El Blog de Galled

Cuentos Steampunk

3. El Asesino y las piratas – primera parte

Escrito por: Shingo

- Soy Giles Copswaft y te voy a asesinar - le dijo mientras le acariciaba el rostro.

La pobre mujer estaba desnuda, atada a la cama, con el cadáver de su amiga desangrándose a su lado.

- Siento que las cosas hayan tenido que suceder de esta manera, pero vosotras fuisteis la de la idea del ménage à trois y soy particularmente débil ante las tentaciones carnales.

- ¡Piedad, mi señor! ¡Os ruego misericordia, por lo que más quiera! - dijo la mujer con la voz cortada.

- Tus súplicas me enternecen, pero me hace lamentar el momento en que descubrí tu boca. - dijo Giles.

- ¡Oh, noble caballero, ruego a usted retome la cordura y reconsidere este abominable acto! ¡La tripulación os descubrirá y usted perecerá en la horca!

- Deja atrás esas preocupaciones y...

Un estruendo interrumpió al hombre. Y no es que él fuera del tipo de personas que le fastidiaran o siquiera le distrajesen los sonidos fuertes, generalmente no, ni siquiera los realmente fuertes. Pero el detalle de este sonido, era que había sido acompañado por una pared que saltaba detrás de él y no debido a la magia ni nada, sino a una explosión. Este tipo de estruendos si distraía a Giles y más aún si el estruendo era acompañado del sonido de las últimas partes de la pared que se repartía en pedazos y abrazaba cariñosamente la espalda de Giles, del tipo de cariño que hace una pared que cae sobre un hombre.

Se oyeron disparos y gente gritando y suplicando por todos lados.

- ¡Vamos perras! ¡Carguen primero con la carne y luego con las armas! - gritaba una voz de una mujer que al parecer toda su vida se la había pasado gritando, con una voz tan rasposa y fuerte que aún en el barullo su voz era rasposa y fuerte.

Giles toda su vida había sido de cabeza muy dura y lo había comprobado en ese momento. No bien se despertó, se sacó los restos de madera de encima y buscó desesperadamente algo en medio de la habitación desbaratada. "Es singular que no me parezca raro el estar metido en medio de escombros, rodeado de una multitud que corre como gallinas sin cabeza y yo buscando algo más importante", pensó mientras saltaba sobre las maderas humeantes y luego husmeaba debajo de cada escombro, incluso metiendo la cabeza por debajo para ver mejor.

En esos momentos, Giles tenía una sola cosa en la cabeza y no reparaba en la gente que peleaba muy cerca de él. Tampoco se había percatado en que la mitad del barco estaba poblado de un gran incendio y la otra mitad por la tripulación que luchaba descarnadamente contra las piratas que los habían asaltado.

Eso le hubiera sorprendido a Giles y, en realidad, a cualquiera. Todas eran mujeres. Aunque uno a simple vista hubiera pensado que eran piratas con las espaldas extrañamente estrechas, dando una mirada más cercana y detenida uno podía ver: cabellos largos, caras sucias llenas de facciones suaves, ropas sucias y gastadas sobre pechos abultados (que en algunos casos saltaban tanto que te distraían y te desconcentraban y hacían que pensaras, en otras, cosas. Cosas, quizá, más acuosas) y caderas demasiado anchas para un hombre y una espada que te partía la cara en dos antes de decidir si seguías peleando o preguntarle "¿tan bonita y pirata?".

Un tipo cayó a su lado con la cabeza bañada en sangre. Giles volteó a verlo y arqueó una ceja. Se acercó al tipo y le cogió la cabeza suavemente, lo tomó por la solapa de la camisa y con ambas manos lo levantó y lo empujó hacia otro lado.

Allí, donde antes había estado la cabeza sangrante del herido, estaba su cartera. La levantó, dejando al descubierto el rostro engarrotado de horror de la mujer que había degollado. Desempolvó la cartera, la abrió y dio un gran suspiro. Dentro había un bulto envuelto en terciopelo negro que abrió suavemente para descubrir los pequeños destellos de joyas en su interior.

Suspiró nuevamente y, con desgano, miró el rostro de la mujer degollada. "No tienen ningún collar, ambas se sacaron los pendientes. ¿Dónde se habrán quedado sus bolsos? De seguro allí...". Sus pensamientos se interrumpieron por otro golpe en la cabeza.

- Míralo, es hermoso.

- Sí, es un hombre bello. Pero, ¿qué piensas hacer con él?

La capitana pirata sonrió. Era una muchacha menuda de piel canela.

La nave ardía y la tripulación sobreviviente había sido acorralada. Las piratas hicieron bultos con sábanas y metieron los tesoros del barco dentro.

Yoina, la capitana pirata, dio un último vistazo a su obra, como siempre hacía cuando el barco rendía buenos frutos, y se le vinieron todos esos recuerdos a la mente. "¿Tiempos mejores o peores? ¿Cómo saberlo? Apenas era una niña pequeña", pensó mientras su nave se alejaba de aquel punto luminoso que era su último barco saqueado. Su coleta de cabello sucio ondeaba al viento.

- Creo que nos hemos pasado.

- Sí, las velas ya están pequeñas - dijo su padre, mientras cerraba el libro - ahora sí, a dormir, mi princesa.

Yoina había tenido una infancia normal.

Hasta que todo se vino abajo. O más bien, todo fue reemplazándose poco a poco.

Cuando su madre enfermó, sus fiebres tomaron el lugar de los cuentos que su padre le contaba. Los días de alegría, se fueron sustituyendo por noches de sollozos y los paseos en el campo fueron relegados por días de soledad en su cuarto, viendo los pájaros trinar y los ratones merodear.

