendo, ya vuelvo—dice Liliana
—¿Y quién era?—dice Zolte abriendo un ojo, apoyado sobre sus brazos, mirando a su esposa.
—¡Ah! Número equivocado.
Zolte cae en la cama de cara, como si hubiera recibido un puñetazo en lo profundo del alma.
"¡¿Apurado por salir?! ¡Seguro te vas con la otra! Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja", la cara de su amigo Carlitos se torna demasiado burlona en la mente de Zolte.
Zolte cierra los ojos, pero le despierta el llanto de su hija. Zolte la carga y se asoma por la ventana.
—¿Dónde estará Liliana?
Desde su ventana ve tres hombres parados al final del pasaje. Un anciano va en esa dirección.
—¿Dónde está tu mamá, hijita? Ya... Ya no llores... Ya no llores...
Zolte, con su hija en brazos corre hacia su maletín, saca su intercomunicador y llama a los liciaps.
—¿Aló? ¿Con la Fuerza Liciap?
—Sí señor. Por favor, prenda su monitor.
—¿Qué? ¡En el pasaje Pacífico hay tres asaltantes!
—¿Dónde vive señor? Active su video, por favor.
—¡Y eso qué interesa! ¡Están robando!
—Está bien señor, tranquilícese. Enviaremos una unidad enseguida.
—¡Gracias!
Zolte apaga su intercomunicador y se pega a la ventana para ver lo que pasa. Pero su hija llora y no puede ver bien. La ventana es una luna fija en una reja de metal, no se abre. Zolte se gira para cargar a su hija de un lado y mirar el por el otro lado. Por fin ve lo que pasa.
Uno de los tipos tiene una camiseta en las manos y se interpone en el camino del viejo pidiendo que le deje algo. La víctima se niega y quiere rodear al tipo, pero el ladrón vuelve a ponerse frente al anciano y lo lleva a empujones contra la pared. Otro de los delincuentes se lanza contra el viejo y le golpea la cabeza contra el muro. El anciano llega a poner el brazo pero queda muy aturdido. El tercer tipo lo empuja y luego sujeta del cuello por detrás mientras los otros dos le rebuscan. El viejo toca, desesperado, el brazo que lo ahorca y a cambio recibe un puñetazo en el estómago y en la sien.
El reloj marca las seis y cuarto. Zolte ve a través de su ventana como los tres delincuentes huyen.
—Ya no llores hijita... ya no llores.
El reloj marca las seis y media. Llega Liliana. Encuentra a su hija llorando y la recoge de los brazos asustados de Zolte. Le da un biberón.
—¿¡Dónde estabas!?—dice Zolte.
—¡Shh! Estaba en la tienda, Palomita se levanta temprano y tiene hambre temprano.
—Pero, ¡¿Tanto te demoraste?! ¡¿Qué puedo pensar?! ¿¡Sales así de la nada luego de una llamada, dizque equivocada!?
—¡Shhh! ¿Qué querías? ¿Qué me asaltaran esos engendros cuando regresaba? ¡Me tuve que quedar en la tienda, pues!
Zolte quiere decir algo más, pero cierra la boca y abraza a su esposa e hija y dice:
—Lo siento cariño... lo siento...
Liliana se aparta moviendo del hombro.
—¡No! ¡Nada de "lo siento"!—Liliana grita en susurros—¡Me gritas de la nada y encima asustas a Palomita! ¡Además, tú eres el que sales de la nada siempre! ¡Casi ni te veo! ¡No pasas tiempo con nosotros! ¡Conmigo!
—Pero Lili...
—¡Pero este domingo me llega lo que pienses! ¡Zolte Saiaca yo salgo con Palomita a la playa! ¡No te estoy pidiendo permiso! ¡Te estoy avisando!
Liliana se gira. Pero no espera que Zolte le lance una respuesta tan rápido:
—Está bien.
—¡¿Qué?!
—Que está bien. Vamos a la playa.
Liliana abraza a Zolte. Ambos cierran los ojos y pegan los labios, sonriendo.
—¿Sabes?—le dice Zolte aun abrazándola—Leí por ahí que antes las playas no tenían sol ni arena artificiales. La gente iba a la costa y el agua de la playa era el mar.
—¿¡Así!? ¡Pero se quemarían! ¿Qué no tendrían enfermedades?
—Ah, no sé. Aunque creo que antes el sol no hacía daño en la playa. Bueno eso creo, porque las enfermedades de la piel habían ya desde hace trescientos años.
—¿Cómo habrá sido? ¿No?—dice Liliana poniendo la cara de un niño de primaria que le explican cálculo integral—Gente yendo a playas naturales, todas contaminadas. Seguro que antes no era así ¿No?
—No sé. Lo único que sé es que pasado mañana vamos a divertirnos.
Liliana levanta la mano libre, mira al cielo y dice:
—¡Al fin!
