El Blog de Galled

Cuentos de Terror

1. Noche de fiesta

Escrito por: Shingo

- ¿Y cómo así te enteraste de esa fiesta? – preguntó Claudio.

- Como te dije, esa chica me agregó – respondió Kevin - así de la nada ¡Tenía fotos donde se le veía muy bien!

Kevin movía las manos y hacía caras mientras describía a la chica, luego dijo:

- Conversamos un buen rato y me invitó a esta súper fiesta privada. Según las fotos, la mayoría que van a ir ¡Son modelos y están dispuestas a todo!

- Bueno, espero que todo salga bien – dijo Claudio mientras negaba con la cabeza -. No me gusta esto de que vayas a una fiesta con una, totalmente, desconocida que has conocido en internet. ¿Y si es una especie de violador?

- Erm – Kevin ladeó la cabeza - Supongo que tendré que arriesgarme, ¿No? ¿Y qué tal si te llamo antes de tener mi gran noche con esta tal Barbarita?

- No creo que puedas, cuando te enteres de que Barbarita es en realidad: ¡Barbarón! ¡Y más aún cuando él y todos sus amigos barbarazos te estén haciendo suya! – se burló Claudio mientras se reía a carcajadas.

- No le veo el chiste.

- Lo bueno es que a lo mejor Conan el Bárbaro se enamora de ti gracias a la nueva ropa que te hemos comprado, porque con la pinta de nerd que tenías antes…

- Ya – Kevin abrió los brazos levantando las bolsas – mira quien lo dice, ¡el señor de los nerds!

Los dos rieron y siguieron lanzándose bromas mientras salían del mall.

- ¿Aló? - contestó Claudio al celular – ¿Kevin? ¿Qué pasó?

- ¡Ya me bajé del bus! Estoy a punto de llegar.

- ¡Oooooh! - gruñó Claudio - osea que por fin vas a conocer a Barbarita

- O Barbarón – se rió Kevin

Ambos rieron y se lanzaron un par de bromas más.

- ¡Ja, ja, ja, ja! – Kevin se detuvo un momento – Calle de la modernidad, aquí tengo que doblar a la izquierda. Sí, eso es. Tengo que cortar Claudio. Ya estoy llegando.

- Ok ¡Me dedicas el primero! ¡Ja, ja, ja, ja!

El corazón Kevin palpitaba rápidamente, cada vez que respiraba una ola de viento helado recorría sus pulmones y se depositaba en la boca del estómago. Sentía la imperiosa necesidad de alimentar apresuradamente sus alveolos, pero sabía que tenía que controlarse.

El edificio era una torre alta y vieja que se encontraba alejada de la avenida, al final de una callejuela. Estaba rodeado por una reja de metal, con una pequeña puerta que se podía abrir desde fuera metiendo la mano por entre los barrotes.

Ya del otro lado de la reja una pequeña escalera le condujo a la puerta principal del edificio. “Aquí dice Modernidad 450, pero yo busco Modernidad 448”, se dijo Kevin.

Salió y recogió sus pasos. Ninguna casa en esa callejuela tenía el número 448. Decidió rodear el edificio, al pasar nuevamente por la reja vio de soslayo en la puerta interior una oscura silueta en el umbral, parecía un viejo con un bastón. “Debe ser el guardián del edificio, si no llego a encontrar la dirección, le preguntaré” pensó Kevin.

En la cara opuesta del edificio estaban los estacionamientos y de ese lado figuraba otra entrada, esta tenía un portón de metal cerrado con una cadena y un letrero en madera que decía “No usar esta entrada”. El dintel y el alféizar estaban desmoronados, así como la escalera que daba hacia la puerta. También había una pequeña barricada de sacos de arena, rocas gigantescas y plantas enredaderas que evitaba que cualquier persona se acercara.

Aun así, al lado de la puerta se podía ver los descoloridos números “448”.

Kevin saltó de alegría. Era el lugar.

Se metió por la puerta principal e inmediatamente cogió el ascensor.

Envió un mensaje de texto a Claudio, sabiendo que casi siempre no hay señal dentro de los elevadores:

“Grafiti en el techo del ascensor. Enchape viejo. Por fuera parece un vecindario tranquilo, pero este edificio es muy descuidado”

La puerta del departamento estaba al lado de un gran ventanal, muy parecido a un vitral sin color, desde donde se podía ver la calle. “18 pisos, una gran caída”, dijo Kevin para sus adentros.

Tocó el timbre varias veces. Cada vez que tocaba se oía el sonido retumbar dentro del departamento. Miró desde el ventanal, pero no había ventana alguna que se pudiera divisar desde allí. Sólo podía ver la sala de los vecinos, un par de gordos de lentes que conversaban amenamente en su sillón rodeado por estantes de libros.

Tocó otra vez el timbre.

El pasillo era largo y solitario, las paredes estaban pintadas de blanco y el piso se veía limpio, pero exageradamente viejo.

Volvió a tocar el timbre, pero esta vez pegando el oído a la puerta.

La chapa de la puerta había sido reparada hacía poco tiempo y aún se veían las marcas de la anterior cerradura.