Su madre le dijo una frase muy trillada antes de morir: "Querida hija, sé piadosa y buena, Dios te protegerá desde el cielo y yo no me apartaré de tu lado y te bendeciré"[1]. Era una frase tan común que ya no recordaba si se lo había dicho o lo había leído en alguna otra parte. Era lo que Yoina llamaba Evento Trillado de Cuentos.

Pero volviendo a los cambios, estos, como una enredadera que crece y envuelve poco a poco a una pared, también se apoderaron de su padre cambiándolo por un tipo que se encerraba todas las noches y lloraba llamando a su madre. También los juegos fueron reemplazados por los quehaceres del hogar. Así, a sus siete años, comenzó a aprender a supervisar a la criada y a la cocinera, encargándose de alimentación y limpieza de ella y su padre.

Sus días fueron pasando entre la cocina, el cuidado de los animales junto al peón de la hacienda y lo único que le quedaba de su antigua familia: los libros. Su padre nunca más le volvió a leer cuentos, pero aún conservaba la impresionante biblioteca en la que Yoina siempre se encerraba a devorar todos los libros que podía.

Como fue un año de cambios, su padre volvió a ser sustituido por un hombre que iba y venía de casa, ausentándose por largos períodos, hasta el punto de volverse casi un extraño. Yoina, aún lo amaba y cada vez que él se iba, tenía miedo de también perderlo. Pero, la vorágine de cambios que poco a poco consumía todo hizo que un día su padre volviera de un viaje de negocios con una nueva familia: una esposa y dos hijas nuevas.

La diferencia era muy notoria: Yoina tenía los cabellos negros, los ojos grandes y oscuros, y la piel del color de la arena húmeda de la playa que tanto había visitado con su padre. Inclusive hasta ese momento apenas se había puesto a pensar en la blancura del rostro de su padre, muy diferente del suyo, y muy similar a los rostros de la nueva mujer y de sus nuevas hermanastras.

Las tres tenían los cabellos rubios, los ojos azules, la piel muy blanca, pero el corazón muy negro. A Yoina le quitaron todos sus vestidos, le dieron unas polleras sucias y raídas, un chal viejo y unos trapos con los que tuvo que hacerse algo de ropa. Se burlaban de ella y la obligaban a hacer las tareas de la casa. Yoina tenía que lavar los platos, limpiar el piso, coser, encender el fuego, recoger agua, ordeñar a las vacas y todo lo que se les ocurriese a las malvadas. Menos cocinar. Cocinar, no. Ya que por más tiempo que hubiera pasado en la cocina, cualquier cosa que Yoina tocara se volvía incomible para siempre. Y es que no era que no supiera cocinar. Yoina podía memorizar cualquier receta pues tenía la memoria más sorprendente del mundo, pero también la sazón más horripilante del universo. Una vez Yoina cocinó y, a pesar de contar con ayuda de la cocinera, su comida hizo que su madrastra y hermanastras perdieran la capacidad de percibir sabor alguno durante una semana entera. Yoina aprendió mucho ese mes, ya que estuvo muy cerca (¡incluso dio ideas muy buenas!) de los trabajadores cuando construyeron los nuevos silos para ellas.

Yoina había tenido muchos Eventos Trillados de Cuentos en su vida, situaciones tan repetitivas que era como si a su vida le encantara coleccionarlos; buscarlos por aquí y por allá; saltando, silbando y con los brazos abiertos; recogiéndolos dulcemente, como la dulce persona que camina sin darse cuenta y pisa a propósito excremento de perro mientras canta, con una sonrisa de oreja a oreja, una canción acerca de que tan feliz es y qué tanta felicidad le da estar así. Cada dos pasos. Y excremento fresco. Y nada sólido. Así era la Vida de Yoina y así eran los eventos que pisaba la Vida de Yoina y Yoina sólo podía aguantar estoicamente la pestilencia.

Ya para ese momento tenía varios, por ejemplo, que:

  • El padre que se desaparecía a hacer negocios cada cierto tiempo.
  • Las hermanastras y madrastra que la condenaban a ser una sirvienta más.
  • Hermanastras tontas como moscas que entran por una ventana y luego no saben salir.
  • Madrastra mala como la lluvia en un día soleado de playa.
  • Villanas (hermanastras y madrastra) tan incultas que habían mandado todos los libros de su padre a la azotea de la casona.
  • Yoina también fue mandada a la azotea. Sólo faltaba que cayera un rayo con nubes negras y la madrastra soltara una risa macabra.

¿Era mucho pedir otro tipo de Evento Trillado de Cuentos? El que su padre desapareciera (que lo hizo, ya que se fue y ella lo esperó y lo esperó, hasta que, a los cinco meses, ella se convenció de que ya podía registrarlo en el cabildo como "no habido" cuando le dijeron que la última vez que vieron a su padre fue en un barco que zarpaba hacia Valencia, España) al principio le pareció uno de ellos, y lo tomó con ligereza, así que pensó que para que sea un Evento Trillado de Cuentos completo lo siguiente que tenía que pasar debía ser:

  • Que tenía que haber un rico príncipe encantado que hubiera secuestrado a su padre y pidiera que ella fuera a rescatarlo (aunque allí sólo había condes, marqueses, duques y vizcondes. Y ya estaban encantados, con el viejo y conocido hechizo de la avaricia y el chisme).
  • Que el hijo del virrey diera una fiesta para encontrar el amor de su vida y volverla su esposa (la idea más estúpida de todas, ya que los virreyes y reyes se casaban sólo entre ellos y siempre por conveniencia. Como debía de ser, ya que nadie medianamente inteligente le haría semejante daño a la persona que más ama con aquella tortura medieval llamada "matrimonio").
  • Que hubiera un bosque con una casita llena de enanos que alegremente trabajaban en una mina (que más bien podrían haber sido un desierto con esclavos indígenas que tristemente trabajaban en una mina).
  • Que un hada madrina venga a arreglarle la vida por arte de su magia (allí sólo había viejas chismosas que andaban tapadas de negro todo el día y ¡vaya que hacían magia! Yoina había escuchado de parejas que un día se amaban hasta el fin del mundo y al día siguiente se separaban y odiaban gracias a la magia de aquellas).