—Son las 7 y media...—dice Zolte—creo que voy a....
Zolte se queda dormido de pie. Liliana sonríe y lo besa.
Esa noche el enmascarado se baja de un MMB en el paradero "Desierto". Camina disfrazado de "Ojitos" por la misma calle de la casa del borracho del día anterior. Pasa por su casa. De la casa se escuchan gritos de mujer. Él toca la puerta.
Una voz de mujer contesta desde dentro:
—¿Si?
Toca otra vez. La mujer abre un poquito. Lo suficiente para ver su cara hecha añicos. Tiene un ojo entrecerrado, muy hinchado y negro. La nariz chorreando un hilo de sangre encostrada. Zolte abre la puerta a la fuerza. Encuentra al mismo borracho, con la camisa desabotonada, sucio, con el cabello desordenado y duro, la mirada perdida, baba cayendo de su boca y con un palo en la mano. Zolte se mete a empellones a la casa y cogiéndolo de la camisa lo lanza a la calle.
Se sube sobre el borracho, saca su cuchillo y se lo pone al cuello. Luego le rompe un pedazo de camisa y forcejea con él mientras le abre la boca. Coge su lengua con el pedazo de tela rota. El hombre tiene una enorme nariz llena de granos purulentos a punto de estallar, los ojos pequeños y achinados debido al alcohol; rompe a llorar y ruega:
—¡Ajkera! ¡ajkera! ¡jengo injorgación! ¡jor jajor!
—¡¿Qué puede ser?!—dice Zolte con asco.
Zolte duda un momento y saca la mano de la boca del borracho.
—Es importante—dice el borracho ahogándose en lágrimas—. Es el gran evento. ¡Este domingo los Omegas se van a pelear a muerte con las Águilas y la misma Syndical les va a vender armas nuevecitas! ¡El domingo va a ser zona de guerra aquí!
Zolte se para. Mira con asco al tipo con la cara llena de barro y lágrimas.
Aprieta un puño y le pisa los testículos. Le da una vuelta, escupe y le patea repetidas veces en la espalda, en el estómago y en el pecho. "Tres costillas rotas", piensa antes de partirle el brazo de una patada.
Zolte está en una cabina de comunicación personal.
—Morloc, necesito que me confirmes una información. Te veo dentro de una hora. ¿Está bien?
A la cabina se acercan dos hombres. Zolte sale de la cabina y ellos, como zombis que deambulan sin motivo, se le pegan e intentan robarle.
"Casi sobredosis", piensa Zolte mirándolos.
Les estrella las cabezas uno contra el otro. De una barrida manda al suelo a uno y al otro le rompe la nariz de un puñetazo. El tipo cae de espaldas como si fuera un muñeco de madera. El otro se levanta con la mirada perdida, pero Zolte lo derriba de una patada en la boca. El de la nariz rota se pone de pie. Zolte lo coge por la cabeza y lo estrella contra la cabina de vidrio.
Zolte les quita las zapatillas, las rellena con pedazos de vidrio y luego vuelve a ponérselas. Luego saca su intercomunicador.
—El buen ciudadano denuncia vandalismo de parte de dos asaltantes en el cruce de la avenida Santidad y Horizonte.
Zolte llega a una casa hecha de metal oxidado. La fachada parece armada con pedazos de motor, brazos hidráulicos, pantallas rotas, ruedas y corazas de metal. Zolte toca la puerta tres veces. Luego mete un pedazo de plástico (con algo escrito) por debajo de la puerta. Un viejo bajo, calvo, rechoncho, sucio como un mecánico y con la nariz del tamaño de una pelota de golf, abre la puerta.
—Entra Ojitos—dice el viejo. Tiene una voz muy apagada, parece la voz de un enfermo de los pulmones.
Zolte suspira, entra en la casa y dice:
—¿Qué sabes de la guerra del domingo?
El viejo le pasa cojeando, muy lento, por su lado.
—¿Siquiera siéntate no? ¿Qué tal te va con el Llama-Liciaps? Ja, ja, ja, lo encontré en el Centro Tacora. Indetectable y siempre infalible. Ja, ja, ja, ja. ¿Usaste las minas antipersonales?
—¡¿La guerra?!—dice Zolte, impaciente. Debajo de su máscara se podía ver que estaba molesto y su voz aguardentosa también lo denotaba.
—¡Ah sí! Parece que los Omega quieren una pelea con las Águilas. Y la Syndical se ha contactado con ambos, y parece que va a ser auspiciador del encuentro. Pero sin armas no va a haber nada. Como sabes, son muy vagos y el barrio de cada uno está lejos, sus aliados de por aquí son pocos (aparte que les sacas la mierda todas las noches) así que esperarán a enterarse del cargamento. Casi todos quieren una excusa para no venir. Así que si no hay armas no hay guerra.