“¿Me habré equivocado de número?”, pensó Kevin “No, este es, 1804. Definitivamente este es. En la invitación decía a las 9, son las 11, pero a las fiestas se llega tarde ¿no?”

Pasaron los minutos.

- Bueno, mejor me voy - murmuró Kevin, apenado.

Luego miró la manija de la puerta y haciendo un gesto desganado, la cogió y giró.

La puerta se abrió. Las luces estaban apagadas, pero la luz del pasillo mostraba una gran cortina negra que le cortaba el paso.

Kevin no pudo evitarlo, el sonido grave de una batería lejana le decía que había llegado al lugar correcto. Quizá este pasillo (rodeado de cortinas negras y con una alfombra esponjosa) que se revelaba ante él le llevaría a una zona donde los tipos de seguridad le dejarían entrar a la fiesta de su vida.

A pesar de las cortinas y la alfombra negras, el pasillo estaba parcialmente iluminado por una luz constante que provenía de los muros que estaban detrás de las cortinas. Así Kevin podía ver cuando había una curva o una pequeña escalera hacia un segundo nivel.

- Esto es demasiado – Kevin torcía el rostro y negaba con la cabeza – he caminado ya casi 10 minutos y todavía no hay nada. ¡Me voy!

Se giró y golpeó una cortina, frustrado. Pero se detuvo inmediatamente. Había tocado algo suave, no era un muro o un mueble, le pareció que fue alguien.

Por inercia buscó la unión de dos cortinas, sólo quería saber que había tocado. Encontró el borde de una cortina enganchada a otra con un imperdible. Abrió las cortinas y se cayó al suelo de la impresión. Frente a sus ojos tenía el espectáculo más grotesco que jamás había visto en su vida.

Las paredes, eran un amasijo de carne viva, tejidos muy parecidos a músculos humanos amontonados unos contra otros, transparentes debido a una extraña luz interior, que latían al compás de la batería que previamente Kevin había escuchado.

Al estar en el suelo, Kevin vio de cerca la interminable alfombra con horror: no era nada sintético, eran pelos largos, como un césped sin cortar, que se movían erráticamente.

Kevin, debido al asco y miedo se incorporó de inmediato. Pero al estar de pie ya no recordaba la dirección por donde había llegado, ni siquiera si la cortina que había abierto era del lado derecho o izquierdo.

Kevin quiso gritar, pero un mar de tentáculos acorazados con escamas peludas le tapó la cara y lo sujetó de las extremidades.

Los tentáculos lo estrellaron contra el piso repetidamente. Durante los primeros golpes, los forcejeos de los pies y manos fueron más vigorosos, y Kevin liberó una de sus piernas. Siguió luchando, aún mientras fue lanzado con furia contra el piso. Luego de varias estampadas el chico se detuvo. Los apéndices llenos de ventosas se detuvieron y dejaron salir, colgando, un brazo doblado hacia atrás de una manera espantosa.

Kevin se retorció, en otro esfuerzo por liberarse, pero en respuesta volvió a recibir un golpazo contra el suelo. El chico se encogió cuando se le rompieron las costillas. Luego de un par de porrazos la pierna liberada se movía desganadamente mientras su dueño era arrastrado por el pasadizo. Los viscosos tentáculos lanzaron a Kevin fuera del departamento. El rostro del chico parecía una papa renegrida y apenas podía abrir un poco un ojo.

El chico estaba tendido cerca al ventanal que hace unos minutos había mirado distraído, aquel vitral incoloro, que ahora, viéndolo más de cerca y con más atención, le hacía recordar a las alas de una mosca. Kevin emitió unos quedos quejidos, casi guturales que nadie oyó. Lanzó otro horrible sonido, cuando los tentáculos salieron del departamento y lo empujaron.

El ventanal se abrió y Kevin cayó los 18 pisos del edificio hasta estrellarse contra los escombros que estaban frente a la puerta clausurada del edificio.

Por el pasillo fuera del departamento 1804 se oyó: "Top, rass, top, rass". Un bastón que ayuda a un rengo andar era el causante de ese sonido. El viejo portero se acariciaba los labios con los dedos mientras se acercaba al ventanal.

- Je, je, je. Debieron de ser los 3 y medio segundos más largos de su vida – dijo mientras veía como una enorme lengua (como una humana, pero llena de pústulas y pequeños apéndices que se movían alocadamente) engullía los restos del muchacho, envolviendo, triturando y derritiendo el cadáver. Luego, la lengua pasó por cada charco de sangre, vísceras y sesos y dejó el lugar tal como había estado antes: descuidado y derruido.

El viejo tomó el elevador y miró al techo.

- Creo que vamos a tener que extirpar esas venas, ya se están notando – dijo rascándose la huesuda barbilla.

Llegó al primer piso, salió del ascensor y lentamente se dirigió a su escritorio. En la mesa había una laptop, un celular moderno y un centenar de fotos desperdigadas.

El anciano caminó lentamente hacia la mesa, manteniendo una extraña mueca, una mezcla de asco y alegría que podría asemejarse a una sonrisa. Y mientras caminaba retumbaba en todo el hall el agónico andar de sus pasos y su bastón:

Top, rass, top, rass, top, rass.