Pero cuando los meses pasaron, Yoina comprendió que había perdido a su padre, y ya no era novedad que la gente hablara de aquel comerciante que viajaba cada cierto tiempo a España que había dejado de volver a casa. Yoina lloraba, cantaba y rezaba para que algún Evento Trillado de Cuentos lo mantuviese vivo hasta que ella lo volviese a ver. Pero no, allí se habían terminado todas esas situaciones estúpidamente comunes de cuentos. Pero no sólo porque ya no llegaran, si no por propia decisión de Yoina.

Fueron muchos días, incluso meses de: llorar y coser, llorar y hervir, llorar y medir, llorar y leer, llorar y dibujar, llorar y cortar, llorar y prensar, llorar y limar, llorar y aserrar y llorar y llorar. Un pequeño Evento Trillado de Cuentos no hubiese estado mal, pero no, a la Vida de Yoina no le dio la gana de traer pajarillos y ratoncillos mágicos con dotes de corte y confección, por más yaravíes que cantó voz en cuello. Tan cansada de cantar estuvo que cuando se apareció un ratoncillo, lo persiguió a escobazos.

Las malvadas hermanastras no la visitaban a la azotea, tampoco la madrastra. Más que por evitar verla llorar, era por el desorden que tenía Yoina en sus "Grandes Aposentos" que era como se referían ellas a la enorme azotea donde vivía Yoina. Rumas de libros, telas, canastas de mimbre, ollas y teteras se apilaban en un polvoriento reguero de cachivaches que dañaba la refinada vista de la madrastra y por ende de las hermanastras. Así, Yoina tuvo el tiempo suficiente para trabajar en la búsqueda de su padre sin interrupción alguna.

El día que estuvo lista, fue cuando su madrastra llevó a sus hermanastras a una fiesta religiosa que se celebraba en el centro de la ciudad. Yoina ya tenía hecho su equipaje, así que una vez vio que el carruaje cruzó el umbral del portón externo de la hacienda, se lanzó corriendo hacia la azotea. Dio un último vistazo a los libros que tenía desperdigados en el suelo. Eligió uno y lo abrió. Una lágrima cayó cerca de la dedicatoria firmada por su padre que ella rápidamente secó con su falda. Se limpió las lágrimas con el antebrazo, se acercó a un bulto considerablemente grande cubierto por una gran sábana y lo descubrió.

Era una gigantesca canasta de mimbre, casi del tamaño de su cama, tejida con el primor que decenas de cintas y moños de vivos colores le podían dar. La canasta tenía encima una gran cubierta, que hacía las veces de tapa, hecha con diferentes telas de colores apiladas unas a otras de manera desordenada que, si uno miraba con mucha calma, eran partes de vestidos de vivos colores y grandes redes de pesca que estaban derramadas por toda la enorme habitación, que era la azotea de la casa. Yoina puso el libro que llevaba en las manos dentro del bulto que tenía a sus pies y luego cogió ese equipaje y, levantando la tapa de tela, lo tiró dentro del enorme canasto. Levantó la cubierta hecha de telas de diferentes colores, se encaramó en la canasta y de un salto ya estuvo dentro. Se quedó de rodillas y observó la complicada estructura que había armado: engranajes de madera, paletas que jalaban pasadores de cuero, ollas conectadas con mangueras de cuero y una manivela que Yoina comenzó a girar.

Las telas, lentamente, comenzaron a levantarse apenas unos centímetros sobre el suelo. Luego fueron cogiendo forma, hinchándose, abarcando toda la enorme azotea. Si alguien hubiera visto desde afuera la casa, no hubiera notado nada raro. Excepto que los vidrios del balcón de la azotea repentinamente tenían muy pegadas las cortinas (hechas de muchos, muchos vestidos). También hubiera visto que las maderas del balcón comenzaban a quejarse más de la cuenta. De hecho, hubo gente que, si vio desde fuera la casa, ya que cuando los vidrios del balcón reventaron, toda la servidumbre salió a ver quién había sido el gracioso que había roto la ventana. Luego cambiaron de idea cuando vieron que del balcón roto asomaba una gran inflamación de ropa de vivos colores. En ese momento todos se miraron las caras sin saber si preguntarse cómo habían llegado esas ropas allí, cómo era que podían romper el vidrio o porque el techo también se estaba quejando.

Todos dejaron de verse las caras cuando el techo reventó. Ahora estaban indecisos entre mirarse las caras o ver el enorme globo hecho de remiendos de vestidos de vivos colores que se levantaba por encima de la lluvia de tejas y pedazos de madera que caía sobre ellos. Algunos miraban con la boca abierta el enorme globo, otros cogían al embobado y lo cacheteaban para que reaccionara ("¡¿qué le vamos a decir a la señora?! ¡¿Quién destruyó su casa?!") y los más inteligentes ya se habían ido a sus cuartos y alistado sus cosas para huir lo más rápido de allí.