—Y ¿Cómo? y ¿Dónde va a llegar el cargamento?
—Eso es lo más peligroso. El cargamento llega aquí, va a pasar por las dos zonas pero será aquí la repartición. Esto va a ser un desastre. Llegará en uno de esos móviles de estrellitas. Será fácilmente reconocible. Como siempre los liciaps no harán nada. La Syndical es muy drástica con sus enemigos.
—Gracias Morloc. Dame de esos chalecos ultra-resistentes y esos Abretesésamo.
Morloc va a la trastienda. De un armario destartalado saca un chaleco, más voluminoso que el de Zolte, y una cajita de metal de unos veinte centímetros. Llega donde Zolte y le muestra el chaleco. Agita la cajita de metal. De la caja de metal se oye un "clac, clac" de otras cosas metálicas dentro.
El viejo le da las cosas y le pregunta:
—¿Vas a ir?
—Claro. Es el Gran E-ven-to. De-bo estar presente.
Ambos charlan un rato más y luego Zolte sale de la casucha de vuelta a recoger sus cosas y llegar a su casa. Ya en casa, encuentra su comida tapada con un trapo y come como siempre, solo en su mesita.
Amanece y su esposa está sobre él en la cama.
—Hola dormilón. Tu desayuno está servido.
—Gracias amor—dice Zolte medio dormido.
Liliana se sienta con Zolte en la pequeña mesita de su pequeña sala. Palomita, su hija, corre por todos lados. Liliana apoya la cara en sus manos y lo mira con una gran sonrisa.
—Pensé que nunca estaríamos así. Mañana iremos a la playa ¿No?
Zolte suelta la cuchara. Se para y dice:
—Debo tomar agua.
—No me contestaste—Liliana conserva la sonrisa, pero ya no es felicidad lo que tiene en el rostro.
Zolte le da la espalda. Sus lágrimas se mezclan con el agua que toma.
—Ya lo entiendo.—dice Liliana colérica—¿Te salió? ¿Te salió otra vez por arte de magia otra chambita que te ocupa todo el día?
La pequeña Paloma detiene su juego para ver a su madre huir hacia su cuarto y a su padre, parado, dándole la espalda.
Llega el día domingo. Un móvil-contenedor con estrellas en los lados se detiene por el tráfico. El móvil parece un escarabajo pelotero con su bola de estiércol.
"Sólo hay una carretera para llegar a mi territorio. Domingo siempre hay tráfico, las playas quedan de camino." piensa Zolte caminando hacia el móvil. Zolte esta disfrazado de vagabundo. Uno muy gordo, maloliente, envuelto en plástico y ropa negra de suciedad. Además, es un vagabundo muy alto.
"Sólo los móviles particulares están permitidos volar, los de transporte urbano y de carga tienen que mantenerse a ras del suelo y respetar los pases peatonales". Zolte se acerca por el lado de los peatones. Saca la caja metálica y extrae de su interior un pequeño aparato del tamaño de una hebilla de cinturón.
"Los abretesésamo son uno de los mejores inventos creados por los ladrones para los ladrones. Siempre te abren cualquier puerta de cualquier móvil. Hasta ahora no pueden detectar como evitar su algoritmo." Zolte pega el aparatito al lado de la puerta del móvil y presiona los botones que tiene el dispositivo.
El chofer del móvil se gira hacia el asiento del copiloto al oír algo raro. En efecto había algo raro: un enorme y apestoso vagabundo con un enorme cuchillo amenazándolo:
—Ya sabes choche. Bájate nomás.
Zolte maneja el escarabajo pelotero y lanza a la calle su ropa de vagabundo. Mientras maneja recuerda, como él estuvo sentado en un móvil grande también, pero de lujo y en la parte trasera. "Ah, el año 2280", piensa Zolte. Prende el aparato de radio, suena una canción de esa época.
Escucha el sonido del saxofón, el piano, la guitarra y la voz del cantante. Todo le hace recordar como estaba con muchas mujeres dentro del móvil de lujo, con bebidas a disposición, en el suelo, en su mano, en la mano de las chicas y con drogas, muchas drogas.
Zolte estaba con tres chicas, una de ellas estaba sobre sus piernas, mientras las otras dos estaban abrazadas a él. Las chicas sólo vestían una tanga y él estaba en calzoncillos. Todos estaban bañados en licor. Las líneas de droga estaban en la mesita frente a ellos semi-inhaladas y las pastillas junto a las jeringas estaban regadas por doquier. Cuando tomaba del pico de una botella y con la otra masturbaba a la que estaba sobre sus piernas se había prendido un holotransmisor. Se veía la imagen de dos hombres uniformados como la fotografía que tiene Zolte colgado en su sala, la fotografía de Rinomax.
—Zolte, prende la puta visión—le decía el hombre de chaqueta azul zafiro. El hombre tenía el cabello celeste, sus ojos eran grandes y de un gris muy apagado. Tenía la piel de un canela muy intenso—¿Dónde estás desgraciado? ¡Se supone que somos un equipo de tres! ¡No de uno!
—Zolte, imbécil, por tu culpa casi perdemos la misión. Casi nos matan.—decía el otro tipo, de chaqueta color plata. Era blanco, tenía el cabello marrón, muy corto. Era más corpulento y más alto que Zolte.—¡Solo un retrasado mental como tú iría borracho de tres días a una misión!
—Oigan mushashos... ¿Dónde están? Yo iré por ustedesh...
—En mi casa, que después de todo no podemos conversar en la oficina así—decía el de la chaqueta zafiro.
En ese momento había habilitado la visión del holograma. Del otro lado seguro que los dos rinomax veían dos tetas tridimensionales con una lengua pasándo por todos lados.
—¡Ok!—gritaba Zolte.
El tipo de celeste le había abierto la puerta. Los dos rinomax le estaban esperando en una sala muy grande y lujosa; estaban sentados, lejos, en unos sillones de cuero muy brillante. El más musculoso se lanzó sobre Zolte. Los tipos eran muy rápidos. La pared detrás de ellos tenía un holograma de la pintura "Los tres músicos" de Picasso y a un lado estaba en grandes números y letras holográficas la fecha: "11:30 am, 15/01/2280". Y luego, cuando estaba parado en la puerta abierta con la botella en la mano ya estaba esquivando al musculoso y lo derribaba contra la pared del pasillo.
—¡Conchatumadre!—le decía el de cabello celeste mientras se le lanzaba.
Zolte lo recibía con una patada en la cara. Chupaba del pico de la botella de licor que tenía en la mano y luego le escupía. Tiraba la botella media vacía al sofá y masacraba al de la chaqueta zafiro a puñetazos. Por instinto, se había girado, pero el licor lo había hecho tan lento que había recibido una patada en la espalda por parte del musculoso de chaqueta plateada. Zolte caía sobre una mesa de vidrio. Con el rostro bañado en sangre cogía una parte de la mesa y se acercaba al que lo había pateado. El hombre de la chaqueta de color plata se lanzaba sobre él, pero Zolte lo evitaba y le cortaba por el costado. Luego lo barría y le cortaba el interior del muslo. Soltaba el vidrio y pateaba la cara del tipo. Le había hecho una llave a su pierna cortada. El hombre gritaba de dolor hasta desmayarse. Zolte cogía su botella en el charco de licor sobre el sofá y había ido por el otro. Levantaba al hombre del cuello de su chaqueta zafiro.
—¿Lo ven mocososh? Hashta ebrio shoy infinitamente mejorsh que ushtedesh.—recordaba que le había dicho eso y que luego le había escupido en la cara—Yo puedo hacer lo que quiera. ¡Por esho shoy el de rango verde! ¡Shi quiero llevo a mis projtitutash a la mishión y aún ashí acabaría con cualquier imbéshil!
Zolte lo soltaba y bebía. Se disponía a salir. Otra vez sus instintos le habían hecho girar, con la botella aún en su boca.
Ahí estaba el hombre de cabello celeste, con la cara hecha carne molida. Se arrastraba y levantaba el torso con los codos, su cabeza se erguía como cuando un bebé recién nacido lo intenta por primera vez. Zolte recordaba como hablaba con la boca sanguinolenta:
—Todo lo que quieras... ¿Pero sabes qué? ¡Era la última misión! Ja, ja, ja, ja ¡Ya pasaron tres años, imbécil! ¡Y ya no te van a renovar! ¡Adiós a los veintitresmil por mes! Ja, ja, ja, ja. ¿Pero de seguro ahorraste algo no? ¡No creo que a un tipo como tú lo quieran otra vez en el cuerpo liciap! Ja, ja, ja, ja.
Zolte está parado frente a un pozo de ácido. En el pozo se hunde el móvil-contenedor que parece un escarabajo pelotero. Afuera hay una reja rota con un letrero de "PELIGRO DESECHOS TOXICOS. MATERIALES CORROSIVOS". Lleva una bolsa grande en la espalda. Cierra la reja.
Saca una cadena delgada de su bolsillo y amarra las puertas de la reja del pozo de ácido. Al lado hay un parque para niños con juegos oxidados y maltrechos. Camina al lado, mirando hacia el parque vacío. Pasa el parque de juegos absorto en sus pensamientos. Él recuerda cuando una vez también caminó con su esposa, en ese tiempo su enamorada, al lado de un parque para niños.
Zolte recordaba como caminaba de brazo de Liliana, recordaba que ella sonreía y cerraba los ojos y se abrazaba a él. Recordaba como justo, en cuanto la había mirado, sonó su videófono. Recordaba esa como una de las últimas llamadas que recibiría:
—Hola Zoltito, cariñito. ¿Que nunca prendes la visión? Ahorita estoy con unas amigas y tenemos la comidita para darnos un fiestón. ¿Qué dices?