El globo aerostático se elevó y Yoina dejó de girar la manivela. La maquinaria que había hecho aún trabajaba, pero ya no era necesario que Yoina le diera cuerda. Se acercó al borde de la canasta y se despidió de su casa, que ahora era un pequeño punto en el horizonte.

- ¡Eh! ¡Eh! ¡Despierta!

Giles abrió un ojo y luego apretó fuertemente el que tenía cerrado haciendo un gesto de terrible dolor. No sabía si le dolía la cabeza por algún golpe o por el singular diseño que tenía toda la habitación. Las paredes eran rosa pastel, el techo de un verde que sólo se encontraba en algunas ranas venenosas de las selvas del amazonas, flores y mariposas hechas de retazos de tela de color lila, amarillo, celeste y estrellitas amarillas con un arco iris de tela empolvada se descolgaban de las paredes de la pequeña habitación. Ciertamente ya sabía porque le dolía la cabeza y no era por ningún golpe. Estaba en un camarote, pero no sabía dónde.

- ¿Por qué hace tanto frío? - dijo tiritando.

- Tranquilo. Aquí siempre hace frío. Toma - le dijo la capitana. Era la joven de baja estatura, cabello negro amarrado en una coleta, ojos grandes y la piel cobriza. Estaba abrigada con un poncho demasiado grande para ella.

- ¿Qué pasó? - dijo Giles midiendo sus palabras. "La mujer puede ser pequeña, pero es una pirata y puede haber más afuera", pensó mientras ponía la cara más inocente que podía imaginar con el objetivo de sembrar el instinto maternal en la ruda pirata. Él, esperanzado, suponía que aún quedaba dicho sentimiento en ella, "Sí, la misma cara que tengo que poner como aquella vez que esa mujer borracha me confundió con su bebé y.…", luego pasaron escenas en su cabeza que casi le hacen perder la concentración. Esa vieja treta, en la que Giles era un lobo muy viejo, había funcionado. Según él, ya que en realidad Yoina se había quedado prendada de los delicados rasgos de Giles y por eso lo había cogido como "Mi pequeña gran parte" del botín. Muy nerviosa también comenzó a medir sus palabras. "Tengo que hacer que me crea, una vez atado... Una vez atado ya se me ocurrirá que hacer. Pero tengo que hacer que me crea, lo que sea que tenga que decirle para que no crea que este secuestro fue un secuestro", pensó ella y, como siempre le pasaba cada vez que pensaba mucho, dijo automáticamente:

- No te secuestramos...

- ¿Perdón madame?

- Quiero decir, que tuvimos que subirte a la nave. Tu barco se estaba incendiando.

Giles alzó una ceja.

- Tengo la ligera impresión de que ustedes tuvieron algo que ver.

- Ehm. ¿Eso importa? Estás a salvo, ¿No?

- Sí. Entiendo que la tripulación a su cargo formó parte de una comitiva de rescate, debido a aquel desafortunado y ESPONTÁNEO incendio.

Yoina sonrió tontamente, abriendo la boca y lanzando un graznido asintió:

- Ja. Claro, rescatamos muchas cosas de su barco. Tú, por ejemplo.

Giles esta vez alzó las dos cejas.

- Tú por ejemplo... - Yoina tosió - ¿Qué tenías de valor?

"¡Merde! ¡La máquina del tiempo!" recordó Giles. Escenas de los varios viajes que había hecho, asesinando mujeres de diferentes épocas y lugares, se le vinieron a la mente. La idea repentina de terminar sus días en esa época (considerando que ya había planeado un año y lugar en especial para descansar los últimos años de vida, uno en un futuro muy lejano de donde estaba, uno en donde sabía que la resaca no existía, las enfermedades venéreas eran imposibles y aún la higiene más descuidada era la mayor pulcritud ahora)[2], regresar a los viejos tiempos donde tenía que huir de la policía y esconderse por muchos años o no poder visitar las bacanales romanas. Esto último fue lo que más le dolió, o mejor dicho, lo sacudió como a un par de patas de rana remecidas por un chispazo eléctrico como parte de un experimento de algún enfermito que no tiene nada mejor que hacer. Abrió los ojos de par en par e hizo amagos de nerviosismo.

- ¡Mi cargamento!

- ¡No te preocupes! Cargamos con todos los vestidos, las joyas y la comida.

- ¿Acaso revisaron todo el barco?

- Sí - dijo Yoina encogiendo los hombros -, la mayor parte.

- Mi cargamento estaba en las bodegas más inferiores. Era grande y muy importante.

- No cargamos con nada grande que no esté en la cubierta. ¡Es muy difícil! - dijo Yoina poniendo la misma cara que alguien pondría si le preguntaran "¿Te lamerías la planta de los pies?".

- Lo sé - dijo Giles con una sonrisa torcida. Yoina giró la cabeza y lo miró de reojo. - Mire madame, no pretendo menospreciar su ayuda, ni su sabiduría al elegir lo más importante para rescatar de un barco en llamas, pero mi cargamento ciertamente valía más que todas las riquezas que se pudiera imaginar.

Yoina puso la cara de alguien que le decían que había robado bien, pero había dejado de robar lo que más costaba. Se acercó a su escritorio, cogió una botella y bebió del pico. Suspiró.

Miró para todos lados, le agradaba lo bien que había decorado su camarote, el arco iris que había hecho se había descolgado, ya lo arreglaría. Suspiró nuevamente. Bebió otro trago y con la cabeza le dio la orden a Giles que prosiguiera.

Giles dio un repaso rápido al camarote. Hizo un gran esfuerzo para no marearse con el remolino de colores brillantes "si existe el infierno, este debe ser la caseta de entrada", pensó mientras sus ojos se toparon con algo que le llamó la atención. El escritorio estaba muy desordenado, también el piso. Ambos estaban llenos de libros, cachivaches metálicos y de madera, herramientas que en un principio pensó que eran instrumentos de tortura, pero luego se percató que eran ganzúas y ganchos, del tipo de cosas que se usan para abrir candados y cerraduras. Había ruedas dentadas por todos lados, mangueras de cuero y un par de ollas negras.

- Madame, siento informarle que entiendo la naturaleza de la desatención de su tripulación para con mi cargamento. Era un tesoro que un vulgar pirata no podría comprender ya que, más bien, era un tesoro para la ciencia y el avance del hombre. Era una máquina. Única en su clase y de un poderío que jamás hombre alguno que haya pisado la tierra ha conocido. Tengo entendido que los piratas no tienen mucha cultura y prefieren los beneficios más inmediatos y superfluos.

Yoina bebió otro trago e hizo un esfuerzo para disimular su cólera. "Vulgar pirata... No tienen mucha cultura... Desatención... Superfluos...", de repente le pareció que los rasgos finos del hombre combinarían muy bien con una cicatriz hecha con su espada por cada insulto que el tipo había querido insinuar. Desenvainó y gritó voz en cuello:

- ¡Perro malagradecido! ¡Vuelve a repetir lo que has dicho!

- Ejem.

- ¡Vamos! ¿¡Qué esperas!? ¡Repítelo!

Giles humedeció sus labios e hizo el mismo gesto que haría alguien que le avisa a otra persona de que lleva un pedazo de vegetal entre los dientes desde hace media hora y que no le ha podido avisar porque el chiste que contó le llevó quince minutos contarlo y la risa de todo el mundo otros quince. Y que el chiste no era muy bueno.

- Estás sangrando.

- ¡¿Qué!? - gritó Yoina con furia. Luego se miró el brazo cortado (tenía muchas cicatrices en el brazo) y al ver la sangre gritó apretando el puño contra Giles. - ¡Arrggg!

Giles señaló, confidente, el hombro de Yoina. Esta se tocó el hombro derecho y se miró la mano bañada en sangre. Cerró el puño y levantando la espada rugió:

- ¡Arrggg!

Inmediatamente la puerta se abrió de porrazo y entraron dos mujeres. Una de ellas era una anciana y la otra era de una belleza tan impresionante que Giles creyó que fue eso lo que le distrajo, cuando pensó "Que grandes cade... ¡Merde! ¿¡Cómo llegó tan rápido!?", para explicar por qué la hermosa mujer lo tenía sujetado por detrás y con el filo de la navaja presionándole el cuello.

- Yo... - balbuceó Giles.

- No te preocupes - susurró la mujer por detrás, Giles recordaba esa voz rasposa, - te creemos. La mayoría de cicatrices que ella se ha hecho han sido porque cuenta con el mal embrujo de no saber manejar una espada, aunque su vida dependa de ello... - Giles se dibujó una sonrisa lobuna, que no terminó de completarse y se desarmó en una risita nerviosa porque la mujer continuó:

- ... Pero dios es testigo que yo sí.

- Shoshana, mamacha, amarra rápido a ese runa. Ususiycha ¿por qué no nos esperaste? Te dije que teníamos que estar las tres. - dijo la anciana mientras sacaba vendajes y hierbas de sus polleras para luego revisar las heridas de Yoina.

Era de noche y Yoina había viajado mucho. Tenía mucho frío y aunque había dominado el difícil arte de despegar y aterrizar en globo, tenía que ir pensando en buscar la manera de aprender el todavía más difícil arte de conseguir comida antes que se acabara la bola de queso tamaño de su puño y el pequeño tarro medio lleno (aunque estaba a la mitad) de agua que eran sus últimas provisiones.

Vio a lo lejos unos puntos luminosos y aterrizó cerca a lo que parecía un pueblo. Hacía varios días que viajaba y sin un mapa, una brújula o algo que le diga dónde estaba no era difícil calcular las oportunidades de sobrevivir con lo que tenía. "Podría amanecer aquí, hacer una vida como una niña que pide comida en las calles. Esperar que alguien se apiade de mí, conseguir algo que vender y que todo el mundo me compre antes de que termine de morirme de hambre y frío... También podría meterme a buscar unas cuantas gallinas".

Con los ojos acostumbrados a la luz de la luna, caminó entre las casitas de quincha buscando algún corral o un granero. Sin darse cuenta llegó al medio del pueblo, donde se encontraba la plaza. Allí había un monumento muy extraño. Por pura curiosidad se acercó más y le pareció un bulto demasiado raro para estar en el centro del pueblo, como si no fuera una estatua. Se acercó un poco más.

No era un monumento. Era una persona retenida en medio de dos tablas de madera.

- ¿Por qué estás así?

- Ellos piensan que soy una bruja. - musitó la anciana.

Yoina en la oscuridad de la noche no veía bien que había en el suelo, pero estaba segura que eran vegetales y piedras ensangrentadas. Le había caído de todo a la anciana. Quizá no viviría para el día siguiente, pero no estaba segura de qué hacer.

- Y... ¿Eres una bruja?

- ¡Claro que lo soy ususiycha! Pero es injusto que esté aquí. Todo el mundo sabe que el cura mandó ponerme aquí ni bien supo que fui yo quien ayudó a traer al mundo a sus hijos.