—Número equivocado señor.
Zolte recordaba como colgaba de inmediato.
—¿Qué era, amor?—había preguntado su enamorada, aún con los ojos cerrados y su sonrisa dibujada en su rostro.
—Nada, que siempre se equivocan.
—Seguro que debes tener un número similar con alguien. ¿Por qué nunca prendes la visión?
—¡Ah! Me da vergüenza que sepan que tengo un videófono... Tú sabes, antes solo tenía lo último en holotransmisores.
Zolte recordaba como Liliana se había detenido y lo había mirado como a alguien que había contado un mal chiste, tan mal chiste que daba risa.
—¿Y ahora descubro otra idiotez tuya? No seas tontito. Mira ya vas un año sin drogas ni alcohol, pensé que ya se habían acabado tus defectos.
—Je, je—Zolte recordaba en especial esa risa idiota que le había salido esa vez—Si, ¿es una idiotez no? No sé qué haría sin ti. ¿Te amo sabes? Y si hay ángeles, yo estoy con una...
Liliana se había reído y sonrojado al mismo tiempo.
—Zolte por favor...
—¡No, es en serio! Tú has hecho un milagro. Me devolviste mi salud, me devolviste... ¡Mi alma!
Liliana se pegaba a la boca de Zolte.
—¿Sabes porque lo hice? ¿Recuerdas ese día que nos conocimos?
—Sí, ¡Cómo olvidarlo! Sin dinero, sin amigos, sin trabajo, ¡Sobrio!
—Eso, sobrio. Vi lo más hermoso que he podido ver hasta ahora.
—Oye no me vengas con ironías, que ya sé que no soy guapo.
Liliana se había reído como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida.
—No tonto. Había un hombre que estaba siendo asaltado. Nadie hacía nada. ¡Es más, hasta miraban! Tengo que admitir que tampoco hacía nada, pero era por miedo más que nada. Además eran tan grandes y feos. Y de repente ¡Fuss! Saltaste de la nada, pum, plaf, y en un instante, como por arte de magia, los hombres, ¡Y eran tres! ¡Estaban en el suelo! La gente se acercó, y te tropezaste con uno de los ladrones y caíste sobre mí. Nos dio risa a todos. El superhéroe torpe. Ja, ja, ja, ja.
Zolte camina disfrazado de "Ojitos", con su paquete a la espalda. "Te veías tan valiente, tan fuerte. Tan necesario.", recordó que Liliana le había dicho eso ese día.
La avenida, por donde va, tiene edificios en ruinas a un lado y casitas de madera, metal o cemento del otro lado.
"Y cuando te conocí más, te amé. Te amé y juré amarte para siempre". Zolte llega a la casa de Morloc.
Toca la puerta tres veces y mete un pedazo de plástico con algo escrito por debajo de la puerta.
Morloc le abre la puerta y pasa sin decir nada. Saca de la bolsa tres armas grandes.
—Dos las puedes vender. Una me la guardas.—dice Zolte, mostrándolas.
—Ja, ja, ja, ja, ja. Hoy si te pasaste Ojitos. Te has metido con los tres grandes. ¡Ten cuidado! Un consejo se recibe hasta de un conejo.—dice Morloc llevándose las armas. A duras penas llega hasta su escritorio y las pone encima. Suda y resopla.
—¿Qué van a hacer?—dice Zolte estirándose—Los Omega y las Águilas tienen su barrio lejos de aquí, más que seguro que esos vagos elegirán otra zona donde pelearse, o se gastarán la plata hoy mismo en cualquier cosa. Bueno, y la Syndical... ¿Qué va a hacer? ¿Denunciarme por robo? Ja, ja, ja, ja.
—Eso me preocupa, ¿Qué?, ¿no te siguieron?—dice Morloc revisando las armas sobre su escritorio.
—¿Seguirme? Creo que sí. Ja, ja, ja, aunque me hubieran seguido. Confía en mí. Ojitos es indetectable.
—Bueno, bueno. ¿Y las municiones?
—¡Ah! Son las mismas que los féizers Komolo. Por eso no las traje.
—¿Y ahora que harás? Aún es temprano.
—Lo que todos los domingos hago...
Zolte sale con la cabeza gacha.
Es de noche, un móvil liciap pasa por una avenida cerca de los edificios viejos. Dentro hay dos liciaps patrullando, son una pareja de mujer y hombre. Los dos son negros y muy gordos. El móvil que conducen está oxidado y tiene una puerta de otro color.
—Oye Micky ¿Viste lo que paso en la tarde?—dice la mujer.
—No, ¿Por qué?
—Un pata del gobierno vino a la estación y habló con el capitán. El pata se fue y luego el capitán nos pidió toda la información que sabíamos sobre Ojitos.
—¿Qué? ¿Ojitos? ¿O sea que se le ha pasado la mano ahora?
—No creo...—dice la mujer haciendo un gesto de fastidio.—Pero el capitán nos dio orden de captura para él. Y sin ningún motivo...
Micky va a decir algo, pero suena el intercomunicador:
—Un buen ciudadano reporta un asaltante en el minimercado Antonio de la avenida Jesucristo.
—Ahí está—dice Micky.—Carajo, yo no voy a arrestar a Ojitos. ¡Ese pata nos ha ayudado bastante durante cuatro años!
—Yo tampoco.—dice la mujer antes abrir de par en par los ojos mirando la pantalla holográfica que se superpone sobre el parabrisas del móvil. Ahí está ubicado el retrovisor.—¡Mira!
Al lado del móvil pasan veloces varios móviles liciaps. Todos son nuevos y relucientes.
Zolte sale del minimercado con una gran bolsa de compras en una mano y un hombre amarrado y amoratado en la otra. Tira al tipo en la puerta y se va caminando. Dos segundos después llegan los móviles liciaps y lo rodean. Él queda de espaldas al minimercado. Son quince naves que flotan frente a él.
—Vaya ¿Tantos? Y ahora llegaron muy rápido.—dice Zolte sonriendo y extendiendo los brazos. Hace un gesto, igual al que uno hace cuando recuerda algo de repente y dice:
—¡Ah! ¡No pues! ¡Me detuve comprando cosas!
Los liciaps se baja de los móviles y apuntan a Zolte cubriéndose con las puertas de sus vehículos. Uno de ellos, asiático, corpulento y panzón, con los galones de mayor grita presionándose un arete en el lóbulo de su oreja izquierda. Se oye un "¡Deténgase!" en altavoz que retumba desde los móviles hasta donde esta Zolte.
Zolte da un paso. Le salta un disparo al suelo.
—Chesu...—dice Zolte antes de saltar corriendo hacia la tienda.
Le llueven los disparos. Cuando llega a la tienda le caen varios en la espalda. Cae dentro de la tienda y se quita el chaleco destrozado y humeante. En su espalda quedan marcas de quemaduras por los féizers y su ropa queda agujereada por los disparos.
El mayor grita, enérgico, hacia los liciaps:
—¡Entren y atrápenlo con vida! ¡Cinco! ¡El vago solo apalea pandilleros, pero no se confíen!
Entran cinco liciaps, todos con pasamontañas y con grandes rifles de asalto. La puerta del establecimiento anuncia, con su voz robótica, a los nuevos visitantes con un:
—"Bienvenido. Señores. Señoras. Estamos para servirlos".
Los hombres registran la tienda. Al no ser muy grande y no tener tantos pasillos no demoran mucho. Zolte no está. Sólo quedan dos puertas: una de la trastienda y otra de los baños. El que está a cargo ordena con señas que uno vigile la puerta de la trastienda y los demás se van a la puerta de los baños. De inmediato se ubican al lado de la puerta. Todos miran al hombre a cargo y él asiente. La puerta es estrecha, así que uno de los liciaps se para en frente de ella y esta se abre automáticamente. El tipo entra con sigilo apuntando a todos lados. Hace una seña y los demás entran siguiéndolo, de la misma manera.
Los cuatro liciaps se dispersan. Dos entran al baño de mujeres y otros dos al baño de hombres. En cada baño repiten la misma manera de registro: uno se queda en la puerta y otro revisa, por debajo, cada cubículo. No encuentran a Zolte en ninguno de los dos baños.
Todos se van hacia la trastienda. El hombre a cargo hace un ademán levantando la cabeza hacia el que había dejado cuidando la puerta de la trastienda. El tipo responde negando lentamente con la cabeza.
Los cinco liciaps se pegan contra los costados de la puerta. El que está a cargo hace la señal y entran con cuidado uno a uno. Cuando los cinco terminando de entrar la puerta se cierra.
Alguien había hecho un pequeño disparo contra el interruptor de seguridad cerrando la puerta.
Es Zolte. Está detrás de la puerta, colgado de las piernas de la estructura de metal que está antes del techo, que sirve para pasar el agua, cables y ventilación.
Los liciaps voltean, veloces, pero Zolte les dispara a todos en un abrir y cerrar de ojos. Terminaron tendidos en el piso gimiendo de dolor.
—Ya deberían haber regresado—dice el mayor. Todos los liciaps aún siguen protegiéndose detrás de sus móviles.—Si en tres minutos no regresan, mando otro....
El gordo es interrumpido por una silueta que pasa a su lado. Un hombre delgado, de un metro setenta de estatura, cabello verde oscuro y corte a la moda. El tipo tiene la piel gris como un muerto, ojeras imposibles y viste una chaqueta verde cazador, parte del uniforme característico de un rinomax. Le hace un gesto y el mayor ordena a todos que se detengan. El hombre gris se acerca confiado hacia la tienda.