- No te entendí. Pero dime, ¿cuándo te van a soltar?

- En unos días, hasta que decidan qué hacer conmigo.

- ¿Enjuiciarte o llevarte a casa?

- ¡Ja, ja, ja, ja! Quemarme, ahogarme o ahorcarme. O a lo peor todo junto y quien sabe en qué orden.

Yoina bajó la cabeza. Se mordió las hilachas de piel que sobresalían de los bordes de las uñas.

- ¿Si te libero me ayudarás a conseguir comida?

- ¡Ja, ja, ja, ja! Ususiychay si puedes liberarte voy a seguirte como si fueras mi coya.

Yoina dio la vuelta a la estructura de madera que retenía a la anciana. Tanteó hasta encontrar el candado.

- Ya está.

- ¿Cómo lo hiciste Ususiycha?

- Me gustan las cosas mecánicas. Aunque este candado era más bien vulgar y muy fácil de abrir. Mira, tengo herramientas para todo. Mi madrastra me encerraba en mi cuarto tanto que aprendí a escapar de cualquier forma en que se me encerrara. Creo que podría escapar de lo que fuese.

Era una noche especialmente nublada. Cualquier persona metida en medio se sentiría envuelta en una niebla de un espesor tan singular, que si subiría un poco más ya podría ir consiguiendo un traje de buceo. Ciertamente esa bruma tenía una gran personalidad. Era del tipo que le gustaba pasearse por todos lados, metiéndose hasta en los lugares más recónditos con la habilidad, de seguro aprendida, de esa respetable y buena vecina que se preocupa por todo su vecindario. La niebla se había enfrascado en una ardorosa pelea contra las lampareras[3] y estaba perdiendo, para gracia de todas las presentes ya que hubiera sido una fiesta muy aburrida si ninguna podía ver y sugerir un mejor vestido del que tenía cualquier otra asistente de la reunión.

Toda la cubierta (visible) de la nave estaba llena de mujeres de diferentes tipos (altas, gordas, sin dientes, sin algún ojo, sin algún brazo o sin alguna pierna) pero todas con algo muy en común: cada una tenía el vestido más fino que la otra, los encajes y pelucas más exquisitas que las otras, las joyas más brillantes que las otras y cada una de ellas lo sabía y se lo hacía saber a su compañera de al lado. Casi en todos lados venía la conversación más o menos del tipo: "Me encantan tus zapatos, pero ¿has visto cómo ha venido María?", "No voltees, pero Yolanda ha venido con el mismo color de peluca que tú", "¿Sabes que me dijo Juana? Que tu vestido es horrible y que no quisiste pedirle ayuda, porque te hubiera dicho como vestirte mejor", "¡Mírala a esa! Cinco rubíes y tres perlas, ¿Qué se cree? ¿La reina de España?".

Cuando las primeras peleas comenzaron, saltando sillas y volando pelucas por los aires, un disparo detuvo todo el barullo.

- ¡Damas! - dijo tranquilamente la autora del disparo, ataviada con un traje muy elegante y también muy varonil. Su voz era muy fuerte y rasposa, casi tanto que es posible que no hubiese necesitado el disparo para hacerse oír. La mujer hizo una reverencia y comenzó: - ¡Como está acostumbrado, tengo que presentarme! ¡Yo, Shoshana, primer oficial al mando del Hada Madrina, tengo el agrado de presentar el extraordinario espectáculo que ha preparado su capitana, la Asombrosa Yoooooiiiiina!

Las mujeres, como detenidas en el tiempo, se habían quedado con lo último que estaban haciendo. Así cada una, con una de esas sonrisas donde se muestran demasiado los dientes, soltó los cabellos de la otra, dejó los collares que pensaba arrancar, soltó la silla y luego, como si nunca hubiese pasado nada, estallaron los silbidos, las vivas y los aplausos[4].

A pesar de que Shoshana era muy alta, había piratas más altas que ella y justo dos ellas (un par de morenas de narices respingadas; con coletas, a los lados, adornadas con cintas celestes y rojas) tenían una estatura que se acentuaba cuando traían a la pequeña y delgada Yoina cogida por ambos brazos y encadenada.

- ¡Damas! ¡Mis señoras piratas! ¡La asombrosa Yoina, vuestra capitana, está por comenzar el espectáculo de escapismo más asombrosos que jamás pudieran haber imaginado! ¡Vuestra capitana está atada, encadenada y asegurada con los mejores candados que alguna vez hemos podido robar! ¡Justo ahora mismo, nuestras ayudantes Estrellita y Angelita están llevándola al estrado que hemos improvisado! ¡Y.…! ¿Qué dice aquí? Ah sí, ¡allí vemos a.…! ¡Aquí dices el nombre de la chica que lo vaya a hacer... eerrmm... trayendo este... enorme tonel lleno de agua! ¡Justo ahora mismo, nuestra...! ¿qué dice?, ah sí, ¡fatugosa capitana está siendo introducida en el tonel, de donde tendrá que escapar para ir... huir, de las fases... de la muerte!

La anciana al lado de Shoshana le jaló la chaqueta nuevamente. Shoshana se agachó para oír lo que la anciana le decía al oído.

- Gracias mamá Kuji... ¡De, de la, de la muerte porque se va a morir si no sale de allí!

Las dos enormes mujeres trajeron una tapa y sellaron el tonel. Todo el público enmudeció.

- Ahora tengo que leer esto, ¿no?... ¡Qué asombrosa es nuestra capitana! ¿qué dice aquí? ah, ¡Imagínense que tuvieran que estar metidas en ese barril, encadenadas, llena de agua, sin escapatoria, sin poder gritar o pedir auxilio, con el poco aire que puede... alegrar ... sus pulmones como único sustento! ¿¡Cuántas cosas pudieran pasar por su cabeza!?

El tonel se estremecía y tambaleaba.

- ¡Ahora, yo les pido que atentamente... cueeeenten... cuanto tiempo ha pasado! ¡Incluso aguanten la respiración para acompañar a nuestra capitana! Errrmm... ¿Qué más dice? Ah, sí... ¡No leas esto, si ha pasado mucho tiempo, olvida el show e intenta liberarme!

Bajó el papel, sonriente. Luego, le pareció que había algo que había leído, algo que le había parecido algo raro. Se detuvo a reflexionar, pero la interrumpió el tirón en su chaqueta por parte de la anciana Kuji.

"¿Y ahora qué quiere esta vieja? Ya leí todo. Estoy pensando en que lo último que leí fue que...", pensó Shoshana antes de reaccionar y encontrarse con la mirada de la vieja Kuji.

Ambas se miraron con los ojos desorbitados.

- ¡No pienso perder otro hijo más! - gritó Shoshana - ¡Aléjate Estrellita! ¡Tengo que rescatar a Yoina! ¡Suéltame!

Shoshana lanzó un puñetazo que dejó inconsciente a Estrellita. Angelita saltó frente a ella y aterrizó suave y grácilmente gracias a su esplendoroso vestido. Sus bíceps se tensaron y adoptó una posición de ataque.

- ¡La capitana nos dio órdenes de detenerte! También nos dijo: "Va a decir que no piensa perder otro hijo más y va a querer pelear hasta la muerte".

Shoshana sacó la espada.

- Angelita, sé que no te importa un corte más, pero ese vestido que robamos del barco francés va a ser muy difícil conseguirlo de nuevo y no pienso detenerme en los encajes.

La mujer se detuvo un momento a pensarlo y retrocedió. Luego pensó otro rato y dijo:

- Eso no nos dijo la capitana...

- ¡Déjame pasar!

Shoshana avanzó, digna, levantando la cabeza y empujando a un lado a Angelita que miraba los delicados bordados de su vestido. Se acercó al tonel que tambaleaba y, con todas las espectadoras en silencio, cuando estaba por coger la tapa del barril, esta explotó.

La tapa del tonel salió volando por los aires, Yoina saltó del barril y se lanzó a los brazos de Shoshana, le beso las mejillas y levantó un puño, victoriosa.

- Aquí es la parte donde dices "Y así es como vuestra capitana escapa de la muerte", discúlpame olvidé escribirlo - dijo Yoina jadeante.

- ¿Estás loca? ¡Apenas puedo hablar, casi me matas del susto! - dijo la bellísima Shoshana mientras la abrazaba. Las mujeres se deshicieron en aplausos y vivas. Todas se acercaron y se abrazaron.

Así la fiesta continuó en paz. Al menos por la siguiente hora[5].

- Shoshana, el tipo que secuestramos para pedir un rescate... - Shoshana estaba un poco ebria, pero no recordaba nada acerca de un secuestro, y más bien, miraba a su capitana con el recuerdo en la mente de la mismísima Yoina diciendo: "¡Y este buen mozo es mi parte del botín!" - ¿Recuerdas? El que está amarrado en mi camarote.

- Sí, muy guapo, demasiado tal vez.

- Me dijo que su cargamento tenía más tesoros de los que llevaba todo el barco.

- ¿Así? Pero ya se hundió. ¿Qué podemos hacer?

- La codicia es mala consejera - interrumpió Kuji. Luego dio un gran sorbo a su sopa.

- Mamá Kuji, no vimos hundirse el barco.

- ¿Necesitas ver el cadáver de alguien que cae fuera de la nave? - repuso la anciana.

- Además, dejamos el barco en llamas. Y eso fue hace tres días - interrumpió Shoshana, luego de darle un sorbo a su tarro de cerveza.

- ¿Y qué tal si no se hundió? ¿Y qué tal si...?

A la mesa de las tres mujeres llegó una que muy bien podía haberse hecho pasar como una princesa, de no ser por las pistolas y la espada al cinto y la botella de ron en la mano, el elegante vestido color plata era digno de la realeza.

- ¡Cristina! ¡Hermana! - la abrazó Shoshana.

La chica rivalizaba en belleza con Shoshana. Incluso se podría haber dicho que ambas hubiesen sido ganadoras de concursos de belleza. Sólo que Shoshana tenía las caderas más anchas que ellas y Cristina los pechos mucho más generosos. Y Shoshana tenía la voz demasiado fuerte para ser mujer, sin contar el hecho que cualquiera pudiese pensar que ella hacía gárgaras con lata, mientras que la voz de Cristina arrullaba como el trino de los pájaros.

- Mi capitana - Cristina saludó con la cabeza -, parte de la tripulación pregunta que cuándo llegaremos a España.

- Déjame preguntarte algo Cristina - ella asintió - si pudieras tener todo el dinero del mundo ¿Qué harías?

- Bueno, mi capitana, mi hijo, el mayor, se fue a España hace mucho y creo que, si tuviera todo el dinero del mundo, intentaría encontrarlo.

- ¡Es por eso que nos conviene tener más riquezas! - dijo Yoina, sin prestarle atención.

- Mi capitana, pero ya llevamos muchos meses aquí. Hemos peleado mucho y ganado mucho también, pero usted nos prometió que llegaríamos a España, precisamente a Valencia.