La puerta del minimercado se vuelve a abrir y emite su robótico mensaje:
—"Bienvenido. Señor. Señora. Estamos para servirlo".
"Han mandado sólo uno. No es un liciap. La máquina reconoce formas humanas. ¿Será...? ", piensa Zolte y asoma la cabeza. Ni bien ve al hombre de la piel gris se esconde al ver que está a punto de dispararle.
—¡Tamare! ¡Un Rinomax!
Zolte abre la puerta corrediza de la trastienda.
El rinomax ve de manera diferente. Ve la puerta que se abre, ve el corredor, ve las paredes, ve el techo, incluso puede ver detrás de él, porque al mismo tiempo ve una pequeña pantalla en la parte inferior derecha que le muestra que hay detrás. Cada cosa que ve tiene datos adicionales como distancia, temperatura, dureza y materia prima (aunque de lo último figura un texto al lado que dice: "sugerido"). También integrada a su visión, tiene una pequeña leyenda que le dice cómo está su salud, sus armas, su escudo y su nivel de fuerza. Su nivel de fuerza, es "humana". Aún sigue apuntando hacia la puerta abierta.
Zolte mueve a todos los liciaps heridos hacia una esquina. Coge a uno de ellos y le quita el chaleco para ponérselo él mismo. Jadeando lo pone de pie y lo sostiene contra la pared, justo al lado de la puerta.
—Escúchame bien chochera. Vas a correr. Ya sé que no puedes ni estar de pie, pero solo quiero que intentes correr. Tienes que hacerlo. Allá afuera hay un rinomax, y yo voy a estar detrás de ti. Ya has oído de esos tipos, ¿No? Son los hijos de puta más sanguinarios que existen. El tipo va a descargar todo su féizer así que ya sabes.
Empuja al tipo. Mientras el pobre liciap cae de bruces al piso, Zolte dispara su féizer detrás de él. De repente un campo de fuerza envuelve al hombre de piel gris y evita que lo dañe. Zolte intenta rodar en el transcurso de su salto hacia el otro lado de la puerta, pero los disparos del rinomax (que dispara desde un arma integrada en su brazo derecho) le caen en el chaleco y en el tobillo izquierdo. Los disparos impulsan a Zolte al fondo de la trastienda. En ese instante, aún en el aire, calibra su féizer para reducir el daño y dispara al interruptor de la puerta. La puerta se cierra y cae con su chaleco hecho trizas.
"No es un robot. No existe base de datos que pueda almacenar cada estrategia rinomax variante para cada caso, las variables son infinitas siempre. Es un ciborg. En mis tiempos no habían implantes para féizers incorporados, ni escudos, ni rinomax ciborgs... Aunque... ahora tampoco los hay..." piensa Zolte mientras se quita el chaleco humeante.
Zolte tranca la puerta con una silla y varias máquinas de limpieza. Baña la puerta con varias botellas de líquido para limpieza y deja algunas abiertas al pie. Se para, a un metro, al lado de la puerta y lanza uno de sus cubos oxidados debajo de la silla. El ciborg dispara hacia la puerta varias veces convirtiéndola en una columna de fuego. Al ver eso, se pone en guardia con el féizer, integrado en el brazo, al frente. Camina sigiloso hacia la puerta mientras sus sensores le muestran que a través de la puerta están féizers de los liciaps heridos regados sin ningún orden, pero no el cubo oxidado que puso Zolte. Atraviesa la puerta.
Cuando el ciborg esta en el umbral, Zolte salta con una gran vara de metal en la mano. Al mismo tiempo, con la otra mano le lanza hacia el brazo otro de sus cubos, uno más pequeño que los anteriores. Le incrusta la vara de metal en el brazo y, todavía en el aire, la coge con ambas manos apoyando todo su peso. La sangre (o algo que se le parece) brota como una manguera.
El rinomax ciborg sacude su brazo y lanza a Zolte por los aires. Zolte presione un botón en su brazalete izquierdo y la bomba del umbral de la puerta se activa. El estallido lanza violentamente a ambos contra la pared. Las piernas del ciborg están bañadas en sangre, tiene jirones de piel y músculo que apenas cubren sus huesos metálicos.
Zolte se incorpora con su tobillo herido. Coge otra vara de metal y salta sobre el ciborg. Este lo recibe de un golpe en la cara. Zolte cae, de mala manera, contra el suelo. El ciborg se levanta, camina con torpeza y se pone en cuclillas frente a él.
Zolte levanta su torso apoyándose en sus codos. Tiene el rostro bañado en sangre, un canino menos y el lado derecho de la cara hinchada y morada.