- ¡Y vamos a ir! - replicó Yoina - no falta mucho, sólo un mes, estimo. - Cristina tenía otra definición de tiempo acerca del "no falta mucho" y su cara lo revelaba.

- Mi capitana, supongo que usted no tiene...

- Cristina, te entiendo. Yo emprendí este largo viaje desde hace muchos años, tú buscas a tu hijo, yo busco a mi padre. - Yoina entrecerraba un ojo y abría el otro en cada palabra que soltaba. A pesar de las dos botellas de aguardiente enteras que se había bebido, apenas empezaba a sentirse mareada - Yo rezo todas las noches para encontrarlo vivo o siquiera saber dónde fue que murió. ¡Bebe y luego descansa, Cristina, que llegaremos y todas encontraremos lo que queremos!

Yoina alzo su botella de aguardiente brindando. Cristina sólo alzó su botella de ron. La bella Shoshana abrazó a Cristina y rió con su voz fuerte y rasposa. Su voz no sólo podía cortar el hielo, más bien desintegrarlo.

- ¿Qué hacemos aquí mamá Kuji?

- Ususiycha, ¿No querías encontrar a tu padre? ¿No querías armar un barco?

- Sí, pero ¿en este café encontraremos a quién convencer? Los veo a todos muy divertidos, y si no fuera porque somos de limpieza ya nos habrían echado.

- Mira ususiycha, dijiste que querías armar un barco, los hombres pueden armarlo.

- Pero, ¿Cómo vamos a convencerlos? Se ven muy divertidos allí y hasta parece que se van a casar con alguna de ellas.

- Ususiycha, no se van a casar con ellas. Aprende esto: si quieres armar un barco podemos convencer a un hombre, tal vez amenazarlo, y tener a alguien que pudiera saber cómo hacerlo. Pero consigue una mujer y tendrás el barco hecho.

- No entendí.

- ¿Cuál es el nombre de vuesa merced?

- ¿Quién lo desea saber? ¿Acaso a una india le hace algún bien tener el nombre de una señorita como yo?

- Pues una india, puede ayudar a una señorita como vuesa merced, que ha caído en infortunio y deshonra. Una india ve cómo vuesa merced es usada a la fuerza, para beneplácito de las bajezas de cualquier parroquiano que elijan los caballeros que la cuidan.

- Benedicta Susana López de Ventura es mi nombre, abuela. Pero aún no puedo conciliar pensamientos acerca de cómo me puede ayudar. Soy una mujer desgraciada en extremo, enviudé con 16 veranos recién cumplidos y con dos hijos gemelos a cuestas caí en muchas deudas. La viruela se llevó a mis hijos y ahora estos, a los que debo, según dicen casi 300 pesos, me tienen aquí pagando con mi honra la deuda que tengo con ellos.

- Tranquila buena mujer. Sólo necesitamos la dirección a donde te llevan una vez acabada la faena.

De noche Yoina se escabulló en la casa. Adaptada a la oscuridad del ambiente, anduvo sigilosa, hasta encontrar a la mujer, atada de manos y pies, con el vestido sucio, y amordazada.

- Esos eran nudos muy vulgares, ¿cómo no pudiste soltarte? - dijo Yoina bajando la voz.

- ¿Qué haría, pues, estando libre, mi niña?

- Ya no importa, vámonos.

- ¡Mañana mismo iré a denunciar a estos bribones! - dijo Benedicta, que en ese momento tenía una voz muy agradable, aun bajando la voz.

- ¿Cómo te llamas?

- Benedicta Susana López de Ventura, aunque tú, que me haces recordar tanto a mis gemelos, con esa carita tan angelical, me puedes llamar como ellos me decían: Shoshana.

- Mira Shoshana - dijo Yoina con una sonrisa que no se vio en la oscuridad de la casa - ¿vas a denunciarlos para que te acusen de mujer escandalosa y que te lleven al Real Beaterio de las Amparadas? O ¿no les vas a contar las cosas que has tenido que hacer?

- ¿Y tú, tan pequeña y ya tan conocedora de todo lo impío y rechazado de los ojos de dios?

- Bueno, mi abuela, la que habló contigo me dijo que te dijera eso. No me dio más detalles.

- Más que mejor.

- Entonces vámonos.

- Y que el señor acompañe nuestro camino. - dijo Shoshana con voz lamentosa - ¡sólo espero que el señor se apiade de sus almas!

- Claro - dijo Yoina y prendió fuego a las cortinas.

***

[1] En realidad, mucho tiempo después, se dio cuenta que era una frase que pertenecía a unos alemanes locos que creían en hadas, magia y demás idioteces. Nunca lo supo, pero su madre estuvo barajando muchas frases importantes para la última de su vida, entre ellas estaban "Regresaré", "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad", "Tengo deberes que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho". Pero por alguna extraña y alienada razón, le pareció mejor la que le dijo a su hija.

[2] Obviamente, el siglo XXX era una gran alternativa.

[3] Enormes farolas experimentales hechas con enormes filamentos de carbón incandescente dentro de enormes peceras. Esta idea se le vino a la mente a Yoina cuando sin saber qué hacer con las cañas de pescar del barco, las mandó a quemar para dar calor y vio que duraban mucho en consumirse. Yoina nunca fue muy buena para ponerle nombre a sus inventos, ya que alguien con más imaginación le hubiera puesto "bombillo".

[4] Siempre es bueno ver a tu jefe haciendo un espectáculo público y poder abuchearlo y agárralo a tomatazos con total impunidad.

[5] Es fácil aburrirse en un barco pirata. Y más fácil pelearse con un par de copas encima.