—¡Carajo! ¡Me saco la mierda por esta zona y ¿Así me pagan?! ¡¿Qué mierda hice?!
—Sí, eres un rinomax.—dice el ciborg—Pero tu archivo te denigraba tanto que no pensé que irías a oponer tanta resistencia. El tomar la justicia por tus propias manos no es legal. Vendrás conmigo. Aunque en realdad no quiero hacerlo. Pero antes dime: ¿Por qué lo haces?
—¡No! ¡Carajo! ¡Puta madre! Estoy más que seguro que tienes familia ¿no? ¿Hermano, padre, madre?
El ciborg lo mira como un niño que ve un insecto por primera vez. El ciborg graba lo que le dice Zolte y vuelve a ver esa pequeña escena en una pantalla encima de su retrovisión. Al lado izquierdo, sobre la leyenda de sus indicadores vitales, ve una definición de diccionario de la palabra que acaba de escuchar:
familia.
(Del lat. familĭa).
- f. Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas.
- f. Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje.
- f. Hijos o descendencia.
- f. Conjunto de personas que tienen alguna condición, opinión o tendencia común. Toda la familia socialista aplaudió el discurso.
- f. Conjunto de objetos que presentan características comunes.
- f. Número de criados de alguien, aunque no vivan dentro de su casa.
- f. Cuerpo de una orden o religión, o parte considerable de ella.
- f. coloq. Grupo numeroso de personas.
- f. Biol. Taxón constituido por varios géneros naturales que poseen gran número de caracteres comunes. Familia de las Rosáceas.
Luego, cambia, en milisegundos, a otras definiciones:
"Emparentar, parentesco, consanguinidad, parentesco natural, sanguíneo..."
En cada nueva definición, el ciborg gira la cabeza, extrañado, como alguien que intenta entender algo incomprensible.
"Afinidad, atracción, adoptar, matrimonio, hombre y mujer..."
—Familia...—dice el ciborg—Familia....
—¿Por qué lo hago?—dice Zolte escupiendo sangre—¿Alguna vez te has subido en una MMB? Hace cuatro años nació mi hija. Ese día pudo ser el día más feliz de mi vida. Pero justo ese día. Ese día... Prendo las noticias y veo una noticia terrible "Por no dejarse robar 70 leptkas, asesinan a mujer y su pequeño hijo". ¡No respetaron ni al niño! ¡Pandilleros! ¡Delincuentes! ¡Asesinos! Pero que veo aquí un rinomax... Que me dice que destruir mi matrimonio para que mi hija no viva en el infierno que puedo pagar con mi sueldo no es legal.
—¿Qué es un MMB?
—Un MMB, imbécil.
—No he contraído matrimonio. No he sido adoptado. No he adoptado a nadie. Soy único. No tengo sangre. No tengo padres. No tengo familia.
—Ja, ja, ja. Demonios, no tienes familia. Tienes un problema. Yo tengo familia y tengo un problema. Ya que me atrapaste, al menos déjame saber tu nombre.
—Fui creado hace poco, me llamo Mark, dicen que antes era un humano. Pero no recuerdo nada.
—Bueno Mark—Zolte sonríe con su boca babeante de sangre—déjame decirte algo: generalmente llego a mi casa a las tres de la mañana, y tengo que considerar bien esto que hago. Son casi las doce y quiero ver a mi mujer despierta siquiera hoy. Además, creo que no te diste cuenta, será porque mis bombas son indetectables, pero tienes una mina antipersonal que haría parecer a la mina que voló tus piernas un simple fuego artificial. Déjame ver el rostro de mi mujer antes de ir a dormir y vivirás.
Mark sonríe. Aunque su sonrisa no parecía muy natural.
—Desde que me han creado sólo sigo órdenes. Yo sé que alguna vez fui humano. Reviso en mis bases de datos sobre familia, órdenes y relaciones humanas. No encuentro respuestas adecuadas. Me has ganado. No me agrada la idea de hacer daño a otro rinomax. Vete, aún no han rodeado toda la manzana.
Zolte sonríe. Tiene la misma cara de un boxeador al final de una pelea. Mark se queda como una marioneta sin cuerdas mientras murmura:
—Familia... Familia...
Zolte toca la puerta de su casita. Su mujer le abre.
—¡Amor! ¡¿Qué pasó?! ¿¡Te asaltaron!? ¿¡Por qué tan temprano!?
—No, nada de eso.—Zolte había hecho lo que había podido para limpiarse en el camino. Sonrió sin su canino.—¿Fuiste a la playa? y ¿La bebita?
—Sí. Está durmiendo. ¡Pero dime! ¡¿Qué te paso?!—Liliana hace pasar a Zolte llevándolo de la mano.
—No te preocupes amorcito. Vamos a bañarnos juntos, te haré el amor y luego te contaré todo. Cada detalle...
Zolte la abraza, luego la besa.
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[1] Móvil Minibús.
